La nueva alfombra mágica Raúl Trejo Delarbre
Capítulo 1
Globalización por Internet
Velocidad y agilidad en la
sociedad de los espectadoresLas tecnologías de la información, como tanto se ha dicho en estas páginas, son uno de los elementos que más contribuyen a la globalización contemporánea. No sólo transforman las relaciones políticas entre las naciones y afianzan los rasgos de una nueva distribución y presencia internacionales de los capitales financieros, con toda una cauda de significativas consecuencias económicas. Además, la globalización informática implica el surgimiento de nuevas actitudes en los individuos expuestos a sus mensajes. Esto ocurre sobre todo con los medios tradicionales, que vuelven a sus usuarios espectadores con poca o nula capacidad para influir en los acontecimientos que contemplan.
También quienes están conectados al ciberespacio suelen ser más pasivos que activos, como se detalla en los capítulos siguientes de este trabajo. Aquí, lo que nos interesa subrayar son los vínculos entre globalización, mercado, información y nuevas formas de relación entre las personas y las sociedades. En un recuento más ordenado de tales tendencias, puede decirse que: "La sociedad de la información tiene vocación de sociedad global. De otro modo: la globalidad es consustancial a su estructura... Esta globalidad es de fácil constatación. Cosas que sólo se podían comprar en el mercado local se pueden adquirir ahora instantáneamente en cualquier lugar del mundo. Igualmente, solo se podía ser espectador de los hechos que ocurrían en el propio ámbito de cada uno. Hoy se puede ser espectador universal, mediante las telecomunicaciones. Este nuevo mundo no lo definen los gobiernos o las alianzas de gobiernos, sino los mercados, el comercio y la comunicación trasnacionales. Se ha producido un cambio en el foco del control económico. Y se está produciendo una atenuación de muchas fronteras políticas y sociales. Como dice A. Targowsky, 'la aldea electrónica global ha superado al Estado en cuanto foco de control económico. El flujo libre e incontrolado de capitales a través de las fronteras nacionales supone un poder que apenas controlan los gobiernos nacionales'. Las fronteras nacionales se han hecho permeables. Las personas y las empresas se han hecho transnacionales".1
Esa trasnacionalización, harto evidente, no funciona sólo con las reglas del intercambio económico. Esquemas de relación cultural a menudo complejos como parte de su variabilidad e, incluso, comportamientos que pueden asemejarse a los de carácter biológico, están siendo sobrepuestos al análisis social y político de las consecuencias de la globalización.
Las redes de comunicación electrónica, por ejemplo, han podido ser entendidas como equivalentes al sistema nervioso en la nueva sociedad de la información. Por añadidura, en interpretaciones más audaces, se ha llegado a considerar que puesto que las facilidades para la propagación y el intercambio de información también lo son para el apropiamiento y hasta la imposición de mensajes, podríamos estar ante una suerte de nueva selva mediática en donde las capacidades de los más fuertes se impondrán a quienes (sean individuos, naciones o corporaciones) carezcan de recursos suficientes para desenvolverse en ese nuevo e intensamente competitivo escenario. Un consultor de una empresa británica de comunicaciones ha descrito el siguiente panorama: "El desarrollo de la economía sustentada en la nueva información y el conocimiento, está creando un sistema nervioso para un nuevo orden, basado en la computación avanzada y en técnicas de comunicación que podrían darle a pequeños y flexibles grupos de trabajo una autonomía y un poder que reflejen la evolución de nuestros tempranos ancestros mamíferos. La velocidad, la agilidad y el procesamiento de información de alto nivel, serán el criterio para el éxito comercial en las décadas por venir. El depredador más rápido es el que vencerá. Y ese éxito, será medido en términos mundiales".2
Esa manera de ver las nuevas tendencias en el universo de relaciones globalizadas puede resultar chocante sobre todo porque aparentemente prescinde del carácter social de los procesos que pretende describir. Hoy en día las transformaciones del mundo no son impulsadas por individuos sino por colectividades, al menos en su sentido histórico más profundo. Pero si hacemos a un lado la susceptibilidad que suscita el tono darwinista, podríamos encontrar utilidad en el símil que emplea el autor antes citado y que no hace más que rescatar, para el nuevo mundo de interrelaciones encausadas por métodos ciber-electrónicos, atributos ampliamente conocidos en el desarrollo de la humanidad: velocidad en los desplazamientos, agilidad en las respuestas. Después de todo, esas son algunas de las peculiaridades principales (la otra sería la capacidad de almacenamiento de grandes volúmenes de información) de la comunicación en las redes electrónicas.
La información, así mirada, no sólo es negocio en sí misma. Además es uno de los recursos más decisivos para hacer negocios dentro y fuera del área específica de la informática. Y, como mucho se ha dicho, la información es poder.
Ese poder se multiplica en correspondencia con dos variables: velocidad y cantidad. Mientras la información fluye más rápido, cuando ella es mercancía en sí misma llega al destinatario (o al cliente) antes que cualquier mercancía que haya sido distribuida por otra fuente (ya sea una empresa, un gobierno o un individuo) a través de cualquier otro conducto. En este sentido las redes, que se nutren de información, tienen a la velocidad como una de sus determinantes fundamentales. La velocidad se convierte en factor importante, que define en gran parte la competitividad en los mercados, para la venta y/o intercambio y propagación de información.
Pero la rapidez se multiplica --se potencia-- en tanto permite que un emisor produzca y difunda una mayor cantidad de mensajes. Más rapidez, no sólo propicia más prontitud en la recepción de un mensaje sino, junto con ello, permite que en el mismo tiempo (de transmisión) o en el mismo espacio, pueda ser enviada y recibida una mayor cantidad de información.
Las redes cibernéticas transmiten a través de módems que enlazan a las computadoras con los teléfonos modulando la información para que el lenguaje binario de las primeras pueda ser conducido por el cable de los segundos. La velocidad de esa transmisión se mide en baudios, que indican el número de veces por segundo en las que cambia una señal. Los módems que se empleaban hasta hace poco tiempo transmitían a 1200 baudios y uno de 2400 ya era bastante aceptable apenas a comienzos de los años 90. Hoy son antiguallas, o casi. Desde mediados de 1995, todos los servicios comerciales en línea en Estados Unidos transmitían por lo menos a 14,400 baudios (un usuario con un módem de menor velocidad también puede recibir sus mensajes, si bien más despacio) pero las nuevas computadoras se vendían con módems internos de por lo menos 28,800 y hay quienes se preparan a transmitir a 116 mil baudios. Esa es todavía una ilusión, porque la capacidad de transmisión está, a su vez, modulada --o distorsionada-- por la calidad de las líneas telefónicas. En ellas, la estática o la interferencia impiden una transmisión ultrarrápida, pero la conducción por líneas exclusivas, en cable de fibra óptica, permitirá velocidades hace poco imposibles de alcanzar.
En la medida en que un módem funciona más rápido, recibe más información en menos tiempo. Eso es relevante tanto para la capacidad con que un usuario asimila o al menos reúne la información que ha buscado en las redes, como para su propia economía. El tiempo de transmisión por la Internet o cualquiera de sus subsidiarias tiene costos financieros --aunque en el caso de conexiones a través de redes públicas, como las universitarias, ese gasto lo absorba una institución--. El tiempo, en las redes es dinero. Y en la medida en que módems y redes son más rápidos, las naciones e individuos con acceso a tales recursos tienen ventajas comparativas en relación con quienes se conectan a velocidades lentas y por conductores ruidosos.
La conducción por redes de fibra óptica, además, en algunos casos permite formas de retroalimentación más sofisticadas. Los usuarios, entonces, tienen la posibilidad (aunque no siempre la aprovechen) de ser algo más que receptores de toneladas (o, si se quiere, gigabytes) de información. Pueden responder, reaccionar, interactuar. En otras palabras: la posibilidad para que los usuarios del ciberespacio sean actores y no sólo espectadores de los mensajes que se les presentan, está directamente ligada a la velocidad con que se conectan a las redes. Otra vez, velocidad es un atributo ligado a la eficiencia. Lo mismo podría decirse del uso de las redes para conducir decisiones en materia de economía (por ejemplo, las transacciones bursátiles que se hacen desde una computadora con su módem domésticos) en donde la velocidad es una de las condiciones para que haya negocios exitosos.
Agilidad y velocidad: la comunicación cibernética depende de ellas y a su vez las promueve. A menudo, los datos se transmiten en cantidades tan abrumadoras que apabullan la posibilidad de evaluarlos. La velocidad es, por definición, inequitativa en estos asuntos. Más información y más rápido son casi seguros antecedentes de cibernautas más aturdidos. Pero no de un mundo mejor.
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Notas1Francisco Ortiz Chaparro, "La sociedad de la información", en Julio Linares y Francisco Ortiz Chaparro, Autopistas inteligentes. Fundesco, Madrid, 1995, págs. 116-117.
2Alun Lewis, "Glimpses of Heaven: Visions of Hell in Cyberspace", en Intermedia, International Institute of Communications, vol. 23, núm. 3, Londres, junio/julio de 1995, pág. 4.
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