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Miércoles 22 de Mayo 2013
4:21 hrs
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Sin lugar a dudas, uno de los personajes más legendarios, reconocidos y provocadores del periodismo de nuestro país lo es Huberto Batis, extraordinario promotor y animador de publicaciones y programas que son referentes indispensables para conocer la cultura mexicana.
Con una labor que ya tiene alrededor de medio siglo, Batis (Guadalajara, Jalisco, 1934) ha sido editor y director de revistas y suplementos culturales de gran relevancia de nuestro país, entre los que podemos destacar Cuadernos del Viento, la Revista de Bellas Artes y Sábado. Además, fue investigador en instituciones como El Colegio de México y la UNAM. Por su importante labor recibió la Medalla de Oro de Bellas Artes en 2010.
etcétera sostuvo una animada conversación con el maestro Batis, quien relató episodios de su vida en las publicaciones culturales.
¿Cómo inició en el periodismo cultural?
Toda mi vida, desde estudiante, me he dedicado a hacer revistas literarias, porque no había dónde publicar cuentos y poemas; nos publicaban un cuento y un poema cada año, aunque nos pedían que hiciéramos reseñas de libros o de cine, por lo que nos convirtieron en críticos cuando éramos muy jóvenes ignorantes. Sin embargo, eso formó un espíritu de examen y de exigencia, que hoy no veo por ninguna parte; los jóvenes dejan pasar todo, no les importa y no hay una actitud crítica.
Yo comencé con una revista en mimeógrafo cuando era estudiante de secundaria en Guadalajara; luego, cuando estaba en la preparatoria de los jesuitas publicaba cuentos en la revista del Instituto de Ciencias de Guadalajara, y también lo hacía en los periódicos de esta ciudad El Informador y El Occidental. Además publiqué en otras revistas de la Ciudad de México que enviaban mis amigas, a las que les daba poemas, los mandaban y salían en la Revista de la familia, que era una publicación que compraban las muchachas para tejer y cortar vestidos; pero hasta esa revista tenía una sección literaria y estaba abierta a publicar los poemas que sus lectores de provincia mandaban, fíjate nada más, qué maravilla.
Después, cuando entré a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, hacíamos una revista a máquina que se llamaba Folklore, pronunciada a la alemana y que no tenía nada de folclórica; nos parecía bonito el nombre.
Posteriormente llegué a Letras y a Difusión Cultural, y conocí a Carlos Valdés, a Juan García Ponce, a Juan Vicente Melo, a Inés Arredondo, a José de la Colina, a José Emilio Pacheco, a Carlos Monsiváis, etcétera. Todos publicábamos en la Revista de la Universidad de México o en los Cuadernos de Bellas Artes, que dirigía el doctor Elías Nandino, poeta de Jalisco que era un epígono de los Contemporáneos, un poeta homosexual que era médico de Lecumberri para poder ligarse allí a los presos, y que murió de noventa y tantos años.
Valdés y yo hicimos la revista Cuadernos del Viento; editábamos en papeles de colores porque nos vendían remesas de papel bond más barato, pero eran pliegos grandes y de colores. Entonces, podías encontrar un número en verde, azul y en amarillo; sólo el último número lo hicimos en papel blanco, como se debe. La revista duró siete años, fíjese nada más qué proeza, de 1960 a 1967. En este año mis maestros Agustín Yáñez (quien dirigía la Secretaría de Educación Pública) y José Luis Martínez (director del Instituto Nacional de Bellas Artes), me invitaron a hacer la Revista de Bellas Artes, donde duré seis años.
Por lo anterior, heredé la revista Cuadernos del Viento a un grupo de jóvenes, quienes ya no se pudieron coordinar para seguir haciéndola, pese a que ya habíamos consolidado un sistema de patrocinios, de anuncios de las instituciones que nos permitía incluso regalar la revista. Al principio la vendíamos y al final la regalábamos porque cobrar era un problema, no porque no quisieran dar el dinero sino porque teníamos que andar por todas partes; no había el sistema de depositar en una cuenta de banco o de hacer un giro, por lo que cobrábamos de mano en mano. Ésto en la Universidad era fácil, y mis compañeras me ayudaban a vender. El poeta, escritor y narrador Jorge Arturo Ojeda, quien fue discípulo e imitador de Juan José Arreola, me ayudaba a vocear la revista en la Facultad de Filosofía y Letras, y la vendía o la regalaba.
Llamó mucho la atención lo que habíamos logrado tantos años, y por eso me dieron la revista institucional; fue una especie de tentación para los jóvenes y todos seguimos publicando en la Revista de Bellas Artes. Juan García Ponce era el director de la Revista Mexicana de Literatura; antes de él la hacían Antonio Alatorre y Tomás Segovia, pero la habían fundado Emanuel Carballo y Carlos Fuentes. Esa revista se acabó más o menos igual que Cuadernos del Viento, en 1966.
En ese entonces nos peleamos en buena lid Juan Vicente Melo y yo; él escribió en la Revista Mexicana de Literatura un artículo que se llamaba “Lo que el viento se llevó”, en el que se burlaba de nuestra revista, y nos decía que cómo podíamos publicar a tan malos escritores, como los nacos de José Agustín, Gustavo Sáinz, René Avilés Fabila, etcétera. Yo le contesté que esos nacos también eran escritores y que eran importantes –y lo han sido. Pero había un clasismo terrible en ese tiempo: había una “aristocracia del espíritu”, como le llamaban, y que era la pedantería de nuestros maestros, de Jaime García Terrés, de los González Casanova, hasta de Rubén Bonifaz Nuño y no se diga de Octavio Paz. Había una distancia entre Paz y la naquiza; allí están
su pelea con Monsiváis y las críticas que le hizo José Joaquín Blanco. Todavía hay algo de eso recientemente en Proceso, en la entrevista que le hizo Rafael Rodríguez Castañeda a Enrique Krauze, en la que el primero está preguntando otra vez lo mismo.
¿Esa distinción ha seguido?
Krauze heredó la revista Vuelta, que cambió de nombre y la hizo distinta, Letras Libres, en la que todavía hay problemas; por ejemplo, Enrique Serna escribió una reseña sobre mi trabajo como editor y la llevó. Cuando salió el número, Krauze y Gabriel Zaid por poco se mueren del ataque, y llamaron a Serna y le dijeron que no lo podían publicar por haberse ocupado de mí, y Enrique les mentó la madre. Pero luego en dos o tres números lo volvieron a admitir. Pero Serna se fue a Nexos; donde aún tienes la misma actitud de la pelea continua con Vuelta, y tenemos a Carlos Fuentes unido a las gentes de Nexos haciendo conferencias y coloquios de intelectuales, porque ellos están excluidos de lo que hacían Paz y Krauze en Televisa. Se marcan esas diferencias.
Para continuar con su trayectoria, ¿qué pasó después?
Te quiero contar que, siendo un niño de 19 o 20 años, publiqué mis primeros artículos en México en la cultura, de Fernando Benítez. No me llevó nadie, ni fui recomendado; envié los textos, simplemente aprovechando la coyuntura periodística de la muerte de algunos pintores o escritores, y Fernando era increíble para eso: inmediatamente le daba lugar a la actualidad, al informe fresco. Publiqué con él desde los 20 años en México en la cultura, y luego en La cultura en México en Siempre!, hasta que chocamos por un conflicto terrible que hubo en la UNAM entre Gastón García Cantú y Melo en la Casa del Lago: el primero acusó al segundo de “homosexual” y de “borracho”; entonces lo defendimos un montón de sus amigos y compañeros, y terminamos renunciando a la Universidad. En ese entonces García Cantú era director de Difusión Cultural, y le tuvimos que renunciar a Javier Barros Sierra, quien nunca entendió de qué se trataba el conflicto estúpido con Gastón, quien era un dizque liberal del siglo XIX, y de quien se decía que se ocupaba en contar las lentejuelas al vestido de la china poblana. Decía Benítez que lo había encontrado en la Biblioteca Palafoxiana; era, yo creo, sacristán o algo así. Y se lo trajo a México, y García Cantú escaló hasta llegar a Difusión Cultural y luego al Instituto Nacional de Antropología e Historia, donde allí fundó un grupo de intelectuales muy fuerte: Monsiváis, Pacheco y muchos jóvenes.
Benítez, por su parte, le dejó el suplemento de Siempre! a Monsiváis; los otros, los que nos peleamos con Benítez porque no quiso publicar nuestros artículos en defensa de Melo, nos retiramos y nos quedamos en la Revista de Bellas Artes un tiempo. También trabajamos en el Comité Olímpico escribiendo artículos; yo fui el coordinador editorial de las publicaciones, y me llevé a Pepe Revueltas, Alí Chumacero, Augusto Monterroso, Emilio Carballido, Melo, García Ponce, José de la Colina; todos escribimos de la Olimpiada Cultural, cuando inventaron esa doble Olimpiada.
Luego cada uno se dedicó a su obra; mi generación se enfermó mucho, todos murieron jóvenes, de 50 o 60 años. Tuvieron enfermedades terribles: Melo, cáncer en el cerebro; Inés Arredondo, operaciones tremendas en la columna vertebral que la inmovilizaban; Juan García Ponce, esclerosis múltiple. Luego decían: “El único sano es Batis”, e Inés respondía: “Pero ése está de manicomio, está peor que todos”. Bueno, esa locura nos permitió vivir.
Pero en los años setenta se fundaron varias publicaciones culturales importantes
De repente ocurrió la tremenda expulsión de los escritores de Julio Scherer de Excélsior, de Jorge Ibargu%u0308engoitia y también García Cantú, por ejemplo, y fundaron Proceso. De allí después salió García Cantú y regresó a Excélsior, en primera plana, con su mujer, la señora Martha Robles. Entonces nosotros quedamos un poco al garete, y fue cuando Manuel Becerra Acosta fundó unomásuno. Llamó a Benítez para dirigir el suplemento de cultura, Sábado; Benítez tenía ganas de influir en el periódico mismo, su sueño era dirigir un periódico, y bueno, pues le dejaron el suplemento cultural. A Colina y a mí, que antes habíamos pasado un rato en el suplemento de El Heraldo de México, con Luis Spota, nos llamó Benítez y nos dijo: “No tengo amistades escritores, no tengo a Monsiváis, a García Cantú, a José Emilio Pacheco” (no los tenía porque estaban en Proceso). Agregó: “Hay que apurarnos a hacer algo con ustedes, que son unos pendejitos”; nos veía con mucha distancia.
Entonces Colina y yo le metimos candela al suplemento, que empezó muy bien. Él traía materiales de Vuelta: traía colaboraciones de Paz, de Zaid, de Krauze, de Julieta Campos, de García Ponce; yo traía textos del lado académico, de la Universidad. Así que mezclamos un poco los escritores, digamos, por la libre, con los escritores de la academia. Resultó una buena mezcla.
Yo le aposté siempre a los jóvenes, y Benítez también. Decía él que el suplemento era una escuela, y decíamos: “Tráete a tus niños y hacemos un suplemento”. Allí duramos 25 años.
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