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generación Eramos (más) jóvenes
José Carlos Castañeda
Cuando yo tenía 18 años, el consejo estudiantil de la UNAM, al que ya pertenecía y en parte había ayudado a formar, convocó a una huelga contra una serie de reformas a la ley universitaria. Hoy no tengo duda: nuestras demandas eran tristemente reaccionarias. El movimiento tuvo consecuencias. La UNAM cerró durante poco más de un mes y las reformas terminaron en un Congreso que fracasó como proyecto y como destino. No trato de escribir una justificación de mis años de insensata militancia. Soy hijo de la generación del 68 y mi herencia fue reincidir. Bien dice Marx que la historia se repite pero como farsa. Tampoco pretendo una explicación de mi comportamiento. Lo hice y hecho está. No es cuestión de arrepentirse, aunque preferiría no haber participado en ese movimiento. No me siento culpable. La derrota de la Universidad comenzó en esos días de mítines y manifestaciones de protesta. El movimiento estudiantil es responsable del deterioro académico de la UNAM. No discutiré inútilmente si las reformas de Carpizo eran las correctas. Entonces me opuse y eso es lo que cuenta. La responsabilidad del CEU en la derrota de la UNAM radica en que exigió la democratización de la academia. El reclamo de democracia se convirtió en una forma de politizar toda discusión sobre el futuro académico. Triunfó una forma de asambleísmo generalizado que mezclado con un populismo cultural y, peor aún, con la más ramplona ignorancia nos ofreció el espectáculo del movimiento estudiantil más devastador. Mantuvo cerrada a piedra y lodo la UNAM durante más de un año. Poco después de mi participación en la huelga leí un ensayo de Alain Finkielkraut que lleva por título La derrrota del pensamiento. Y no dudo que en México la huelga del 87 y la del CGH son una muestra clara de lo que el ensayista francés llama el encuentro del zombi y el fanático. Lo más grave de este tránsito es el daño casi irreparable que se le ha provocado a la UNAM. No hace mucho se hablaba de la catástrofe silenciosa en la educación, yo diría que el caso de la Universidad fue una derrota más que ruidosa. Nunca me ha gustado hablar de la juventud como una categoría que compartiera ciertas características específicas como la rebeldía o la irresponsabilidad. Esa generalización casi siempre termina mal. Ser joven no justifica nada, pero tampoco lo explica por sí mismo. Hace falta escribir más sobre cómo fue que se cultivó tanto resentimiento en contra de la UNAM. El estado actual de las cosas en la Universidad dice mucho sobre cuáles son los valores que predominan entre los estudiantes. Y lo que prevalece es la desidia y la ignorancia sobre los problemas. Muchos alumnos perdieron un año de clases y pocos se preguntan por qué permitieron que una minoría escandalosa cerrara su escuela. Me imagino una parte del desastre. Lo que Harold Bloom llama la muerte de la cultura del libro. Hace unos años, no muchos, quizá 14, en las conversaciones se hablaba del libro que querías leer o que acababas de leer. Ahora la plática sucede en ICQ o en un chat y casi nunca trata sobre libros. No digo que antes se leía más y ahora menos, no lo sé. Me pregunto si no está pasando que la cultura del libro simplemente dejó de crecer y ya no será en el futuro sino parte de una minoría, tal vez siempre lo ha sido. En 1986 no tenía una computadora y era difícil tener una. Hoy existen cibercafés. Entonces yo iba al café a comprar libros. Ese es el signo de los tiempos y el modelo de la metamorfosis cultural que vivimos. Me gustaría apelar en favor del culto secreto y silencioso de los libros, pero suena a que he envejecido. Y es verdad. No quiero decir que la nueva cultura de la imagen y la comunicación en Internet sea el desastre que nos aguarda al final de la derrota de los libros. No es para tanto, pero no creo que los libros se repongan del golpe de las computadoras y la Internet. Fue una estocada que si bien no los mata, les ha permitido vivir sólo para cultivar el pesimismo de los lectores. Comparar el pasado reciente tiene el sabor de esa frase nostálgica, "los tiempos pasados siempre fueron mejores". No es verdad. Pero hay suficientes señales en el aire de esta época como para imaginar que los libros están en retirada. Soy un lector y, como tal, pienso que la vida sin lecturas pierde sentido. El cultivo del pensamiento requiere de la lectura. Sin ella no sólo se repetirá la historia como farsa, sino también como derrota de la cultura del lector. La lectura es la forma clásica que inventaron los antiguos para transformarnos a nosotros mismos. Sin la vocación de los libros será difícil inventar un modo de pensar diferente
José Carlos Castañeda estudió Filosofía en la UNAM. |
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