La nueva alfombra mágica Raúl Trejo Delarbre
Capítulo 1
Globalización por Internet
Política y economía en una
creciente interrelación planetariaLa globalización, habitualmente es entendida como un asunto fundamentalmente económico -allí están sus causas y sus principales consecuencias- pero dista de ser exclusivo de ese campo. Entre otras, se caracteriza por las siguientes novedades o ratificaciones:
• Una mayor intensidad en los flujos comerciales y de capitales internacionales, junto con un abatimiento de las barreras y los perfiles que antaño organizaban al mundo en zonas de producción de bienes específicos. La oferta de productos que encontramos en el supermercado, tanto en Boston como en Guadalajara, o lo mismo en Lyon que en El Cairo, es paradigmática de un intercambio que desde luego no se agota allí. La globalización es consumo sin más limitaciones que las del mercado pero tiene además otros alcances.
• Una disminución en la presencia pública del Estado, como regulador de la economía pero también, por añadidura, de las relaciones sociales y políticas. Los Estados nacionales no dejan de tener vigencia y, en muchos sentidos, se les sigue considerando indispensables. Pero en la medida en que el intercambio comercial y -cada vez más, en una de las realidades más dramáticas de la economía globalizada- también el financiero, se orientan de acuerdo con decisiones que no se detienen en fronteras ni en intereses locales, las dimensiones del Estado y el gobierno tienden a ser acotadas por una nueva realidad, de consecuencias que todavía están por experimentarse. No estamos ante el fin del Estado, como llega a decirse, pero sí ante condiciones que exigen una revisión en las reglas y los alcances para la presencia y el funcionamiento del conjunto de instituciones a través de las cuales se ejerce el poder político en una nación.
• Una mayor fuerza de las grandes corporaciones. La globalización tiene como actores centrales no a los pueblos ni a los gobiernos, sino a las compañías capaces de trasponer fronteras con sus productos, servicios y/o mensajes. Hacen falta audacia y confianza, pero sobre todo capital, para que una empresa instale subsidiarias en países que recién se encuentran en proceso de desarrollo económico. Pero el espíritu emprendedor no es lo único que mueve a las grandes corporaciones que, hoy por hoy, más que abanderadas son protagonistas y beneficiarias de la globalización. Además y antes que nada, existe el natural afán de incrementar sus ganancias expandiéndose lo más posible y, junto con ello, en ocasiones cada vez más frecuentes se manifiestan intereses por el poder político. En la globalización, a diferencia del apoliticismo que según se llega a pensar se desarrolla entre los sectores activos de una sociedad, surge una gana de participación política antaño impensable en ciertos sectores de la sociedad, entre ellos los empresarios. Los caminos para la acumulación monetaria llegan a ser novedosos -y, entre otros rasgos, suelen pasar por la influencia de y en los medios de comunicación-.
• Junto con ello, también se pueden identificar nuevas formas del ejercicio político: por una parte los intereses corporativos tienden a influir en las decisiones nacionales; por otra, la política doméstica llega a tener como marco de referencia el contexto internacional, del cual se retroalimenta. Cada vez resulta más frecuente que los personajes políticos de un país quieran hacer proselitismo no sólo entre sus conciudadanos, sino ahora también entre los círculos de poder de naciones extranjeras, en donde radican parte de los apoyos o los vetos que pueden recibir. Además, merced a los medios de comunicación los acontecimientos políticos, si bien dentro de un contexto a menudo confuso, son conocidos más allá de la nación en la que se producen.
• Una propagación más rápida de las crisis. La capacidad de transmisión de informaciones, lo es también para la irradiación de desajustes, incertidumbres y, en general, decisiones que afectan en cascada a las economías nacionales. Suele decirse que cuando hay gripa en Washington, en América Latina existe riesgo de pulmonía y casi no hay exageración en ello. Pero además, desde las periferias hacia las metrópolis económicas y políticas hay una capacidad de presión rápida que antaño resultaba impensable.
• Ausencia de reglas claras, que a la vez sean nuevas. Esta situación vale lo mismo para las finanzas, que para las relaciones geopolíticas y los intercambios culturales. No es un secreto el agotamiento de los esquemas de intercambio y regulación financiera que habían funcionado desde Bretton Woods, hoy tan cuestionados por la centralidad de divisas distintas del dólar, junto con la velocidad con que las comunicaciones electrónicas permiten tomar decisiones que llegan a ser tan drásticas como potencialmente desestabilizadoras de las economías nacionales. También las formas de decisión para los conflictos internacionales, junto con las nuevas percepciones que de ellos se tienen en el resto del mundo, han vuelto obsoletas a las estructuras tradicionales de las Naciones Unidas y espacios similares --que, hoy por hoy, tienen la perentoria necesidad de renovarse--. De la misma manera, en el campo de los asuntos culturales hay flujos de contenidos y experiencias de interrelación que implican simbiosis tan intensas, que constituyen una realidad nueva, a la vez que cambiante.
La globalización, así, es realidad, expectativa o percepción si se quiere. El concepto es descriptivo cuando se trata de grandes tendencias, pero acaso muy general para abarcar procesos que llegan a ser de marcada complejidad. Hoy en día, como es harto evidente, las fronteras tienden a difuminarse, el conocimiento encuentra nuevos caminos por los cuales desparramarse y los ciudadanos del mundo actual se sienten cada vez más contemporáneos de esta cauda de interrelaciones. Sabemos más cosas con más rapidez. En las sociedades conectadas a los nuevos flujos comunicacionales, contamos con más opciones de información y recreación. Pero, como también es palmario, todo ello ocurre en un contexto de creciente desigualdad.
La globalización no construye, ni constituye, una Arcadia del conocimiento generosamente compartid ni mucho menos del intercambio repentinamente equitativo. Junto con los enormes logros que implican las intercomunicaciones transnacionales y multidisciplinarias, hay toda una cauda de retos e insuficiencias que resultan, antes que nada, de las disparidades entre las naciones y dentro de cada una de ellas.
Vamos por partes. Antes que nada es preciso reconocer, aunque sin quedarnos allí, que hoy en día el auge de las comunicaciones, junto con la expansión del capital que significa --y a la que sólo en parte obedece-- propician una virtual abolición de las fronteras nacionales. Querer negarlo es tan inútil como pretender oponerse a ello. Sobre esta creciente omnipresencia y expansión de la Red Mundial, que es como él caracteriza a la globalización de los negocios, escribe el estadounidense Robert Reich: "...El poder y la prosperidad surgen de los grupos que han acumulado los conocimientos más valiosos en la identificación y resolución de problemas. Estos grupos se pueden encontrar cada vez con más frecuencia en muchos lugares del mundo, además de Estados Unidos. A medida que se acortan las distancias en todo el planeta, a través del progreso en las telecomunicaciones y el transporte, los grupos creativos en una nación están en condiciones de unir sus capacidades con los de otros países, a fin de ofrecer el mayor valor posible a los consumidores de casi todo el mundo. El nexo entre los distintos puntos estratégicos de la red mundial son las computadoras, los aparatos de fax, los satélites, los monitores de alta resolución y los módems, todos los cuales relacionan a los diseñadores, ingenieros, contratistas, concesionarios y vendedores de todo el mundo".1
Oponerse a esa realidad, equivale no sólo a vivir de espaldas a ella (lo cual quizá resulta imposible) sino a no entender los cauces y contornos de los grandes cambios de nuestros días. No pretendemos que todo se debe a la internacionalización del capital --la cual implica, a su vez, la de la tecnología y la cultura, entre otras áreas en transformación intensa-- pero, sí, que difícilmente hoy ocurren modificaciones trascendentes al margen de ese proceso en donde están involucrados intereses, negocios y proyectos de hegemonía geopolítica, pero además civilizaciones, pueblos e historias.
Evidentemente estamos en una era en la que las fronteras tienden a desdibujarse --aunque de ninguna manera desaparecen-- y las costumbres y culturas experimentan un proceso de acercamientos e incluso fusiones. Los medios de comunicación modernos, entre ellos ahora la cibernética enlazada a la telefonía, desempeñan un papel clave en ese proceso de aproximación entre los países y entre los individuos. Pero, como veremos con detalle más adelante, esos mismos medios son factores que enfatizan la disparidad que ya existe tanto en las sociedades como en el panorama de las naciones.
La globalización no es precisamente la creación de una sola identidad para todo el mundo ni se agota en la igualación de costumbres que, por lo demás, es preciso mirar con matices. El ya citado profesor Estay, comparte la corriente analítica que alerta contra la tentación de asumir, respecto de estas novedades, una posición tan tremendista que no sólo sea esquemática en el examen de tales hechos sino que, además, pudiera conducir a la parálisis (fruto de la perplejidad ante cambios que no se alcanza a comprender) tanto intelectual como política. Dice ese autor:
"En lo que respecta a la uniformidad de la globalización, nos parece que han ido ganando fuerza aquellos análisis en los que se asume a la globalización como un proceso de homogenización de condiciones de funcionamiento, cuestión ésta que está asociada con las supuestas novedades de la globalización que recién criticábamos.
"Bajo la idea de una futura 'aldea global', que en algunos sentidos se asemeja a las posturas de comienzos de siglo respecto al 'superimperialismo', se asume a la globalización como el medio a través del cual se uniformará el funcionamiento del sistema en todos los sentidos posibles: las especificidades de todo tipo tenderán a desaparecer, el desarrollo de las fuerzas productivas y las condiciones de valorización tenderán a igualarse en todos los espacios del sistema y se impondrán comportamientos únicos y mundiales para cada una de las principales categorías del funcionamiento capitalista.
"A ese tipo de interpretaciones, consideramos que hay que oponer el concepto de desarrollo desigual, y que ello es particularmente necesario para el caso de los análisis que tengan como escenario a nuestros países, dado el peso que en ellos han ido adquiriendo los anuncios de futuros saltos hacia el primer mundo".2
En otras palabras, entre los saldos de la omnipresente globalización se encuentra una suerte de mitificación exagerada de sus consecuencias. Quizá esa sea mejor actitud que la de ignorar los efectos de la internacionalización masiva de intereses, tendencias y costumbres. Pero en todo caso, el hecho de admitir que con o sin globalización hay situaciones de desigualdad, las cuales lejos de solucionarse empeoran en el contexto de esa internacionalización, es útil para poner los pies en la tierra. Esa es la perspectiva que busca asumir el presente libro, que parte de la certeza de que a las transformaciones en la era de la globalización, cada vez resulta más obsoleto, además de inútil, tratar de responderles negando que existan, o tratando de ir a contracorriente de ellas. Eso no implica que haya que estar de acuerdo con los efectos de la globalización rampante delante de la cual nos encontramos. Para compartir, aprovechar, paliar o moderar sus efectos, las naciones en desarrollo tienen que re-conocerlos.
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Notas1Robert Reich, El trabajo de las naciones. Hacia el capitalismo del siglo XXI. Traducción de Federico Villegas. Vergara, Buenos Aires, 1993, pág. 115.
2Jaime Estay R., "La globalización y sus significados" en José Luis Calva, coord., Globalización y bloques económicos. Realidades y mitos. Universidad de Guadalajara, Universidad Autónoma de Puebla y Juan Pablos Editor, México, 1995, pág. 35.
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