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guía de perplejos Enhorabuena
José Luis Durán King
Verlaine tuvo todo en su favor para ser un don nadie. Es decir, fue hijo único de un oficial del ejército que disfrutaba de una posición social cómoda y de una madre que lo mimó en exceso. Todo hubiera ido bien y, quizá, no estaríamos escribiendo de él de no ser porque adquirió el feo oficio de la poesía. Y lo adquirió muy joven, a los 14 años, cuando se extendió por vez primera en una hoja en blanco y todo para honrar a su "maestro", Víctor Hugo, con un poema intitulado "La Mort". La composición ha de haber sorprendido no sólo a Víctor Hugo sino también a los profesores de Verlaine del Liceo Bonaparte, pues, además de distinguir al poema con una traducción al latín, al autor se le aseguró su futuro de una vez y para siempre. ¿Cómo? Pues como se lo aseguran también en México: consiguiendo un puesto vitalicio en la burocracia, con la salvedad de que en el siglo XIX se requerían creaciones artísticas e intelectuales para alcanzar la posteridad institucional y no consultas amañadas entre los cuates para decidir qué es cultura y qué no lo es. Verlaine nunca fue tan vanidoso y prefirió continuar su carrera de poeta, actividad que mezcló con las visitas frecuentes a cafés y a estudios de amigos pintores. A principios de la década de los 60 del siglo pasado empezó a reunirse con el grupo de los parnasianos, el cual convocaba talentos como el de Mallarmé, Villiers de L´Isle-Adam y Anatole France. En 1866, las primeras series de Le Parnasse contemporain se publicaron y en ellas sobresalían ocho aportaciones de Verlaine. El mismo año, su primer volumen de poesía vio la luz. Amén de imitaciones virtuosas de Baudelaire y Leconte de Lisle, Poèmes saturniens incluye expresiones ponzoñosas de amor y de melancolía presuntamente centradas en su prima Elisa, quien por cierto pagó para que la obra se publicara y, en el colmo de la mala suerte, un año después de ver satisfecho el deseo de colocar el nombre de su primo en los anaqueles, murió como las mujeres de aquel entonces: repentinamente. En junio de 1869, Verlaine se enamoró de Mathilde Mauté, de 16 años, con quien se casó en agosto de 1870. Nuevamente, Verlaine tenía frente a sí la oportunidad de ser un don nadie y la desperdició. Nada más hay que leer La Bonne Chanson, es decir, los poemas que dedicó a la que sería su esposa, para entender cabalmente qué es aplicar una terapia verdaderamente intensiva a una dama para que ésta caiga rendida en nuestro catre. Desafortunadamente para Mathilde, Verlaine nunca pudo desprenderse de la conducta bohemia que alimentó mientras colaboró en trabajos de prensa para la Comuna de París, y pronto el matrimonio empezó a hacer agua. Quizá todo hubiera quedado en una simple crisis pasajera de no ser porque en septiembre de 1871 apareció en la vida de ambos el ejemplo más refinado de crueldad entre los poetas malditos: el poeta-niño, el efebo de la flores malignas: Arthur Rimbaud. Rimbaud fue el cerillo que hizo explotar el matrimonio de Verlaine, quien en 1872 abandonó a su esposa y a su hijo Georges para seguir a Rimbaud por Francia y Bélgica. En septiembre de ese año la pareja llegó a Londres, ciudad donde Verlaine culminó sus Romances, cuyas páginas inaugurales representan algunos de los experimentos prosódicos más avanzados que se hayan producido en varios siglos. Los Romances fueron publicados en 1874 por su amigo Edmond Lepelletier, cuando Verlaine purgaba una condena en la cárcel de Mons por haber herido de un balazo a Rimbaud en 1873, durante un arranque de celos. La contrición, la abstinencia en la prisión y las lecturas pías, al parecer, movieron el piso bajo los pies del poeta, pues decidió reintegrarse al catolicismo romano en el verano de 1874, poco después de que su esposa se separó de él legalmente. Tras la discusión de 1873, Verlaine y Rimbaud nunca más volvieron a reunirse. Rimbaud se olvidó del mundo y buscó la felicidad donde se une cielo y mar en Africa. Verlaine hizo varios intentos por volver con su esposa, pero ésta siempre lo rechazó. Los asideros del poeta desaparecieron y comenzó a beber y a vagar con mayor frecuencia. Pese a todo, aún publicó Jadis et Naguère, obra en la que da cátedra acerca de los aspectos bohemios y eróticos de la vida. ¿Cómo terminan su vida los grandes hombres? Como la deben terminar: fieles a su leyenda. Verlaine fracasó en su intentona de mantener al lobo encerrado en el armario. Todo lo contrario, abría las puertas de par en par para dejarse seducir por prostitutas viejas como Philoméne Boudin y Eugénie Krantz, dos putas prominentes entre las musas de la decadencia. Precisamente en brazos de una de ellas, de Eugénie Krantz, falleció el poeta. Dejó muchas deudas...
En mayo de 1993 apareció por vez primera en este semanario la columna guía de perplejos. Desde entonces, vaya que ha llovido. Hacer un recuento de las cosas que viví y aprendí con mi familia de etcétera no viene al caso, pues son historias personales que guardamos para las ocasiones cuando podemos compartir el pan, el queso y el whisky. Sin embargo, ahora que el semanario se convierte en revista mensual y yo he iniciado una aventura digital por mi cuenta, debo hacer un paréntesis en lo que a mis colaboraciones concierne. Por ello, para mis compañeros de etcétera, para los lectores que me soportaron durante varios años y, en especial, para Raúl y Marco, hago votos sinceros con el propósito de que la fortuna diariamente les sonría. Han trabajado duro y se lo merecen. Muchas gracias, buena suerte y hasta luego José Luis Durán King es editor de la revista electrónica Opera Mundi (www.operamundi.com.mx). Correo: Caruso 007@mailcity.com |
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