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imágenes Periplos del cine mexicano
José Antonio Gurrea C.
¿Cuál ha sido la travesía del cine mexicano en los casi últimos ocho años? Sin duda, nos encontramos frente a una historia llena de altibajos, la cual, sin embargo, no se circunscribe al periodo señalado. Tras el fin de la llamada época de oro (desde finales de los años 30 hasta comienzos de los 50), cuando se contaba con una producción anual que rebasaba el centenar de películas y un gran mercado en Latinoamérica, la irregularidad y las largas fases de mediocridad han caracterizado al séptimo arte nacional. En un breve repaso, encontramos tres etapas muy bien definidas que, en su momento, han hecho pensar en el resurgimiento, cual ave fénix, de la cinematografía mexicana. La primera tiene lugar a finales de la década de los 60 y comienzos de los 70, cuando una nueva generación de cineastas (Paul Leduc, Jorge Fons, Gabriel Retes, Felipe Cazals, Arturo Ripstein, Jaime Humberto Hermosillo) irrumpe en escena y con el decidido apoyo estatal (Echeverría era, entonces, el primer mandatario) crean memorables obras como El apando, Canoa, Nuevo mundo, Los pequeños privilegios, El castillo de la pureza y Naufragio, sólo por citar unas cuantas. Lamentablemente, con la llegada de López Portillo a la Presidencia, la producción del Estado prácticamente queda reducida a cero. Sin apoyo gubernamental y con el nulo interés del sector privado en el cine de calidad, la mayoría de los cineastas pertenecientes a esa gran generación son condenados a la marginalidad, a la inactividad o, para sobrevivir, a proyectos netamente mercantilistas de ínfima calidad (todavía recordamos con pena a Cazals, allá a finales de los 70, dirigiendo Rigo es amor, un soberano bodrio); en tanto, durante un largo y oscuro periodo la cinematografía nacional es dominada por ficheras, cómicos albureros de poca monta, inverosímiles narcotraficantes y comedias cursilentas.
Las nuevas generaciones Tendrían que transcurrir más de 12 años (1989), para que se volviera a hablar de un resurgimiento del cine mexicano. Varios factores inciden en este fenómeno. Indudablemente, la aparición de una nueva hornada de destacados cineastas, el regreso del apoyo estatal (Salinas de Gortari acababa de asumir la Presidencia), a través del Conaculta y el Imcine, así como la incursión, aún muy modesta, de la iniciativa privada. Favorables condiciones que también fueron bien aprovechadas por los veteranos directores. Así, durante poco más de seis años los cinéfilos somos testigos de numerosas óperas primas de creativos y hábiles directores: Lola, de María Novaro; La mujer de Benjamín, de Carlos Carrera; Sólo con tu pareja, de Alfonso Cuarón; Lolo, de Francisco Athié... así como del retorno de experimentados cineastas como Hermosillo (La tarea), Fons (Rojo amanecer), Alfonso Arau (Como agua para chocolate), Retes (El bulto), Rubén Gámez (Tequila) y un largo etcétera. En este contexto se comienza a hablar de "una nueva época de oro", de "una década prodigiosa para el cine nacional". Se acuña el término "Nuevo cine mexicano". Es precisamente en el clímax de esta etapa que el primer número de etcétera ve la luz. Un vistazo a los diarios de esa época y particularmente a la cartelera cinematográfica del jueves 4 de febrero de 1993, día en que nace nuestro semanario, nos muestra lo desmedido de tales afirmaciones. Si bien nadie puede negar que existía apoyo a nóveles y viejos directores, que la producción de buenos filmes crecía, que la promoción de éstos era efectiva y que el público volteaba nuevamente sus ojos al cine nacional, también es cierto que el número de cintas estaba muy lejos de la producción de la época de oro (más de 100 contra 40), que las películas sólo se estrenaban, a cuentagotas, en las salas de la estatal Cotsa (ni Ramírez ni Amador, las grandes cadenas privadas en ese entonces, programaban cine mexicano. A lo sumo llegaron a exhibir El bulto), que prácticamente no había exportación y no se podía hablar de una década cuando aún no llegábamos ni a la mitad de los 90. Se vivía, pues, una euforia inmoderada. Algunas cifras que pueden reafirmar esta aseveración: de 14 cintas que los cines de la hoy fallecida Cotsa proyectaban ese 4 de febrero, sólo dos películas eran nacionales, y de éstas una era Atrapados, de Valentín Trujillo, filme que en nada se relacionaba con "el nuevo cine mexicano" (la otra era Sólo con tu pareja). Las restantes 12 cintas eran estadounidenses: tres de ellas en más de cinco salas: Alerta máxima, con Steven Seagal, un bodrio de bajo presupuesto titulado 3 Ninjas y, menos mal, Maridos y esposas, de Woody Allen. En esa edición, un promocional de Imcine anunciaba los "próximos estrenos de 1993": Miroslava, de Alejandro Pelayo; La invención de Cronos, de Guillermo del Toro, y Angel de fuego, de Dana Rotberg. Empero, en ocasiones estos anunciados estrenos tardaban meses. Por su parte, en las carteleras de Ramírez y Amador la programación estaba compuesta en su totalidad por cine gringo (Demente, Un pistolero con suerte, Culpable por sospecha, La muerte le sienta bien y Alerta máxima, entre otras). Meses más tarde, la apertura del primer Cinemark, en terrenos de los estudios Churubusco, así como la venta de Cotsa traen cambios radicales en la forma de ver el séptimo arte: los grandes cines comienzan su agonía que en algunos casos los llevarían a su transformación o cierre, en tanto las minisalas llegan para quedarse. El michoacano Ramírez entra en una crisis que lo obligaría a renovarse (Cinepolis). Año y medio después, el sexenio salinista termina y el apoyo estatal al cine mexicano se reduce al igual que la producción. Ante la falta de incentivos y oportunidades para filmar, algunos deciden emigrar a Hollywood donde lograrán éxito (Cuarón, Del Toro, Arau). Otros, simplemente, no pasan más allá de la ópera prima (Roberto Sneider). Como en los 70 muchas prometedoras carreras se detienen, se malogran.
El cine hoy
Durante la primera mitad del sexenio zedillista, las producciones y los estrenos nacionales escasean. Mujeres insumisas, de Alberto Isaac; El anzuelo, de Ernesto Rimoch, y Profundo carmesí, de Ripstein, son algunas de las cintas nacionales con apoyo estatal que logran llegar a la cartelera. Paralelamente, la iniciativa privada incursiona en este terreno. Televicine productora de churros infumables como la serie Risa en vacaciones y toda una saga dedicada a explotar hasta la saciedad la efímera fama de sus estrellitas (Garibaldi, Alejandra Guzmán, Gloria Trevi) comienza a apostar, con resultados desiguales, por un cine que pretende, sin lograrlo por completo, ser más propositivo. Elisa antes del fin del mundo, La primera noche, ambas producidas por Roberto Gó-mez Bolaños, así como Cilantro y perejil, de Rafael Montero, son algunos de los títulos que con gran promoción y relativo éxito de taquilla se estrenan en las salas nacionales. Sin embargo, las bases de una mejor distribución y promoción, como las que viven actualmente algunas producciones mexicanas, las establece La otra conquista (1999), de Salvador Carrasco. Con esta película totalmente independiente, Alvaro Domingo, sobrino de Placido y productor de la cinta, logra lo que hasta ese momento parecía imposible: que una distribuidora transnacional como la Fox apoye el filme. Sorpresivamente, para muchos, la obra de Carrasco consigue sólo en el DF y área metropolitana un ingreso de más de diez millones de pesos. La Fox se da cuenta de que el cine mexicano puede ser negocio, por lo que, meses después, decide distribuir Sexo, pudor y lágrimas, una comedia de producción estatal. Todos los recursos del marketing son utilizados para promover la cinta de Antonio Serrano: espectaculares en las principales avenidas, abundante publicidad en los medios, un tema musical programado a todas horas en la radio, varias premieres para la prensa... Es decir, como si se tratara de una producción hollywoodense. Sexo... se convierte en la película mexicana más taquillera en la historia de nuestro cine (120 millones de pesos en taquilla). Por esos meses, tiene lugar el caso de censura velada contra La ley de Herodes. Después de que Luis Estrada, el director, denuncia los hechos y, tras el escándalo, logra comprar los derechos de su cinta a Imcine, Artecinema, otra distribuidora privada (esta vez mexicana pero que tenía diez años sin distribuir cine nacional) se anima a apoyarla. El filme de Estrada también se convierte en un éxito. Entre los empresarios se confirma que la cinematografía nacional puede ser rentable; puede tener viabilidad económica, por lo que de la distribución la IP pasa a la producción: Todo el poder y Amores perros son los primeros títulos, éstos sí más propositivos, producidos completamente por grandes empresas privadas. Asimismo, en febrero de este año coinciden en cartelera cuatro cintas mexicanas (Todo el poder, La ley de Herodes, Un dulce olor a muerte y Bajo California), mientras la película de Estrada, hace apenas unas semanas, roba cámara en la entrega de los Arieles (diez para ser más exactos). Obnubilados por estos "éxitos" se echan las campanas al vuelo y, como hace seis años, se vuelve a hablar de "una nueva época de oro" y, peor aún, de que éste es "el sexenio del cine mexicano". De nuevo, las apariencias engañan. Es innegable, por una parte, que para algunas producciones nacionales hay mejores condiciones de distribución y promoción, que el cine mexicano de calidad ha demostrado que cuando existen situaciones favorables puede ser viable económicamente y que la IP por supuesto, aparte de los intentos de Televicine ha comenzado a invertir en la producción. No hay que soslayar, sin embargo, que pese a ello la industria fílmica nacional no ha podido salir de su crisis. La producción se ha mantenido a lo largo de este sexenio en un promedio de sólo 16 películas anuales y el cine nacional ocupa únicamente 8% del tiempo de pantalla (datos de la rama de cine de la Sogem). Por otra parte, con una producción tan raquítica fue un error más que un acierto poner en cartelera, a la vez, a cuatro producciones nacionales. Bajo California y Un dulce olor pasaron desapercibidas. Finalmente, con un capital privado tan veleidoso, quién puede asegurar que en el futuro, pasada esta fiebre, los empresarios seguirán apostando por la industria mexicana del cine.
El futuro deseado Si en realidad, más allá de esporádicos taquillazos, lo que se pretende es reactivar integralmente a la industria cinematográfica nacional es menester que como una de sus primeras medidas la próxima administración federal publique el reglamento de la Ley Federal de Cinematografía, el cual debería haber estado listo desde el 5 de abril de 1999. Es decir, hace más de año y medio. Sin embargo, ante el descontento y la presión por parte de algunas distribuidoras y productoras estadounidenses (Fox, Buena Vista, United International Pictures), el actual gobierno federal ha optado por incumplir con sus obligaciones y dejarle la responsabilidad a la próxima administración. Para Marcela Fernández Violante, secretaria general del Comité Central del Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica, los puntos que están "atorando" el ordenamiento son el doblaje (el artículo 8 establece que "las películas serán exhibidas al público en su versión original y, en su caso, subtituladas en español..."), 10% de tiempo en pantalla para la cinematografía nacional y la garantía de estreno (artículo 19), así como el Fondo (permanente) de Inversión y Estímulos al Cine (Fidecine, artículo 33) (La Jornada, 26/IV/00). En palabras de Víctor Ugalde, director de la rama de cine de la Sogem, aun cuando existe la ley, la publicación del reglamento es necesaria no sólo para echar a andar el Fidecine, sino también para llenar las lagunas de interpretación. "Un ejemplo: la ley enuncia que se debe otorgar un 10% del tiempo de pantalla para estrenos de películas nacionales. Sin embargo, no dice qué clase de castigos tendrán quienes no cumplan con este artículo" (Milenio Diario, 31/VIII/00). Faltan sólo dos meses para el cambio de administración. Está claro que el régimen de Zedillo no expedirá el reglamento. En este contexto, ¿cuál será la postura del gobierno foxista? ¿Asumirá sus responsabilidades y publicará el ordenamiento de marras? ¿Continuará con la política zedillista del avestruz? ¿O, todavía peor, cederá a las presiones de las llamadas majors? Difícil saberlo. En ésta, como en numerosas materias, la postura de la administración entrante es toda una incógnita. La moneda, pues, está en el aire
José Antonio Gurrea es secretario de la Redacción de etcétera. Correo: jgurrea@etcetera.com.mx |
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