La nueva alfombra mágica Raúl Trejo Delarbre
Capítulo IV
Estado y liberalización.
El crecimiento desigual y desmesurado
en el ciberespacio
Norte y Sur, coordenadas parcialmente difuminadas Llamados de atención como ésos, pocas veces fueron reconocidos. Por un lado, la supeditación a los ritmos, estilos y prioridades de Estados Unidos ha determinado que la gran mayoría del equipamiento computacional y para comunicación electrónica en los países latinoamericanos, sea fabricado o vendido a través de ese país. Ha existido poca apropiación tecnológica y escasa capacitación para crear nuevas opciones. Pero además, la crisis económica que obligó a considerar a los ochenta como una década perdida, influyó para que el desarrollo cibernético, en los casos en que podía existir, resultase precario, desordenado y por lo general hipotecado a esas prioridades estadounidenses. No estamos descubriendo el hilo negro al señalar esta colección de problemas que, sin embargo, es necesario tener presentes para evaluar las capacidades de nuestros países en su empleo de las redes electrónicas de comunicación.
Además, cuando se discuten estos asuntos hay una frecuente proclividad para considerarnos, a quienes geopolíticamente estamos en el sur, únicamente como destinatarios de ofertas, mensajes y equipos diseñados para otras realidades, o de los que no seríamos más que consumidores pasivos. Así sucede, por lo general, si bien es preciso percatarnos de que con las redes electrónicas, el intercambio es en ambas direcciones. Sin duda, aquellas que se propagan desde las naciones más industrializadas tienen contenidos más abundantes, pero a diferencia de los medios de difusión tradicionales (la radio y la televisión, por ejemplo) el flujo no es unidireccional, sino de ida y vuelta. El problema es quiénes, en y desde países como los de América Latina, difunden sus mensajes o quiénes pueden navegar en el océano de información que hay en la Internet.
Hay una clara y hasta ahora irreversible selectividad, especialmente en los países en desarrollo, en el aprovechamiento de las nuevas redes de información. Los medios electrónicos de propagación abierta (como, otra vez, la radio y la tv) son o potencialmente pueden ser para todos. Las computadoras no, al menos en tanto su interconexión exija de dispositivos, redes y accesos que no siempre están disponibles.
Una porción pequeña de las sociedades en países como los de nuestra América Latina, apenas comienza a tener acceso a las redes de información electrónica. La información, aquí como en otros órdenes, es poder. Y ese poder, de conocimiento pero también de interacciones, decisiones e influencia que crecen a la par que las posibilidades tecnológicas, se encuentra especialmente acaparado por los grupos más privilegiados, como resultado de la concentración económica.
La globalización es una realidad contundente y omnipresente, pero no todos estamos convidados a ella de la misma manera. Es otra obviedad recordarlo, pero vale la pena, para que nos se nos olvide: la rígida estratificación que tiende a existir en nuestras sociedades y que es fuente de tantas desigualdades, en el campo de la información y la cultura propicia que los modernos recursos electrónicos sean para pocos, quedando al margen de muchos. Y al mismo tiempo, esos pocos con acceso a Internet y las redes privadas son contemporáneos del resto del mundo en más de un sentido. Comparten la misma información, al mismo tiempo que otros ciudadanos en países industrializados. Un cibernauta en Buenos Aires, en Santiago de Chile o en Ciudad de Panamá, tiene acceso prácticamente al mismo menú de opciones que puede recibir un colega suyo en Sidney, en Miami o en Bonn. Las modernas redes de información, entre otro de sus tantos efectos, tienen el de uniformar a sus usuarios independientemente del sitio donde se encuentren y, al dotarlos de esa señal de identidad, diferenciarlos del resto de las comunidades a las que pertenece cada uno de ellos.
En esas condiciones es difícil hablar, al menos en términos tradicionales, de una brecha Norte-Sur en el empleo de información electrónica. Más bien, quizá, es preciso reconocer que el acceso a estos formidables recursos hace evidente la brecha entre ricos y pobres, al acentuarla.2
Abundan, aunque suelen ser prédicas en el desierto, las advertencias sobre las consecuencias que para la humanidad y especialmente los países en desarrollo, puede tener la desigualdad informática reproducida por la polarización y la disparidad geopolíticas. Este asunto, formó parte de las deliberaciones en la 25 Conferencia Anual del Instituto Internacional de Comunicaciones en Tampere, Finlandia, en el otoño de 1994. El presidente de la reunión, Martti Ahtisaari, destacó entonces que entre los pasos necesarios para lograr un punto de vista humanitario en la comunicación estaba: "Impedir que la supercarretera internacional de la información se convierta en una ruta de una sola vía; los países del norte deberían proveer a los del sur con el equipo necesario y asegurar que la información fluya equitativamente en ambas direcciones".
Pero también reconocía dificultades, al tiempo que sugería cómo pudieran servir estos mecanismos informáticos para el desarrollo de las naciones: "Las redes de computación pueden ayudar, proporcionando soluciones a los problemas de pobreza y destrucción ambiental en los países desarrollados. Las nuevas tecnologías no deberían ser usadas para conquistar al mundo, sino para el beneficio de sus habitantes. La nueva sociedad de la información debería ser concebida en términos de lo que pudiera denominarse como 'ecología cultural', supeditando las exigencias de una nación en particular o de un área de especialización. Así como los seres humanos se consideran a sí mismos como parte de un ambiente global en términos biológicos, también deben considerarse como parte de un ambiente global en términos de cultura y de información".3
Esas convocatorias al aprovechamiento de las redes y a la cooperación internacional para potenciar sus logros por encima de los efectos perniciosos han seguido sin arribar a la lista de prioridades en el temario de asuntos internacionales. Por un lado, para las naciones en desarrollo hay otras urgencias en materia de política social y de crecimiento económico, antes de ocuparse por asuntos aparentemente sofisticados, herméticos y lejanos, como llegan a considerarse los que se relacionan con la comunicación cibernética. Por otro, desde los gobiernos de los países desarrollados el interés de cooperación en esta materia suele reducirse a la interconexión entre ellos mismos y al establecimiento de programas para nuevas redes, siempre orientadas de manera fundamental al llamado Primer Mundo.
Por lo demás, es difícil --aunque sea muy necesario-- pensar en equipamiento y capacitación para la informática, en países en los que hay numerosas carencias. Es de esta manera, como en el acceso a las telecomunicaciones ocurre una más de las disparidades sociales en nuestros países. Una evaluación de este panorama, en nuestra región, indicaba hace poco que: "Incluso en México, que es tan avanzado en comparación con la mayoría de América Latina, nueve de cada diez familias no tienen teléfono y más de 18 mil poblaciones de 500 o más personas no han sido cableadas para el servicio telefónico. La situación de las telecomunicaciones en las montañas de Perú, las planicies de Brasil y en las áreas selváticas de América Central, es todavía más desprotegida".4
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Notas
2La idea es de John Gilbert, David Nostbakken y Shahid Akhtar, en su informe "Does the highway go south?", en Intermedia. Vol. 22, No. 5, Londres, octubre/noviembre de 1994.
3Moriyoshi Saito, "The social mission of multimedia and broadcasting: the case of co-existence", en Intermedia, vol. 23, No. 1, Londres, febrero/marzo de 1995.
4Bruce Willey, "Business networks in Latin America", en Telecommunications, enero de 1993.
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