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Domingo 19 de Mayo 2013
23:19 hrs
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| crónica |
A veces tengo la sensación de que esto (Internet y las redes sociales) responde a esa nostalgia vieja de la idea de Dios que observaba a todos y que absolutamente NADA escapaba a su mirada y escrutinio.
Javier Marías
Nací para Facebook el 9 de abril de 2008 a las 6:53 de la tarde, por tanto acudiré a un astrólogo para que me hable sobre mi futuro virtual. Esta red social es la máquina del tiempo, te permite buscar a los amigos del pasado, colgar las imágenes de la fiesta previa, acordar las citas del mañana pero poco sé sobre mi destino aquí. Soy realmente joven en el ciberespacio, tengo a penas cinco años, cuando mucho quince si contamos mi primera cuenta de correos, pero eso fue en la era digitozóoica antes de tener un muro e imágenes que respalden mi existencia. Mi primer ¿Qué estás pensando? Fue este tierno tecleo: “Eso del muro suena solitario, ojalá pronto llenen de mensajes mi blanco muro”.
Cinco años después y habiendo sumado mil 178 amigos, mi situación es insuperable, pasé de la freudiana etapa oral, que aquí se llama la etapa chat, a la era voyeurista del video; confieso haber espiado a amigas e incluso a enemigos. Luego me volví hermética y me comuniqué en íntimos inboxes. Colecciono contactos, plagio imágenes y citas; como soy maestra, resuelvo dudas de mis alumnos y subo apuntes; en la universidad donde trabajo hay herramientas de este tipo, pero ¿quién quiere pasar su tiempo libre en la escuela? El face es la nueva plaza pública, mi perversión me hace publicar hasta las ausencias o distraerlos de sus citas al colgarles las indicaciones para el próximo proyecto.
Mi ascendente es Google
Antes de aportar los augurios para mi futuro cibernético y la cuadratura que presentan mis buscadores (parece que mi ascendente es Google y mi casa Yahoo está bien aspectada) recorreré mi pasado por esta pantalla.
Mi primer asombro fue nostálgico, encontré un amigo de la niñez; luego hice mi primer amigo de red, Marco Levario, quien me hizo parte de su club de etcétera y a quién conociera hace años vía mail, lo oí en una entrevista y me cautivó, así que me decidí a escribirle, él es netamente mi amigo virtual, lo trajo el surffing cibernético y aunque nunca nos vemos, en la realidad somos el Buzz y el Woody de la era Google.
Miles de alumnos han vuelto a mí con mensajes de gratitud, a mi vez logré encontrar a mi maestra de primaria, Lety, y a mis compañeros de entonces. Conmovida decidí escribir mis crónicas de, pensé que si los niños de Narnia se escapan por un closet yo hacía lo propio a través de la pantalla. Expresé mi fascinación en estos términos:
A partir de Facebook recupero escenas de mi vida, personajes con los que quedó pendiente un abrazo, se pospuso un reclamo, se esfumó un beso o simplemente resolvemos una impresión dudosa que hoy queda satisfecha. Hace tiempo lucho de manera discreta por aclarar la fuerte pasión que me provocan los nuevos medios que, a diferencia de algunos críticos, pienso que nos humanizan. Tuve un encuentro cibernético con un amigo de la infancia: una solicitud de un tal Mauricio me dio la bienvenida una mañana, aparecía como amigo de mi hermano y lo acepté gracias a la referencia filial, pero la verdad no lo recordaba hasta que me envió un mensaje. Nunca creí que pudiera desatar tantas emociones. Era un ser olvidado en algún barranco de la memoria. Cuando éramos niños solíamos jugar a diario. Era una suerte de Peter Pan comandando niños perdidos. Por un tiempo compartimos la vida, nos contamos secretos, aunque la red nos acercó, el tiempo y los kilómetros nos apartaron.
Encontré el face de Montessori de la Montaña, la escuela de Lety, mi maestra. Vive en Cuernavaca, así que pedí permiso en mi trabajo para dormir en casa de mi antigua maestra. Mi primera sorpresa fue compartir la cama con sus muñecos de trapo de Bob Dylan y de Federico García Lorca. ¡Qué fantasía! hicieron de mi noche un deleite, y es que quién puede dormir con dos de sus ídolos sin tener que pagar luego las consecuencias de un menage e trois que ni mandado a hacer. Por la mañana Lety me hizo mi lunch, otro sueño hecho realidad ¿A cuántos niños no les gustaría dormir en casa de su maestra, que te haga el almuerzo y, como cereza en el pastel, llegar de su mano al colegio?
Intenté, luego, hacer un homenaje a mis amigas de preparatoria que actualizaron su perfil en mi nueva vida virtual:
Es curioso reunirte con tus amigos del pasado periódicamente y poner al día las vidas. Los rumbos nos alejan pero siempre hacemos todo por dar un volantazo y coincidir en una taza de café. No puedo culpar al Facebook porque ya lo hacíamos desde antes, pero sí puedo contar que gracias a las fotos, nuevos rostros se despiertan para contar su historia. Todas las mañanas me levanto contenta, me conecto para ver quién está ahí, pasar lista, dar los buenos días, felicitar cumpleañeros y acordar la próximo reunión. Recupero recuerdos perdidos para adornar mi muro. Subo fotos para compartir mi historia y rescato algunas otras que los demás tenían de mí; escribo estas crónicas de Facebook en espera de reconstruir con palabras las caras que el tiempo desvaneció de mi memoria.
No soy una muñeca
Una temporada mi autoestima creció presuntuosa:
Últimamente, a partir de mis disertaciones en torno a Facebook, descubro que soy cara, no, mejor dicho costosa, existe un grupo de personas que compiten por comprarme. Todavía no entiendo en qué consiste esta aplicación que se llama Owned! y me tiene muy inquieta. No me gusta eso de que me subasten, un día pertenezco a una rubia cara de loca, otro, a uno de mis alumnos ¡quieren controlarme! No soy una muñeca para que jueguen así con mi persona. Claro, peor sería que mi precio fuera bajo o que nadie quisiera comprarme. La tenue división entre los objetos y el ser es inestable, por eso los hombres y mujeres de hoy nos confundimos, nos cosificamos. Nuestros bienes materiales nos condicionan y nosotros a ellos, se puede entrar a la casa de una persona, pasear entre sus pertenencias como si se fuera un inspector o lector aguzado, descifrar el pasado, el presente, los secretos mejor guardados. Los objetos nos hablan de las necesidades, de nuestra ideología, forman carreteras que preparan el despegue de proyectos. Las cosas son los dobles de nuestros amores, mismas que guardamos en la cartera o bajo la almohada; suvenires de la nostalgia, raíces de nuestra historia. Los lazos que nos unen a ellas son más fuertes de lo que imaginamos, son señuelos para despertar la admiración ajena o para provocar la envidia, sentimiento que algunos piensan “los engrandece”. A mí me subastan en un juego, pero a muchos los secuestran para comerciar con ellos en un mercado infame donde el símbolo por excelencia, el dinero, que en otros tiempos trajo la paz, vale más que la propia vida.
Nuestros bienes se llenan de sentido, en ellos habitan presagios, momentos encapsulados. Me pregunto si mi alma no se ha volcado como memoria a través de este aparato por el que escribo, se ha vuelto una ramificación de mi ser, almacena mis confesiones, es mi herramienta de trabajo, mi contacto con seres lejanos, el baúl de los recuerdos que acopia las fotos y películas de mi vida. Mi almacén de pasados, guarda mi música favorita y las ideas que temo olvidar. La red a la que se conecta es un rastreador infalible y, en segundos, puede ubicar mi presencia física. Sé también que es indiscreta, que los sitios que visito gracias a su ayuda, son crimen y coartada de mis relaciones, aficiones y hábitos de consumo. La red es como el dinero, un símbolo ambiguo, una forma de contacto y comercio, un medio para hacer la guerra o para lanzar propuestas de paz. Ya me compró un nuevo postor, llega a mi celular la notificación. Por todo esto quiero que me expliquen por qué me compran y me venden, no quiero terminar siendo una foto en las cavernas del ciberespacio.
Desde luego Facebook exhibe mi abominable pretensión de literata intelectual y champo citas como los poderosos que sacan sus charolas, o los ricos que espetan tarjetas de crédito:
Los espejos son abominables porque multiplican el número de los hombres, decía Borges, qué pensaría hoy si conociera Facebook, especularía que es la peor aberración, su poder de proliferación lo convierte en un espejo cúbico y su capacidad de manipulación, en un retrato corruptible capaz de proyectar lo que el sujeto contemplativo quiera alimentar como su sombra. La famosa bruja de Blanca Nieves, con actitud distinta, amaba a su espejo hasta que éste la traicionó, le devolvió una imagen indeseable, incapaz de mentir. Como todo mal amante, no pudo callar la supremacía y juventud de Blanca Nieves. ¡Cuántos sinsabores se hubieran ahorrado ambas si el insulso espejo hubiera respondido nuevamente: Tú, mi ama, eres, entre todas, la más bella! Pero salvo esa ocasión, el espejo, como fiel sirviente, le ayudaba a reivindicar su belleza y dones, también le servía de localizador de amigos o hijastras perdidas, un antecedente del GPS sin duda. Era incluso un fiel compañero con quien platicar en tiempos de soledad. Otro amigo de los espejos, el más antiguo de todos, el catatónico Narciso, pasaba la vida contemplando a su doble en las aguas de un lago igual de quieto que, benevolente, le devolvía la fotografía de sus virtudes. Este personaje como germen de ficciones posteriores, se presenta como el icono del pecado de vanidad y con la fábula de Oscar Wild llega a excesos diabólicos, el protagonista, Dorian vende su alma al diablo por conservar para siempre su lozana apariencia. facebook (y todos sus similares) son el nuevo espejo de nosotros los mortales, una especie de sinopsis rosa de nuestras vidas donde el Narciso escondido se ventanea irremediablemente. De él podemos extraer nuevos perfiles que se pueden resumir en:
El que compite por número de amigos
El o la fan de Happy family que exhibe a la familia perfecta
Tengo bille para viajar por el mundo
Soy el alma de las fiestas
Soy secuestrable, no subo fotos
Mírenme, sigo bien a pesar del tiempo
Soy equilibrista y vivo en la red: actualizan perfil todo el tiempo y suben fotos como quien registra eventos en una agenda
En fin todas ellas categorías de la nostalgia y la vanidad. La respuesta perfecta a una sociedad que le teme al presente, se busca en el pasado y proyecta un futuro que siempre promete más. Es el recurso idóneo de tiempos veloces que se buscan en el nuevo punto de reunión, al menos en una galería más noble que le permite editar la vida, coleccionar amigos y compartir el álbum para provocar un poco de admiración en el otro, y exhibir, ante uno mismo, que después de todo, la vida en imágenes se ve mejor peinada y nos permite recuperar ese momento que no se pudo paladear por tener la vista fija en el evento, el post, o el día siguiente.
Seres de tres ojos
Gracias a la recuperación de un viejo amigo, acudí al magnífico concierto de Cold Play y logré volver a ver a mi ídolo Paul McCartney, en el sitio de los espectáculos descubrí que las nuevas generaciones son:
Seres de tres ojos, los dos bajo su frente y la cámara del celular que registra y alimenta desde un teléfono otra instancia de la realidad, la vitrina de la red social por la que dan testimonio de su vida. Pareciera que si no existe la evidencia que nos ubica geográficamente, la cita que atestigua nuestras emociones y la imagen que da materialidad a nuestro ser, quedamos fuera de esta nueva forma de existir que ubica un pié en la tierra y otro en Internet.
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