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Diario de escritores

29 de febrero, 2012
Iván de la Torre

Junto a la autobiografía de un escritor hay que leer, si existen, sus cartas y diarios: en esos lugares es donde encontramos al hombre parcialmente oculto detrás de sus personajes. Esto, por supuesto, muestra una pasión de voyeur que, espero, no sea solo mía: todos queremos espiar la vida de los demás cuando no nos ven; saber cómo determinado escritor vivió su vida, qué sintió, cómo y por qué escribió sus obras; quienes fueron sus amigos y amantes: muchas de esas respuestas aparecen en las páginas de un diario, aunque no todas porque el formato nunca es fijo y cambia y se modifica de escritor en escritor.

Nadie escribe el mismo diario ni a todos le interesan las mismas cosas: mientras los diarios de Simone de Beauvoir aparecen repletos de detalles cotidianos, pensados, tal vez inconscientemente, como borradores de sus futuras memorias, los diarios de Susan Sontag registran personajes, pensamientos, viñetas, anotaciones, semblanzas y listas de libros para leer, trabajados más como un cuaderno de notas (donde todo se mezcla) que como un diario.

De Beauvoir va a incorporar a su autobiografía –especialmente en La Plenitud de la vida y La fuerza de las cosas– extensas transcripciones de su diario con una frase fabulosa: “quiero recuperar el polvo de los días” y esa es, exactamente, la sensación que da: el primer encuentro con Sartre, la vida en Francia durante la guerra, sus amores bisexuales; De Beauvoir trabaja su diario puntillosamente en un texto acelerado sólo ocasionalmente por sinopsis rápidas.

En su caso, las tres caras de la autobiografía –cartas, diarios y memorias– interactúan todo el tiempo y parece imposible leer uno sin usar los otros dos como referencia, porque los amigos del momento, las relaciones que aparecen y desaparecen en los diarios, son explicados y descriptos en las memorias o despachados con una mención fugaz en las cartas.

Los diarios de Beauvoir, escritos entre 1939 y 1940 y retomados en 1946, prefiguran las memorias por su forma: detalles metículosisimos de su vida privada cruzados por el relámpago repentino de una opinión o un comentario, mientras Simone se cubre a si misma para describir a los demás, tanto a los famosos (Malraux, Camus, Koestler, Genet) como a los desconocidos; tal vez la diferencia más notable entre ambos sea que mientras su autobiografía la muestra como una mujer dura y decidida, en los diarios podemos ver, muy ocasionalmente, la sombra de la duda surgiendo aquí y allá: “Carta de Sartre [movilizado por la guerra], del lunes, que me colma de calidez; [...] Cuando no lo veo o cuando él no me lo hace sentir expresamente, no pienso que su amor por mi sea algo vivo para él” (1939).

Posiblemente los diarios más detallados y precisos a la hora de mostrar al autor en sus errores, tentaciones y miedos sean los de León Tolstoi, quien escribía sin preocuparse por sus eventuales lectores; por ejemplo: “Discutí con Turgenev, y me traje una puta a casa” (1856).

Tolstoi piensa el diario en su estado más puro; pero el gesto de escribir “sólo para si mismo” es propio del formato: aún sabiendo, como él, que cualquier cosa que escribiera sería leída, tarde o temprano, por su inmenso público, la intimidad y el tono, la desprolijidad que permite el diario, (donde no hay que cumplir con un editor, responder a reglas literarias ni evitar ofender a los demás), genera una confianza que permite ese desahogo total y liberador: cosas que no pueden decirse en una autobiografía o en una carta pueden escribirse impunemente en un diario.

Los diarios de Susan Sontag lo demuestran: “Mi deseo de escribir está conectado con mi homosexualidad. Necesito la identidad como un arma, para igualar el arma que la sociedad tiene contra mí. Eso no justifica mi homosexualidad. Pero me daría –lo siento– una licencia. Ser rara me hace sentir más vulnerable” (1959) y “¿Cuántas veces les he dicho a algunas personas que Pearl Kazin (editora) fue una importante novia de Dylan Thomas? ¿Que Norman Mailer participa de orgías? ¿Que (F. O.) Matthiessen era raro? Todo eso es público, sin duda, pero ¿quién demonios soy yo para andar divulgando los hábitos sexuales de otra gente? ¿Cuántas veces me he recriminado a mí misma por eso, que es algo apenas un poco menos ofensivo que mi costumbre de darme importancia hablando de gente importante (¿cuántas veces hablé de Allen Ginsberg el año pasado, mientras estaba en Commentary?) y mi hábito de criticar si alguien me invita a hacerlo... Siempre he delatado a las personas. ¡No es de asombrarse entonces que haya sido tan exigente y escrupulosa con el uso de la palabra amigo!” (1960).

Tolstoi, claro, lo hace más extensamente: durante sesenta años registra prácticamente todo: desde sus tempranos apetitos sexuales hasta sus dudas existenciales; su deseo de tener un diario responde a la necesidad de entenderse y explicarse a si mismo: “Uno tiene muchos pensamientos, y algunos parecen de lo más notables, pero cuando se los examina resultan ser tontos; otros en cambio parecen sensatos –y para ellos hace falta un diario–. Sobre la base de un diario es bastante conveniente juzgarse a sí mismo”, escribe en 1850.

El diario es su manera de buscar un equilibrio entre lo arcano y lo profano, un limite donde se balancea todo el tiempo. En 1860 finalmente confiesa: “Soy tan ambicioso que no sé elegir entre la gloria y la virtud. Desde lo más pequeño hasta lo más grande, este defecto de constancia destruye mi vida”.

La contradicción tampoco está ausente: un día pontifica: “La abundancia de libros es una calamidad. Hay que establecer la costumbre de avergonzarse de publicar en vida. ¡Cuánto sedimento se asentaría y qué agua más pura correría!”, para poco después arrepentirse: “Sigo siendo sensible y vanidoso y quiero publicar hasta el día en que me muera”.

Estas son sólo dos formas de autobiografía posibles porque cada escritor redefine el formato de acuerdo a su necesidad, aunque lo que une a todos es la sensación de impunidad, de libertad, de saber que ahí adentro pueden decir lo que quieran, sin intermediarios molestos. El poeta William Soutar sintetizó muy bien la sensación: “No sólo nos tienta a traicionarnos a nosotros mismos, sino que nos tienta también a traicionar a nuestros compañeros, convirtiéndose así en un alter ego con el que compartimos las bajezas que nos daría vergüenza pronunciar en voz alta; un diario es la capa del asesino que usamos cuando apuñalamos por la espalda a un camarada con una pluma” (1934).

El mejor ejemplo de esa habitación secreta donde los escritores suelen ir a gritar y desahogarse cuando nadie los ve es la anotación de Virginia Woolf luego de leer el “Ulises” de James Joyce por recomendación de su amigo T. S. Eliot.

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