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Las ballenas de Tabucchi

03 de abril, 2012
Héctor Aguilar Camín

Ahora que murió Antonio Tabucchi, me puse a pensar lo que recordaba de su obra, que creo haber leído abundosamente, como diría don Isidro Parodi.

Decir que se ha leído abundosamente a Tabucchi no es decir mucho, porque uno puede despachar todo Tabucchi en tres días de aplicación continua a los delgados volúmenes salidos de su genio, cuyas especialidades son el fragmento y el relato breve, las cartas y las iluminaciones sobre sueños, lugares, autores.

Sostiene Pereira es la novela canónica de Tabucchi, la que todo escritor quisiera escribir o haber escrito: esa que garantiza su identificación en la posteridad.

Sostiene Pereyra fija a Tabucchi en eso que le falta a tantos escritores: la obra que lo define, lo encarna y agota; la obra que hay que leer y que dura en el tiempo como definitoria del escritor, aunque pueda no leerla nadie ni ser su mejor obra.

Supongo que el personaje central de Sostiene Pereira, que escribe obituarios adelantados de grandes escritores, al escribir el obituario de Tabucchi pondría en primerísimo lugar la novela que lo contiene: precisamente Sostiene Pereira.

Creo también que después de haber escrito el obituario del escritor que lo escribió, en algún momento de su irremontable melancolía lusitana, Pereira habría recordado un texto perdido de ese escritor, un texto que recuerda vagamente y que sin embargo lo enciende como lector póstumo, con esa luminosidad secreta, sugerente y esencial que deja en nosotros más que toda gran obra todo gran momento, o todo gran fragmento literario.

Luego de escribir el obituario de Tabucchi, quizá Pereira habría recordado la escena que yo recuerdo de Tabucchi y que no he podido encontrar en ninguno de los libros de Tabucchi que constan en mis libreros.

Es la historia del extrañamiento de unas pacíficas ballenas que, en la quietud nocturna del océano, se asoman a la superficie del mar, que la luna quema tiernamente, y ven la silueta de una cosa que ellas no saben que se llaman barcos, de cuyas cubiertas llegan las voces tristes de unos animales que ellas no saben que se llaman hombres, cantando por amores que han perdido, y que añoran tanto que los hacen llorar.

Las ballenas no entienden cómo estos mismos animales que cantan tan amorosamente bajo la luna, se vuelven al día siguiente los feroces guerreros que las persiguen dando salvajes gritos y ejerciendo criminales esfuerzos para clavarles arpones en el lomo y arrastrarlas a sus barcos y destazarlas.

Extraños animales, piensan las ballenas, esos que cantan de amor por la noche y mañana nos perseguirán con un odio que nadie sabe dónde guardan cuando los oye cantar.

Este artículo fue publicado en Milenio el 3 de abril de 2012, agradecemos al autor su autorización para publicarlo en nuestra página web.

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