La nueva alfombra mágica Raúl Trejo Delarbre
Capítulo 1
Globalización por Internet
Desilusión analítica:
el pesimismo-tremendismoHay esencialmente dos lentes para mirar a la expansión de las nuevas tecnologías y especialmente al derroche de información que trae consigo. Los pesimistas-tremendistas y los optimistas-complacientes podríamos denominar a quienes sostienen posiciones que habitualmente se presentan como contrapuestas en la apreciación, ya sea teórica o política, sobre el efecto de los nuevos recursos informáticos que son parte de la globalización contemporánea.
De manera similar, Umberto Eco llamó apocalípticos e integrados, hace tiempo, a quienes con percepciones polarizadas pero igual de maniqueas, hacían el diagnóstico de los medios de comunicación a partir sólo de denostaciones o vítores. La realidad no se presenta tan en blanco y negro y en el caso de la internacionalización de los mensajes y recursos comunicativos que hay merced a los nuevos medios de información, lo menos que puede reconocerse es que, en este campo, hay un panorama nuevo, cuyo carácter inédito a la vez que contundente, resulta inevitable reconocer.
Entre los partidarios del enfoque crítico, que ha sido muy útil en tanto que ha permitido aprehender con precauciones la discusión sobre nuevas tecnologías y globalización, se encuentra el profesor Theodore Roszak, que en 1986 publicó su libro en contra de El culto a la información. Allí hace un llamado de alerta respecto de la idolatría que, sostiene, tiende a desarrollarse sin distancias y sin aparato crítico en torno a las computadoras, a las que incluso se llega a considerar como nuevos instrumentos para elaborar ideas. Roszak sostiene que las computadoras no piensan, o no lo hacen de acuerdo con los esquemas de razonamiento humanos, de tal suerte que no es previsible un mundo definido por ellas como en las historias de ciencia ficción. Pese a sus limitaciones, en las computadoras se ha invertido una esperanza sin fundamentos, estima. Después de reconocer que el advenimiento de la Era de la Información ha sido presentado como una transformación de calidad en la vida humana, este autor dice:
"Pero por muy alta que sea la promesa de la Edad de la Información, el precio que pagamos por sus ventajas nunca pesa más que los costos. La violación de la intimidad es la pérdida de libertad. La degradación de la política electoral es la pérdida de la democracia. La creación de la máquina bélica informatizada es una amenaza directa para la supervivencia de nuestra especie. Nos daría cierto consuelo concluir que estos riesgos tienen su origen en el abuso del poder del ordenador. Pero se trata de objetivos que fueron seleccionados hace ya mucho tiempo por los que inventaron la tecnología de la información, los que la han guiado y financiado en cada una de las etapas de su evolución. El ordenador es su máquina; la mística del ordenador es su validación."1
En la misma línea de pensamiento hay trabajos más actuales, que buscan desplegar una interpretación marxista --sobre todo en la vertiente de la escuela de Frankfurt, rescatando para el caso de la comunicación cibernética las prevenciones que hacían Adorno y Benjamin sobre los medios de información convencionales-- y que niegan la posibilidad de que la cibercomunicación vaya a contribuir a un mundo menos desigual. Julian Stallabrass, en un ácido ensayo de tono prácticamente luddista en donde después de denunciar el afán de las grandes empresas de la computación para expandir su mercado sostiene que el negocio se impone por encima de otros usos para las redes electrónicas, ha escrito, ironizando, que:
"Al lado de los intereses comerciales, también hay una alianza nada santa de teóricos de la desintegración posmoderna y miembros de la Nueva Era de miras amplias, que producen una ridícula imagen de un mundo inmerso en un gran, cambiante mar de datos, cada persona metiéndose y encontrando exactamente lo que quería, en su propio orden y formato personalizados. La gente vivirá intensamente en esta utopía digital, olvidando sus necesidades materiales básicas en una afectiva, intelectual búsqueda de compañerismo y conocimiento. En este foro ostensiblemente democrático, tanto el gerente de alguna corporación occidental como un empobrecido campesino de Africa Central, coincidirán en usar un aparato, del tamaño como de un walkman, para comunicarse por satélite con una panoplia de sistemas de información abiertos."
Pero después del sarcasmo, ese autor advierte:
"Tan pronto como esta visión utópica de la información compartida de nivel global es malamente expuesta, su estupidez se vuelve obvia. No hay lugar a dudas sobre las capacidades de la tecnología que ya ha sido desarrollada y que se vuelve más barata todo el tiempo. Sin embargo, uno debería ser profundamente escéptico acerca de quién controlará la información, cuánto va a costar y a quién será vendida. Las revoluciones tecnológicas del pasado manifiestan sus muchas promesas utópicas rotas. Como Herbert Schiller ha demostrado, argumentos similares fueron desplegados acerca de todas las formas de nuevas tecnologías a fin de prepararlas para que fuesen aceptadas, y en todos los casos los efectos liberadores han sido irrelevantes. La edición electrónica es un ejemplo, como la televisión por cable la cual, Schiller advierte, aunque era mucho más cercana a la garantía de pluralismo, rápidamente ha sucumbido al homogéneo dominio corporativo."2
El argumento de autores como el antes citado, tiene al menos tres aristas. Por un lado, desconfían de las nuevas tecnologías de información y específicamente de la cibercomunicación, porque son promovidas por corporaciones que las propagan con tal de hacer negocio. Ello es muy cierto, pero no se acaban allí sus consecuencias, como tratamos de mostrar a lo largo de este trabajo. Al reconocer que las empresas, de comunicaciones en este caso, tienen al negocio como prioridad, no descubrimos nada nuevo sino, apenas, señalamos un punto de partida para el análisis de sus manejos y efectos.
En segundo lugar, la crítica escéptica subraya la desigualdad en el acceso a los recursos informáticos; la idea de que el paupérrimo campesino africano podría tener la misma oportunidad para comunicarse que el magnate occidental, es parodiada por Stallabrass para enfatizar esa imposibilidad. Pero junto a ella existe el hecho real de que tales tecnologías están presentes, se usan, son útiles. El acceso o no a ellas es parte de las opciones que existen (o cuya ausencia resulta cada vez más costosa) para que los países en desarrollo propicien la propagación de conocimientos y la apropiación de tecnologías.
El tercer eslabón en la lógica de autores como el mencionado --y cuyo discurso analítico de ninguna manera queremos reducir pretendiendo que se limita a una enumeración tan esquemática como la que estamos haciendo aquí-- destaca el hecho de que otras tecnologías de información no han tenido el uso liberador que llegó a esperarse en otros tiempos. Ese señalamiento es del todo cierto, pero la tarea desde el terreno del examen crítico tendría que ser la explicación de por qué recursos como el video, el cable o la fotocopiadora, no sirvieron para generar mensajes alternativos de suficiente densidad y presencia sociales.
Interpretaciones como la de Stallabrass --cuya argumentación, insistimos, es más ambiciosa y amplia-- al concluir en un desprecio ideologizado de las nuevas tecnologías y en este caso de la cibercomunicación, pueden conducir a una suerte de hemiplejía analítica y, de esta manera, en la acción práctica que las sociedades puedan asumir delante de tales recursos. Si todos los avances tecnológicos, al ser propiciados por corporaciones trasnacionales para incorporarse al mercado de consumo, no son sino instrumentos para el enriquecimiento de los ya poderosos y que no hacen más que reproducir las relaciones de desigualdad social, así como la injusta división internacional del trabajo y el capital, entonces lo único que queda ante esos recursos y tecnologías son la resignación o el desprecio: actitudes, ambas, paralizantes.
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Notas1Theodore Roszak, El culto a la información. El folclore de los ordenadores y el verdadero arte de pensar. Traducción de Jordí Beltrán. Conaculta y Grijalbo, México, 1990, pág. 254.
2Julián Stallabrass, "Empowering Technology: The Exploration of Cyberspace", en New Left Review, No. 211, Londres, mayo-junio 1995, págs. 10-11. El autor al que se refiere es el estadounidense Herbert Schiller, en Culture Inc. The Corporate Takeover of Public Expression, Oxford, 1989. (Una versión en español de ese libro de Schiller fue publicada en 1993 por la Universidad de Guadalajara, en México: Cultura, $.A., La apropiación corporativa de la expresión pública, traducción de Emmanuel Carballo Villaseñor, 234 páginas.
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