La nueva alfombra mágica Raúl Trejo Delarbre
Capítulo II
Nuevas realidades.
Un perfil del poliédrico ciberespacio
Cultura visual y escrita: educar no es sólo informar La información electrónica, además de abrirnos una peculiar ventana a numerosas aunque segmentadas realidades de la memoria y la realidad del mundo, tiende a imponer formas específicas de consumo cultural.
Los recursos para acceder a la cultura se distinguen, antes que por sus contenidos, por los formatos que emplean. Luego de la cultura oral, la escritura estableció modalidades de pensamiento, articulación discursiva y propagación de los mensajes. La imprenta significó una revolución respecto de la rudimentaria escritura manual. Mucho después la revolución visual con el cine, y luego la televisión, exigió nuevas destrezas para adquirir conocimientos. La computadora, enlazada al teléfono y capaz de recoger datos, sonidos, imágenes interactivamente, ha inaugurado una época de alcances difíciles de prever, a riesgo de embriagarnos en ejercicios y metáforas futuristas.
Hace tres décadas, el canadiense Marshall McLuhan se maravillaba ante la posibilidad de la televisión para generalizar sus propios lenguajes, capaces de transmitir información y sensaciones de manera más directa, pero con menor densidad cognoscitiva, que los medios impresos o que ese heraldo premoderno de la cultura auditiva que es la radiofonía. Seguramente el autor de La comprensión de los medios como las extensiones del hombre estaría entusiasmado, y quizá preocupado, ante las formas impuestas por la mezcla de lenguajes que hay en los recursos cibernéticos y electrónicos de nuestros días. La computadora, hoy enriquecida con las posibilidades multimedia, es extensión táctil, visual y auditiva de nuestros propios sentidos pero, conectada a redes se vuelve terminal que puede estar al servicio de otros. De muchos otros.
Los recursos del multimedia sirven, especialmente, para aglutinar en poco espacio una gran cantidad de información audiovisual, así como para facilitar la búsqueda de datos de un archivo a otro. Por ejemplo, la Enciclomedia, la primera enciclopedia en CD ROM que se preparó en Europa, contaba en un solo disco, según sus autores, con el material que de otra manera debía haber sido organizado ¡en 200 volúmenes!. Quizá esa información es algo exagerada, aunque así la dio a conocer la empresa fabricante del CD, la compañía italiana Olivetti.102
Los datos transmisibles a través de los nuevos recursos electrónicos llegan a ser considerados más vistosos que aquellos que se presentan por medios tradicionales. Por lo menos, ese formato es más novedoso. Si se consulta una enciclopedia en CD ROM, es posible encontrar la definición o la ficha escritas del asunto que buscamos, con un apoyo que puede incluir segmentos de video, cápsulas de audio y fotografías y grabados. Desde luego, buscar la biografía de Louis Armstrong en la enciclopedia Compton's, o la Encarta de Microsoft, es más atractivo que hacerlo en la Britannica en su versión tradicional. Hallaremos no sólo la síntesis biográfica de ese extraordinario jazzista sino además una fotografía suya con el famoso saxo y hasta algún fragmento, que podremos escuchar, de una de sus interpretaciones. Pero después de las primeras consultas es posible que al menos quienes hemos sido educados en una forma y una cadencia de aprendizaje sustentadas en la cultura escrita, y en el uso de recursos de ese estilo, encontremos demasiado extravagante la dependencia respecto de esas maravillas electrónicas.
Un autor que sostiene un punto de vista con tales aprehensiones ha considerado: "Todavía soy una creatura del pasado. Puedo reconocer cómo puede ser útil la versión en CD ROM de una enciclopedia. Sin embargo, no puedo imaginarme por qué alguien podría preferir leer la versión de un libro en CD ROM, en lugar de leer el libro mismo, en el cual el rápido acceso al índice y la posibilidad de hojearlo hacia adelante o hacia atrás, lo hacen tan útil".103
Pero los problemas con la información cibernética no los experimentan únicamente quienes confiesan estar atados a las prácticas tradicionales, con las cuales han leído e intercambiado experiencias y mensajes durante varias décadas. Los libros electrónicos (e-books se les llama en la jerga anglosajona especializada) han sido considerados como parte de la inminente y quizá ya presente ola del futuro, pero siguen siendo de difícil acceso y, quizá también, de complejas consecuencias en el proceso de aprendizaje. "En muchos casos --confiesa un autor de libros electrónicos-- la audiencia todavía no está allí. Las pantallas de computadora no son tan fáciles de leer como lo serán en el futuro y no hay un catálogo central que los lectores puedan usar para encontrar los libros electrónicos adecuados".104
Los libros grabados en disco compacto son visualmente atractivos pero exigen un lector de CD y todavía resultan muy costosos en comparación con las versiones en papel y tinta. Sin embargo, con otra técnica y formatos aún muy diferentes, comienza a desarrollarse la tendencia a grabar volúmenes enteros en archivos a los que se puede tener acceso a través de alguna red electrónica. Gracias a un módem y a un servicio de textos en red, el usuario es capaz importar la información y luego desplegarla en su propia computadora. Así, es posible ahorrar papel y todos los costos inherentes a la producción de impresos. Si estos procedimientos se generalizaran, los árboles crecerían más felices pero nuestras bibliotecas tendrían una apariencia más triste.
La cultura visual, además, carece de la estructura lógica y explicativa que suele tener (aunque no siempre) la de carácter escrito. Un documento en multimedia presenta el hecho específico (una frase, un pasaje histórico, un párrafo de una pieza literaria), mostrado de manera vistosa, con texto y grabados, incluso sonido, o video. En la Internet, el espacio multimedia por excelencia es la World Wide Web, que supera en presentación y recursos a los opacos boletines de noticias electrónicas.
El CD ROM primero y ahora la misma WWW ofrecen la posibilidad de localizar varias informaciones de un mismo asunto cruzando a través de diversos documentos. A eso se le llama hipertexto. Es decir, si queremos buscar todas las alusiones a la palabra o al concepto "casa" en una enciclopedia en CD ROM, en unos segundos se nos mostrará la presencia de ese término en fichas sobre arquitectura, historia, literatura, etcétera. Lo mismo en la transmisión por las redes electrónicas, si contamos con un localizador de hipertexto para navegar por la WWW podemos pedir todas las referencias disponibles sobre cualquier asunto. Es un recurso enormemente útil cuando se buscan datos específicos. Sin embargo, al trasladarnos de una página a otra solo para hallar el término o el concepto precisos que hemos solicitado, se nos hace navegar en medio de párrafos o espacios demasiado acotados. Ideas fijas, conceptos drásticos: el hipertexto, en esos casos, puede ser hiperfragmentario.
Es frecuente que la información así procesada se muestre aislada de su contexto, como una realidad en sí misma y no imbricada con el discurso, el periodo o el relato de donde dicho segmento ha sido tomado. En el caso de la enseñanza, el empleo excesivo de estos recursos puede implicar la incorporación de mecanismos de razonamiento distintos de los que hasta ahora hemos conocido, o con los cuales hemos identificado a la elaboración y propagación del conocimiento. En la enseñanza hasta ahora tradicional se nos ha acostumbrado para ver los acontecimientos, o los datos, como parte de un conjunto complejo. Buenos Aires forma parte de Argentina, que a su vez se encuentra en Sudamérica, la cual está en América... y así sucesivamente. En el hipertexto, si pregunta por Buenos Aires es posible que el estudiante conozca fotografías de las calles, un plano de la ciudad, incluso puede que escuche un fragmento de la música y una imagen de Carlos Gardel, pero acaso corre el riesgo de quedarse sin saber en dónde se encuentra la capital argentina.
Además, la multimedia tiende a competir ventajosamente con el simple texto escrito. Esto no resultaría de por sí cuestionable, si no fuera porque de esta manera se desalienta la incursión en el libro tradicional, tanto en la enseñanza como en el esparcimiento.
"Convertir un libro o un documento en hipertexto es invitar a los lectores a ignorar exactamente qué es lo que cuenta --es decir, la historia".105 El autor de la anterior opinión, un profesor de ciencias de la computación en la Universidad de Yale, ha exhortado para que el empleo de la informática en el salón de clases sea orientado por tres condiciones: a) creación de software para niños que sea más imaginativo, capaz de crear nuevas formas; b) empleo de las computadoras sólo durante periodos de recreo, no como profesores sustitutos y c) reivindicación constante de la enseñanza cara a cara: "No se le puede enseñar a un niño, a menos que se le mire al rostro. No debemos olvidar lo que son las computadoras. Igual que los libros --mejor en algunos aspectos, peor en otros-- son instrumentos que les ayudan a los niños a movilizar sus propios recursos y aprender por sí mismos".106
Después de todo, el aprendizaje fundamental es aquel que enseña a convivir, a ser y estar en sociedad, con los demás. La educación tiene el propósito de inculcar conocimientos capaces de ser aprovechados en esa comunión; pero convivencia con las personas, no con la computadora. Si esas condiciones se reconocen, la enseñanza de la cibernética y con ella, puede ser de enorme utilidad --incluso podemos considerar que hoy en día, esa es una destreza imprescindible en numerosas áreas profesionales--. Pero las máquinas, para decirlo con más claridad, no sustituyen a la gente.
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Notas102Peru Egurbide, "Umberto Eco presenta en Milán la primera enciclopedia 'multimedia' europea", en El País, Madrid, 6 de abril de 1995.
103Morton A. Kaplan, Editorial, The World and I, Washington, noviembre de 1994.
104David Rothman, escritor de Alexandria, Virginia, citado en "Creating an e-book is not so e-z", en Compuserve magazine, Chicago, octubre de 1994.
105David Gelernter, "Unplugged. The mith of computers in the classroom", The New Republic, september 19 & 26, Washington, 1994.
106Ibidem.
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