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Oración vagabunda
Roberto Diego Ortega
La estela de la luz no apaga el sacrificio, La fosa común de víctimas propiciatorias Sentenciadas en esquinas, citas, pasadizos Precisos, en donde adquieren realidad y peso Los móviles del crimen, la carnada, la usura Y la ambición que arranca su acicate De los despeñaderos y las ruinas palpables, La imagen colectiva que llamamos la ciudad.
(Paisaje de vestigios Y novedades que se modifican sin cesar En su fiesta perpetua de ceniza.)
Ciudad de México, año 2000: musa maltrecha, Teñida por la sombra de septiembre En otro aniversario del desastre.
Arde el presente en las conflagraciones del asfalto Como un cactus enfermo por el tráfago y el humo. Pero se desvanece al comenzar la invocación Abierta hacia los litorales del deseo, En la ribera crepuscular de la melancolía, En la zona de niebla que deslinda tu sueño Y además de tu sueño la certeza De liquidar la errancia o de quemar Tus últimas palabras y las naves Como los últimos rituales del combate.
En el rumor del teatro callejero Donde la llama oficia el sacrificio, En el enjambre efímero de cada instante, En la disolución que dibuja el presente Y salva el trazo de la luz en la banqueta. Los peldaños de piedra han preservado la señal Y el musgo que se adhiere a su memoria.
(El reino clandestino, sitiado por la fiebre, Instiga sus delirios como noches incestuosas Entre lámparas ardientes, Nombres y sótanos y marquesinas, Inciertos habitantes que develan Su ferocidad Desde las fauces del abismo.)
Ciudad vertiginosa en la violencia, Las obsesiones de tu piel absorta, Sonámbula a deshoras: El nómada rasga la avenida a media noche Y estalla el cordón umbilical de sus murmullos
Roberto Diego Ortega es poeta, autor del libro Nacer a cada instante (Cal y arena). |
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