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Hace 15 años
Sociedad y Ejército salvaron vidas

Rafael Cordera Campos

Para Raúl Trejo, Marco Levario
y el equipo de
etcétera

Foto: Luis Humberto González/Silva

Hace 15 años, en otro 19 de septiembre, la ciudad de México vivió el horror de las consecuencias de un sismo que le perturbó de tal manera, que quienes lo vivimos no lo podremos olvidar nunca.

En cuestión de minutos los edificios, las casas, las bardas se cayeron. No se sabe cuántos fallecieron en ese trágico día. Fue una mañana en la que los defeños fueron sintiendo los efectos del fenómeno natural, pero que conforme transcurrieron los minutos pudieron reconocer la capacidad destructiva del mismo. Eso solamente terminaría de confirmarse al día siguiente, cuando la réplica terminó su trabajo.

Frente a la tragedia humana y material que produjo el sismo de aquel 19 de septiembre, la reacción del gobierno (o los gobiernos) en ese momento fue verdaderamente lenta mientras que, por el contrario, la sociedad en pleno se volcó a las calles, a los lugares donde parecían existir sobrevivientes. Los ciudadanos, sobre todo los jóvenes, organizaron el tránsito de vehículos y a las personas que por todos lados querían ayudar en todo, en lo que fuera necesario.

Poco después de estos fatídicos hechos, muchas opiniones expresadas, sobre todo en los diarios, afirmaron que el gobierno de la ciudad estuvo los primeros días en manos de la sociedad. El espíritu solidario se manifestó en consecuencia a las dimensiones de la capital del país, aunque se debe subrayar que fue el mismo que en diversas ocasiones se ha manifestado donde se han presentado fenómenos naturales y tragedias causadas por los errores humanos, que han afectado a diversos núcleos de la población nacional.

No se puede decir menos del Ejército mexicano que, como siempre que se necesita su asistencia, apareció prácticamente a tiempo y con ello imprimió a la participación espontánea de la sociedad la organización, el conocimiento técnico y las habilidades que se requieren en casos como ése.

Desde entonces, en la capital y en todo el país, se ha puesto en marcha una serie de trabajos que han incidido en favor del desarrollo de una cultura de la protección civil. En escuelas públicas de todos los niveles educativos, en poblaciones pequeñas establecidas en las faldas de los volcanes, en los puertos, en las ciudades, se han presentado iniciativas y practicado actividades que preparan a la población en la elaboración de planes de evacuación y, en general, para hacer frente a las emergencias. Y todo eso representa un saldo positivo.

Sin embargo, y en particular debido a que México es un país expuesto a los efectos de diversos fenómenos naturales, es evidente que se requiere, para el crecimiento y extensión de esa cultura de protección, de un trabajo institucional de carácter permanente, en el que el gobierno federal, el Ejército mexicano y otros están llamados a jugar una función indispensable.

Los ejemplos sobran, aunque desgraciadamente siempre se refieren a casos donde la desgracia humana ocupa el centro de la atención nacional. Pero ese trabajo permanente que contempla como objetivo principal salvar vidas humanas debe seguir reconociendo la solidaridad que en esos casos ha distinguido a los mexicanos y tratar de incorporar ese enorme activo a la gran tarea de preparar a la sociedad para hacer frente a calamidades que permanentemente asedian.

Los diferentes niveles de gobierno tienen todavía mucho por hacer. Referente a la protección civil integral, la permanencia del trabajo para preparar a la sociedad y a las instituciones en esos terrenos ocupa un lugar preponderante. De hecho, todo eso debe realizarse en un horizonte sin fin, entre otras razones porque es fundamental formar a todas las generaciones ­desde los más jóvenes­ para consolidar su capacidad de respuesta ante la mayor parte de los fenómenos.

La gran pérdida de aquel 19 de septiembre fue en vidas humanas, independientemente de lo que arrojó el sismo en términos materiales. Pero de aquella solidaridad y de otras lecciones, los gobiernos y la sociedad aprendieron que era necesario estar preparados. El camino inició, aunque vale la pena saber hasta dónde hemos llegado, en qué momento estamos, dónde hay mayores deficiencias y dónde existen mejores experiencias y talentos. Nos preguntamos si esto se está haciendo. Sin duda, hay que hacerlo, y sobre todo, continuarlo.

 

Posdata: con el número que tiene el amable lector en sus manos, etcétera se despide de una época que cumplió como semanario. Ahora ya no podremos disfrutar cada jueves de las lecturas que felizmente nos dieron Raúl Trejo, los colaboradores y el equipo que de manera excelente cumplió con su trabajo. Extrañaremos la gran posibilidad de hacer públicos nuestros comentarios, pero nos reconforta la noticia de que, de aquí en adelante, podremos leer una publicación mensual que, con el mismo nombre, valorará, criticará y reconocerá a nuestros medios de comunicación. Felicidades, pues, y buen viaje a todos

Rafael Cordera Campos es profesor en la Facultad de Economía de la UNAM. Correo: rcc140@servidor.unam.mx

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