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el revés de la trama

Fin de la rutina
La generación etcétera

Edgardo Bermejo Mora

Vamos a conocernos rápidamente
y a fornicar y a olvidarnos.

Jaime Sabines

1. La rutina tiene la extraña virtud de ordenarnos la existencia, suele ser bálsamo que repara con su contundencia periódica nuestra tendencia natural a la dispersión. Esa rutina, impasible y sigilosa, es la materia secreta del columnista y, por lo tanto, no me es ajena. Al cobijo de ella pude escribir esta columna desde que, a mediados de 1996, Raúl Trejo me invitó a ser colaborador regular del semanario, hasta ahora que es preciso ponerle un punto final.

Siempre temí, cuando acepté el encargo, que habría semanas yermas, baches nostálgicos de inspiración y de temas que tratar. Para prevenirme de los desiertos de tinta me hice desde entonces de una libreta donde fui apuntando ocurrencias y recordatorios de los cuales echar mano a la hora de torear en el ruedo semanal. La libreta y el camello de la desconfianza los dejé en México hace seis meses que me mudé a Singapur, y curiosamente sólo hasta ahora sucumbo por fin a la limpidez abominable de la página en blanco y los dedos de cartón, ahora que tengo sed y falta el agua.

La rutina es como la respiración: nos acostumbramos a ella y sólo le recordamos cuando nos hace falta. Hoy me hacen falta, además de la noble rutina a la cual hoy debo despedir, mi vieja computadora de diez kilos y mis estantes de libros que, ciertamente, no se necesitan para borronear una columna, aunque es sabido que le brindan al creador un poderoso margen de inmunidad; me hace falta la llamada trepidante de Marco Levario exigiendo su justa cuota de puntualidad; me hace falta la pila de diarios desordenados, descuartizados con furia de carnicero y pericia de cirujano, el artículo de nexos que nunca leí, y la vista gris ­o verde­ que siempre tuve desde mi ventana de la avenida Copilco, ese paisaje secreto que apareció en cada una de mis entregas como un telón imposible.

He de matar a la rutina, antes que ella me abandone primero. La rutina es una mala palabra en boca de indolentes y burócratas, pero es una bendición en la casa del diletante. ¡Anda rutina del rubor helado!, ¡anda, vámonos al diablo!

2. el revés de la trama le debió su título a una novela que leí por accidente en mi adolescencia (y espero, algún día, pagarle la impertinencia a mi atormentado Graham Greene). Casandra y Aristófanes me persiguieron como sombras, su legado me describe: barrunto calamidades con una sonrisa sardónica en los labios, que no en los dientes, porque ciertamente lo único que emparenta a la vieja de Troya y al comediante de Atenas es su condición desdentada. Escribo, pues, chimuelo.

3. Me asalta por fortuna la certeza de que hubo algo más que 400 entregas en el itinerario de la revista que hoy concluye su aparición. Entre lo que mucho que abarca ese "algo más" es justo decir que en etcétera se convocó y verificó a una generación emergente de académicos, periodistas y escritores mexicanos o, por lo menos, a una porción de ellos, que pasamos y nos detuvimos en sus páginas, o simplemente pasaron y dejaron su testimonio como colaboradores.

Imagino que ya otros se encargaron del recuento, o mejor dicho, de los recuentos del semanario como forma de darle la bienvenida a su nueva etapa. De todo ese árbol me quedo por ahora con una rama a cuya sombra me acojo y que al calor del homenaje no pedido le quiero llamar por esta vez la generación de etcétera.

Inútil buscarle pañales de identidad generacional a esta caterva indomable de colaboradores, cuando lo cierto es que de ese puñado de escritores "rutinarios" de la revista ha salido hasta el día de hoy una cantidad nada despreciable de libros publicados que son, a su manera, la bibliografía implícita del semanario.

Novelas, libros de cuentos y poesía, crítica literaria y estudios políticos, el fichero bibliográfico de etcétera, en medio de su diversidad y su pluralidad, es la viva imagen de su consagración como una plataforma incesante de una generación que se buscó y se encontró en sus páginas.

Hay ahora entre los "jóvenes" colaboradores de etcétera, aquellos que peinaban los 20 hace apenas seis años, y ahora persisten en su nueva calidad de funcionarios competentes, académicos galardonados, periodistas en puestos de dirección, apocalípticos irredentos, profesores respetables, becarios incumplidos y honorables padres de familia. Todos ellos han sido cómplices de este proyecto.

Todos ellos deberán ahora condenarle.

4. Siempre imaginé terminar así estas entregas: adormecido por una docena de whiskys, de prisa e impaciente a la espera de lo que vendrá

Edgardo Bermejo Mora es escritor y periodista. Correo: edgardobermejo@yahoo.com.mx

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