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textos ETA 25 años después
Ludolfo Paramio
ETA se dio a conocer mundialmente al asesinar al delfín del general Franco, el almirante Carrero Blanco, y por dar origen a dos momentos culminantes de la represión en el último franquismo: el juicio de Burgos en 1970 que terminó relativamente bien, con la conmutación de las penas de muerte dictadas por el tribunal militar y los fusilamientos de 1975, último acto sangriento del general pocas semanas antes de su propia muerte. En 1978, tras la aprobación de la Constitución democrática, no quedaban presos de ETA en las cárceles españolas, y después, con la aprobación del Estatuto de Guernica y el autogobierno del País Vasco, cabía pensar que no existía ya razón alguna para que ETA siguiera existiendo. Sin embargo, 25 años después ETA es el último residuo del pasado franquista que sigue vivo en España. Como recordó Fernando Savater, convocando a una manifestación de protesta para el sábado 23, ha transcurrido un cuarto de siglo desde los últimos fusilamientos del franquismo, pero los fusilamientos de ETA siguen siendo algo cotidiano. Para la ciencia social no deja de ser un ejemplo notable de survival de una organización cuyo contexto explicativo ha desaparecido: los actuales niveles de autogobierno del País Vasco son los más altos de Europa, y superiores a los de cualquier estado federado en los países de régimen federal. Y la explicación que en su momento justificaba para los dirigentes de ETA la continuidad de la banda que en España no existía una verdadera democracia, sino una dictadura militar encubierta hoy ya ni ellos la mantienen. Entre los factores que han contribuido a esa continuidad, además de la crisis social de los años 80 a consecuencia de la reconversión industrial, uno de considerable peso ha sido la ambigua actitud del Partido Nacionalista Vasco. Por una parte, la violencia de ETA reforzaba la posición negociadora del PNV a la hora de reclamar nuevas competencias y financiamien-to al gobierno de Madrid. Por otra, el PNV considera a los simpatizantes de ETA la coalición Herri Batasuna hijos pródigos de la familia nacionalista, lo que en bastantes casos es literalmente cierto. Ello le ha llevado a mostrar una tolerancia lindante con la irresponsabi-lidad ante la violencia callejera de los jóvenes proeta-rras, ante su presión intimidadora contra los vascos no nacionalistas. En 1998 el PNV se embarcó en una aventura muy arriesgada: el pacto de Estella (Lizarra) con Herri Batasuna y fuerzas menores para afirmar la soberanía y la territorialidad del País Vasco. La soberanía implica la independencia o al menos el reconocimiento explí-cito del derecho a la autodeterminación, y la territorialidad la reivindicación del territorio de las tres provincias vasco-francesas y de la Comunidad Foral de Navarra en España. La independencia es rechazada por la mitad de los habitantes de la Euskadi actual, y la incorporación al País Vasco cuenta con la oposición de 85% de los navarros. De Francia, mejor ni hablar. Este pacto tan poco realizable tenía una explicación: a través de negociaciones secretas con ETA la dirección del PNV creía que era el precio a pagar para obtener una tregua que llegaría a ser indefinida y abriría la puerta a la autodisolución de ETA. La última ilusión del PNV era que así se abriría también el camino de regreso a la casa nacionalista de los vo-tantes de HB. Pero a finales de 1999 la banda anunció el fin de la tregua ante la escasa voluntad del PNV de avanzar en los objetivos del pacto de Estella y comenzó un duro enfrentamiento verbal con los nacionalistas en el curso del cual los dirigentes etarras confesaron que la tregua fue una trampa para reor-ganizarse y poder continuar su actividad en mejores condiciones. Ochocientos muertos en 25 años de democracia: claramente es demasiado. Y el PNV se ha encontrado ahora en una situación imposible, pues reconoce que el pacto de Estella está muerto, pero no quiere reconocer que fue un error, y uno dramático porque dividió a las fuerzas democráticas y dio nueva fuerza a los terroristas. En 1998 los nacionalistas no lograron avanzar electoralmente de hecho, perdieron bastante poder institucional y para gobernar de nuevo necesitaron los votos de Herri Batasuna en el Parlamento Vasco, pues tras el pacto de Estella les estaba vetado llegar a acuerdos con partidos vascos no nacionalistas. Pero HB ha abandonado ahora el Parlamento y ha dejado al lehendakari Ibarretxe en minoría. En este contexto, el PP y el gobierno de Aznar presionan para que se realicen elecciones anticipadas en el País Vasco, y se adelantan escenarios como un gobierno de los no nacionalistas, o un gobierno de unidad nacional en Euskadi si el PNV rompe explícitamente con HB, algo que hasta ahora se niega a hacer, alegando que ya han roto ellos por su cuenta. Pero en todo caso la situación del PNV es muy frágil: tanto si reconoce el error de Estella como si no lo hace, lo más probable es que sufra un retroceso electoral si se adelantan las elecciones, y en esta situación no puede mantenerse un gobierno que no tiene fuerza para aprobar los presupuestos del próximo año sin el apoyo de HB. A la vez, el malestar social ha crecido imparablemente. La Ertzaintza la policía autónoma vasca se siente manipulada por el gobierno, que le impone actuaciones incomprensibles como disolver a manifestantes contrarios a ETA para permitir que pasen sin problemas lanzando consignas de apología del terrorismo los manifestantes de HB. Las policías francesa y española han realizado mientras una sucesión de detenciones que pueden estar dañando muy seriamente a la recompuesta organización terrorista. La Ertzainza sólo querría poder actuar con criterios profesionales y no partidistas contra los manifestantes violentos y los propios terroristas. La manifestación del sábado 23 de septiembre puede ser una prueba importante para saber en qué medida los vascos están perdiendo el miedo a ETA y a sus cómplices, pero en todo caso la reacción del gobierno autónomo ante su convocatoria ha sido una nueva prueba de las contradicciones del PNV, que la ha rechazado por estar "ideologizada" y contribuir a la "crispación social". En una situación de intimidación, violencia y muerte, como la que se vive a diario en el País Vasco, lo menos que se puede decir es que tales preocupaciones parecen un sarcasmo
Ludolfo Paramio es analista político, autor, entre otros libros, de Tras el diluvio (Siglo XXI). |
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