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democracia Una época de cambio político
Ricardo Becerra y José Woldenberg
La revista etcétera se despide en la forma como la conocemos hasta hoy: semanal, abarcadora, atenta a un amplio abanico de temas recurrentes y, diríamos, obsesivos: los medios de comunicación y su impacto en la sociedad de masas, la educación, las universidades y en especial la UNAM, los jóvenes, las mujeres, la literatura, la novela moderna, la Internet, la economía mundial y nacional, la política mexicana, las elecciones y la transición democrática.
1. Ese es el punto en el cual nos detendremos. La periodicidad de etcétera nos permitió seguir, semana tras semana, el pulso casi exacto del ambiente político, de los debates, la actuación de los protagonistas, el ritmo del cambio, las novedades democráticas, pero no de una manera tradicional sino con el sello particular de sus editores: se trataba de explicar y acompañar a las muchas negociaciones políticas, esas operaciones constructoras de acuerdos que tan mala prensa suelen tener. Mientras la mayoría de periódicos y revistas no pudieron ni quisieron entender el sentido y el mérito de los pactos políticos que se sucedieron desde 1993 y antes, etcétera hacía un esfuerzo a contracorriente por describirlos, comentarlos y apoyarlos. Fue una revista denodadamente reformista, muy consciente de la importancia de los pactos en época de transición, por imperfectos que fueran. A la mitad de un proceso de cambio acelerado era muy importante apoyar los acuerdos, lo mismo por los pequeños o por los grandes avances, pero sobre todo, por el mensaje de cambio con estabilidad, de certidumbre con transformación institucional que enviaba el acuerdo mismo. Por eso, etcétera no fue una revista común; constantemente nos ilustró y nos puso ejemplos acerca del valor de la negociación en un tránsito como el de México: ya fuera con autores como Sartori, Pasquino, Offe, Huntington, O'Donell, Michnik o como Paramio, Garretón, Brunner, Cordera, Peschard y Salazar, su apuesta editorial era, siempre, en favor de la responsabilidad política para construir normas e instituciones democráticas, a inocular en el debate intelectual mexicano el término y los problemas de la transición.
2. etcétera nace en un punto especial de ese proceso: cuando la democracia ya no se trataba tanto de una reivindicación académica, marginal, sino de una construcción institucional. A medida que las novedades democráticas llegaban y se instalaban, en la medida que los partidos dejaban de ser criaturas indefensas y se fortalecían como nunca, y obtenían mayores posiciones legislativas y de gobierno, los problemas se volvían más complejos y de mayor riesgo, necesitados de mayor reflexión y, desde luego, de mayor responsabilidad y flexibilidad. Cuando nace etcétera apenas adquiría carta de naturalización el término de "transición"; había una aguda confrontación entre el gobierno de Salinas y el recién fundado (1989) Partido de la Revolución Democrática, mientras que Acción Nacional jugaba el papel de fiel de la balanza en la disputa global. Todavía persistía una enorme sombra de dudas sobre los procesos electorales, aunque el PAN ya había ganado su primer gubernatura en Baja California y ya se había fundado el Instituto Federal Electoral. En paralelo a los avances en el nivel nacional, los conflictos postelectorales locales (en San Luis Potosí, Guanajuato, Yucatán o Tabasco) seguían introduciendo grandes dosis de discordia e inestabilidad que trascendían con mucho el ámbito local.
3. etcétera nace, además, en uno de los tramos más delicados: las elecciones locales mostraban que las leyes e instituciones resultaban insuficientes, no daban garantías a los actores; demostraban que las reformas eran imprescindibles y urgentes; pero al mismo tiempo, esos episodios polarizaban y enfrentaban a los actores y los alejaban del acuerdo. En esa aparente paradoja se jugaron los años difíciles del tránsito: confrontación por fraudes o irregularidades que impedía pactar, negociar la reforma que era necesaria justamente para trascender los fraudes. Un círculo vicioso de difícil solución.
4. Esa inercia se rompe en 1993. Luego de una famosa cena convocada por la dirigencia del PRI, varios y muy importantes hombres de negocios se reúnen teniendo como testigo al propio presidente Salinas. El objetivo: recaudar fondos para la campaña presidencial de 1994. Este suceso se convierte en todo un hito que moviliza a la oposición y convoca a una nueva operación reformadora. etcétera le sigue la pista y en sus páginas se de-sarrolla una parte de la discusión acerca de la regulación a los partidos: entraba de lleno a la agenda política el tema del financiamiento a los partidos.
5. Luego viene el levantamiento zapatista; de inmediato pone en cuestión la validez de la vía electoral, desafía toda la obra de reformas y de construcción institucional desarrollada hasta ese punto. La sociedad mexicana vive un boom comunicativo: una incontenible onda de información, crítica y de libertad ejercida. Era absolutamente necesario desplegar otra reforma electoral, más profunda, una que imprimiera mayor credibilidad a la contienda electoral en curso y que demostrara la superioridad de la vía legal e institucional. El asesinato de Colosio no hace más que reforzar esa convicción. etcétera se hace cargo de la gravedad de la situación y desde sus páginas vuelve a apelar por la responsabilidad y la necesidad de nuevos acuerdos, por construir la democracia como respuesta a la violencia política.
6. Ocurre entonces una nueva reforma electoral, cuya novedad radical consiste en haber sido pactada, ahora sí, por las tres grandes fuerzas políticas. Fue la operación que "ciudadanizó" al Consejo General del IFE. La reforma de 1994 construyó un asidero de confianza colectiva en medio de la incertidumbre que provocó la violencia. El 21 de agosto de 1994, 78% de los ciudadanos empadronados acudieron a votar, es decir, 35 millones 285 mil mexicanos. Ni los más optimistas creían que la participación sería tan elevada. Esa tasa de participación fue, sin duda, el dato más relevante. Pero además, estaba el hecho de que la jornada se desarrolló sin violencia de ningún tipo. Ambos factores lanzaron el mensaje más importante de la democratización: la vía electoral era confirmada por decenas de millones de ciudadanos mexicanos. Querían elecciones y cambio, pero con estabilidad. Vistos en perspectiva, los resultados informaron de una nueva geografía política: si en 1988 votaron 19.1 millones de personas, en 1994, en cambio, lo hicieron 35.5, es decir, 16 millones de mexicanos más; la movilización en torno a los partidos fue más intensa y su expresión electoral se vio facilitada por la existencia de un padrón electoral de alta calidad. Semanas atrás, etcétera había anunciado el resultado, gracias a la puesta en marcha de un ejercicio inédito para nuestra práctica electoral: la publicación de encuestas en serie. No llegamos a la elección a ciegas, sino con datos sólidos y fiables. El PRI ganó la elección presidencial con 50.1% de los votos, el PAN refrendó el segundo lugar que había recuperado en 1991 con 26.6%, el PRD alcanzó 17% y el PT logró 2.8% de la votación.
7. Fue una elección limpia, absolutamente legal. Pero las propias reformas puestas en marcha mostrarían otros tantos defectos que era preciso corregir: ante todo, el problema de la inequidad. Meses después de la elección, en el dictamen que presentaron los consejeros ciudadanos del IFE a propósito de los gastos de campaña, se reveló este dato: "El aspecto más relevante a destacar del análisis de los informes de gastos de campaña, es la notable disparidad que prevaleció entre las erogaciones efectuadas por el PRI y los recursos invertidos por el resto de partidos... el Revolucionario Institucional erogó el 71.4% de todo el dinero gastado en los comicios presidenciales, casi las tres cuartas partes del total, mientras tanto, de acuerdo con los informes presentados por los propios partidos políticos, el PAN gastó 17.8% y el PRD 6.05%...". Otros defectos ostensibles: la fórmula para constituir al Congreso de la Unión, la forma de revisar los problemas surgidos en las elecciones locales, la densidad poblacional de los distritos electorales, la composición del órgano electoral, la no elección de las autoridades de la ciudad de México, etcétera. Luego de esa fecha se abriría un proceso doble: la ronda de negociación y reforma más amplia y profunda y la paulatina pérdida de influencia y de posiciones de gobierno por parte del PRI. El ciclo de reforma y construcción electoral ya no podía avanzar si no era mediante el concurso de todas las fuerzas relevantes, sin excepción ni exclusión. Esto sería el rasgo distintivo de la nueva ronda reformadora. Los cambios electorales en 1977 y 1986 fueran preventivos, en ellos el gobierno y su partido llevaron la iniciativa y decidieron el alcance y el contenido fundamental de las reformas; durante 1989-1990 y en 1993 los cambios tuvieron que ser pactados, convenidos con otro partido político, el Partido Acción Nacional; ambas fueron reformas acordadas de manera bilateral; en 1994, luego del alzamiento en Chiapas, la inclusión del PRD y el consenso con ese partido fue necesario; para 1996 ya era absolutamente ineludible: había que diseñar un entramado electoral, al menos, con el concurso de las tres grandes corrientes políticas nacionales: el PRI, el PAN y el PRD. Mientras tanto, luego de la crisis económica de 1994-1995, el electorado empezó a emigrar a partidos distintos al PRI. Acción Nacional conquistaba ciudades importantísimas, ya no en el norte donde estaba su base tradicional, sino en el sur del país: en Veracruz, Oaxaca y aun en Chia-pas; y en 1996 el PRD gana varios municipios metropolitanos, densamente poblados alrededor de la capital de la República.
8. La ola de la democratización ya era incontenible. Y en 1996 se concreta una reforma de enormes consecuencias, la más abarcadora e incisiva del largo ciclo de cambio electoral en México. La Constitución se cambia con el concurso de los tres grandes partidos en los temas más álgidos y el consenso dura hasta la designación unánime de los organizadores y árbitros electorales: el consejero presidente y los consejeros electorales. Por razones más bien coyunturales esa operación reformadora ya no pudo mantener el consenso a la hora de aprobar la culminación de la reforma al Cofipe, el PRI votaría el cambio solo, pero la nueva ley contendría la mayoría de las demandas de cambio y corrección que durante años había exigido la oposición. Desde etcétera fue posible leer un buen arsenal de argumentos que advertían ya de la bola de nieve democratizadora e imparable. La reforma de 1996 equiparó los recursos de los partidos, les brindó una batería muy completa de leyes y procedimientos para defender sus derechos, abrió la capital del país a la elección de su gobernante; en definitiva, logró que el gobierno abandonara la organización de las elecciones, mejoró la fórmula que traduce votos en escaños, hizo que la calificación de las elecciones fuera un acto estrictamente jurisdiccional y sometió los procesos locales también al control de legalidad y constitucionalidad. Casi todo fue reformado y en un sentido democratizador. En las elecciones de 1997 la oposición volvió a ganar nuevos espacios en el gobierno y en el Congreso. El PRD obtuvo su triunfo más importante: la capital del país; el PAN conquistó la gubernatura de Querétaro y de Nuevo León, mientras el PRI mantuvo su mayoría en el Congreso pero con una importante novedad: ya no tenía mayoría absoluta en la Cámara de Diputados: las fracciones de la oposición, juntas, podían superar a los diputados del partido en el gobierno. Era el resultado federal más adverso en la historia del PRI. La paradoja fue evidente; el partido que votó solo la última fase de la reforma legal electoral, en 1996, fue al mismo tiempo el que había perdido más ventajas y prerrogativas relativas merced a esa misma reforma.
9. Las novedades democráticas se multiplicaron: un nuevo régimen de partidos, más competitivo; cargos ejecutivos, municipales y estatales que pasan a manos de la oposición; una Cámara de Diputados con mayoría opositora; gobierno dividido; puesta en marcha de un equilibrio de poderes y nuevas relaciones entre el centro y los estados. Nótese el alud de novedades: en 1988 el electorado le quitó al PRI su capacidad para emprender reformas constitucionales por sí solo; en 1989 pierde la primer gubernatura; en 1990 se crea el Instituto Federal Electoral; en 1994 ocurre la primer reforma electoral concurrida y aceptada por los tres grandes partidos; el PAN continúa haciéndose de posiciones en un buen número de estados y municipios del país; en 1997 el PRD gana la ciudad de México y el PRI pierde la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados. El año 2000 fue la última vuelta de tuerca de este, expansivo, proceso democratizador.
10. No todos se dieron cuenta del cambio, o mejor, no todos quisieron darse cuenta. etcétera contribuyó a dar esa batalla en el terreno de las ideas y de las percepciones. Recuérdese el clima político e intelectual desatado en la temporada que precedió al 2 de julio del año 2000. Aquí y allá, en la prensa, la radio y la televisión aparecieron voces que nos alertaron de supuestos derrumbes, conflictos inevitables, del fraude mínimo suficiente para torcer la voluntad popular, que nos recordaban que "éste es México", lugar donde nunca se ha respetado la ley, famoso por sus inevitables triquiñuelas electorales, condenado a vivir al margen de la democracia. Todo lo ocurrido, todas las novedades democráticas que se contaban por centenas fueron prescindibles ante el peso de las ideas fijas. Antes del 2 de julio del año 2000, esta fue "la idea" de México que todavía campeó entre varios políticos y analistas, pero no en etcétera. La transición mexicana fue mal comprendida y mal acompañada en el terreno intelectual. Una enorme dificultad se alzó para entender el trayecto e interpretarlo como lo que es: un proceso masivo de cambio social y cultural. No una fecha, no es un acontecimiento, no es un solo acuerdo o una sola gran negociación, no un personaje ni un solo partido; la transición es un proceso con múltiples protagonistas, fuerzas, eventos y fechas vertebrales, cuya constante ha sido erosionar el autoritarismo salvaguardando en lo fundamental la convivencia y la lucha pacífica.
11. Pero el 2 de julio pasado se manifestaron todos los elementos democráticos: leyes electorales que aseguran equidad y limpieza; contiendas electorales reñidas, partidos poderosos, que son al mismo tiempo protagonistas y vigilantes de todo el proceso; el ejercicio irrestricto de la crítica, del debate, de la libertad de expresión; participación masiva, votación libre, plural y diversa; partidos que reciben el apoyo de millones de ciudadanos, solución de las diferencias y litigios por cauces legales, grandes oscilaciones en las preferencias del electorado, gobiernos divididos, alternancia en los municipios y en los estados. Esa es la historia política de México en los últimos años: la lenta y trabajosa construcción y expansión de la democracia. Luego llegó la noche del 2 de julio del año 2000. No hay que ser historiador para darse cuenta de la magnitud del acontecimiento y de sus componentes. Votantes libres que se cuentan por millones, partidos políticos auténticamente nacionales y competitivos, opinión pública independiente, leyes e instituciones que garantizan la limpieza electoral. Elementos que existen por primera vez, juntos, en nuestro país. Son los factores reales de la democratización. México llevaba al menos dos décadas construyéndolos y ese día se expresaron como lo que son: realidades vivas, extendidas y extraordinariamente poderosas. Es muy probable que las elecciones de este año culminen una época de cambio político en México. Nuestro país ha saldado una de las grandes asignaturas de toda instauración democrática: la transmisión del gobierno y de los cargos legislativos mediante elecciones libres y transparentes. etcétera le siguió la pista al proceso desde 1993. Registró, ilustró, acompañó con argumentos la necesidad de las reformas; trazó y se comprometió con el trabajoso pero promisorio horizonte democrático. Esa apuesta terminó abriendo las puertas para un cambio político drástico y pacífico. Con ese talante se edificó también etcétera. En sus páginas, nadie dijo que la democracia era el cielo y las estrellas. Gracias a sus aportaciones y a su discusión sistemática, nos advirtió que el mundo coherente, bello, racional, justo, sin mácula, a la medida de nuestros deseos, no existe fuera del dominio de la fantasía, o del solitario delirio de un puñado de personalidades más bien excéntricas. Ese mundo es incompatible con la realidad de la vida colectiva, trama de diversidades y de aspiraciones contradictorias, que para no sucumbir a la violencia, necesita reglas de juego que nos condenan a una continua rebaja y sacrificio de la opción máxima. En 400 números etcétera nos lo advirtió: el mundo real, el de la democracia, es el de los avances sinuosos, desesperantes a veces, amenazados por retrocesos, pero que ofrece un bien de enorme valor y alcance: la coexistencia de la diversidad. No es poca cosa
Ricardo Becerra es asesor del consejero presidente del IFE. José Woldenberg es consejero presidente del IFE. |
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