La nueva alfombra mágica Raúl Trejo Delarbre
Capítulo II
Nuevas realidades.
Un perfil del poliédrico ciberespacio
Cantidad de información; y la calidad, ¿importa? Tenemos, así, una gran cantidad de información. Incluso mucha información disponible en nuestros países, así como capacidad instalada, que además crece.
Sin duda, para quienes llegan a dominar la técnica necesaria y cuentan con ocio y acceso suficientes, resulta de lo más atractivo sumergirse en los sorpresivos vericuetos de Internet, o extraviarse en cualquiera de los afluentes de la superautopista informativa. Como entretenimiento es fascinante. Como apoyo a la enseñanza, sin sustituirla, es útil. Pero todavía no es claro, más allá de esas ventajas, en qué medida toda esta cantidad de información nos resulta necesaria.
Se trata de información, en primer lugar, que cuesta. Todo o casi todo lo útil en esta vida tiene un precio, y los bancos de datos y otros recursos que podemos obtener por mecanismos electrónicos tienen el suyo. Sin embargo, ante la tentación de conectarnos a la superautopista, so pena de quedar aislados, o fuera de moda, no siempre evaluamos los costos, en comparación con los beneficios que ello implica. Esto vale para los usuarios individuales pero también, a menudo, para las empresas e incluso para los países.
No queremos sugerir que, por onerosos, las naciones dejen de sufragar los gastos necesarios para tener una infraestructura en telefonía e informática capaces de colocarlas a la altura del desarrollo técnico y cultural contemporáneos. Pero sí es necesario evaluar cada gasto y cada acción con cuidado a fin de, incluso, evitar comprar o contratar equipos, programas o redes de segunda mano, o que resulten obsoletos. Es frecuente la práctica de proveedores que traen a los países en desarrollo hardware y software que en sus naciones ya no se vende, porque hay nuevas versiones o porque ha sido de mala calidad.
En segundo término, la información es tan abundante que pocas veces contamos con los recursos necesarios para seleccionar entre los torrentes de datos que podemos recibir. No basta con tener acceso a la información. Es preciso saber elegirla, entenderla, decodificarla de acuerdo con las circunstancias nacionales en las que se pretende que sirva. En otras palabras, no es suficiente contar con los conocimientos técnicos para manejar la computadora y el módem, de la misma forma que para aprovechar un periódico no es suficiente con saber leer. Hay que estar en capacidad de discriminar, a fin de que nos resulte útil la información que hay en cualquier medio de comunicación. Sin embargo, la capacitación para leer auténticamente en las redes es inexistente.
En tercer lugar, como también y por tantos motivos es evidente, la mayor parte de la información disponible ha sido elaborada, procesada y puesta en el ciberespacio desde las naciones en donde hay mayor capacidad tecnológica --y un mayor número de usuarios--. Aquí se reproduce, pero sobre todo se multiplica, el añejo problema de la unilateralidad de las fuentes informativas en toda clase de medios de comunicación.
La comunicación electrónica permite que cada grupo de interés temático, regional o nacional, abra sus propios espacios. La diversidad de la sociedad y del mundo tienden a reproducirse, aunque desde luego con limitaciones, en el universo cibernético. Pero como también ocurre con otras formas para el intercambio de conocimientos, en las redes electrónicas los grupos y los países con más capacidad técnica y financiera son aquellos que ganan mayores presencias.
La información que los mexicanos --igual que los coreanos, los suizos o los egipcios-- encontramos en la Internet es fundamentalmente estadounidense. Esa circunstancia provoca un claro sesgo en los recursos informáticos y documentables disponibles en las redes. Por un lado, hay lo que podría considerarse como democratización del conocimiento. Sólo que existe la salvedad de que no todos tienen acceso a la Internet, especialmente en países en desarrollo. Por otra parte, el conocimiento disponible en las redes es --vale la pena insistirlo-- fundamentalmente de países desarrollados. Hay poca presencia de naciones como las latinoamericanas. De la misma manera que en la economía, en las ciber-redes somos más importadores que exportadores. Ello crea, entre otros, problemas culturales y de soberanía, de los cuales nos ocupamos en el último capítulo de este libro .
Un cuarto problema es la calidad de la información a la que tenemos acceso. Sin duda, la información es fundamental para vivir en el mundo de nuestros días. En la medida en que hay competencia entre una y otra redes, así como dentro de cada una de ellas y en tanto que los servicios que se ofrecen tienen un precio que el usuario ha de pagar, se despliega un contraste que tiende, al menos en teoría, a servir como acicate para que cada uno de tales negocios o instituciones se esmere en la precisión, la originalidad y la diversidad de los datos que ofrece. Es decir, la emulación, consecuencia del mercado, propicia un contexto, al menos en principio, de exigencia en el universo de las redes. Ese efecto demostración, además, puede influir en otros medios a través de los cuales recibimos información.
El estadounidense Michael Crichton, que se puso a estudiar estos asuntos cuando escribió su novela Disclosure (Acoso, la tradujeron en español) en la que relata las implicaciones de la cultura cibernética y de la información instantánea en un affaire dentro de una empresa que fabrica computadoras, ha expresado una opinión interesante ya no respecto de la cantidad, sino de la calidad de la información disponible en nuestras sociedades contemporáneas.
"La gente --escribe Crichton-- entiende cada vez más que paga por obtener información. Las bases de datos cobran por minuto. A medida que el vínculo entre pago e información se vuelva más explícito, los consumidores querrán, como es natural, mejor información. La pedirán y estarán dispuestos a pagarla. Va a haber --yo diría que ya lo hay-- un mercado de información de suma calidad, lo que los expertos en calidad llamarían 'información de seis sigmas'. (La empresa que establecía el hito de la calidad norteamericana era siempre Motorola, y hasta 1989 Motorola hablaba de calidad de tres sigmas; tres partes malas en mil. Calidad de seis sigmas significa tres partes malas un un millón)".98 Ese autor supone que los medios de difusión abierta, como la televisión en sus noticieros habituales o los diarios impresos, al tener más fuerte competencia en las redes de información deberán ser más acuciosos y ofrecer marcos interpretativos y no sólo confusos, desordenados y a menudo intrascendentes torrentes de noticias. Sin embargo, en el ciberespacio, la abundancia de datos suele ser una cualidad más apreciada que la jerarquización de ellos.
Por eso es discutible que el mercado baste para incrementar cualitativamente los servicios de información, abierta o electrónica. Una perspectiva distinta ha sido asumida por quienes consideran que la especialización definida por cada usuario en las redes cibernéticas se traduce en una parcialización en los datos y el contexto mismo que entonces recibe. Entre otras circunstancias ocurre una retroalimentación complaciente. Cuando se entra a los foros de Internet, el manejador principal que nos orienta comienza por indicarnos cuáles foros hemos seleccionado antes, para que sea sencillo regresar a ellos. Se produce así un consumo circular, en donde el usuario tiende a frecuentar los mismos espacios sin aventurarse en otros. De esa manera es como a los cibernautas se les predispone para elaborar sus propios menús, como una forma para que, al entrar siempre a los mismos sitios, su ambiente en las redes les resulte familiar.
Otro caso es el de la ya mencionada elaboración de periódicos electrónicos personalizados, dirigidos a usuarios que han precisado cuáles géneros de noticias desean recibir. Ese puede ser un recurso útil en términos de oportunidad y muy vistosos gráficamente, pero tales productos no son auténticos diarios, al menos en el sentido al que estamos acostumbrados. La democracia, después de todo, es capacidad y opciones para elegir. Pero no deja de haber riesgos para la cultura política, y la cultura simplemente, en esa autoconstrucción de anteojeras. La fragmentación en las noticias tiene el riesgo de resultar en una fragmentación de la política, se ha llegado a decir99 --o de la imagen que tenemos de los asuntos públicos, añadimos nosotros--.
Consideraciones como ésas podrían ser útiles en el momento de que un ciudadano, o una institución, decidan qué tan imprescindible les resulta lograr el acceso a las redes. Desde luego, está el rasgo de la novedad. La Internet es de esos asuntos en los cuales hay que estar para decidir si se permanece o no. Al final de este libro se comentan experiencias de gentes que, luego de varios años, decidieron que el ciberespacio no era para ellos y no precisamente por consideraciones financieras, sino porque les parecía que navegando en las redes no hacían más que esconderse de la realidad.
En las páginas anteriores hemos descrito brevemente los principales usos de las redes, junto con algunas de sus limitaciones más frecuentes. El ciberespacio es inimitable, y en varios sentidos insustituible. Pero no es inevitable. Incluso un importante comentarista especializado, que se dedica a escribir para quienes ya disfrutan del acceso al mundo de las computadoras y la comunicación cibernética, advertía lo siguiente:
"La Internet y todos los servicios en línea están experimentando un sorprendente boom por ninguna razón en particular, excepto por ese rollo que Al 'Ozono' Gore popularizó con el término de la supercarretera de la información. Así que ahora tenemos un creciente desorden con todas las cosas que se puedan imaginar. Hay que enfrentarlo así: sólo unas cuantas personas tienen necesidad auténtica de servicios como America On Line, Compuserve, Prodigy, o el sistema Internet entero y la World Wide Web. Pero debido a que la escena se ha puesto de moda tan repentinamente, todo el mundo está saltando al carro alegórico."100
Una cosa es el mundo a través de la pantalla de computadora y otra, el mundo real. Es frecuente la tentación a confundir, o querer sustuir, uno por otro. Así es como se llega a considerar: "¿Qué es, a fin de cuentas, esa misteriosa sociedad de la información? En realidad, es la sociedad en que vivimos. Y buena parte del sentimiento de desconcierto con el que últimamente percibimos nuestra vida cotidiana proviene de que la interpretamos con categorías e imágenes de un tiempo que ya pasó".101 El problema es hasta dónde el ciberespacio resulta de tanta novedad que, para entenderlo, es preciso construir categorías nuevas o hasta dónde a la realidad, retratada en los sitios de la Internet, la podemos interpretar con los códigos de antaño.
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Notas98Michael Crichton, "Mediasaurus: adiós a los Times y a los Networks", artículo de New Perspectives Quaterly traducido por Ricardo Mondragón y reproducido en Nexos, México, octubre de 1994.
99Peter B. White, "Fragmentation of news = fragmentation of politics?", Intermedia, Vol. 22, No. 3, Londres, junio/julio de 1994.
100John C. Dvorak, "Info Overload at Your Fingertips", en PC Magazine, N.Y., 28 de marzo de 1995, pág. 89.
101Manuel Castells, "La sociedad de la información", en El País, Madrid, 25 de febrero de 1995.
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