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economía Fin de siglo, ¿nuevo ciclo?
Rolando Cordera Campos
Carlos Castillo Peraza, in memoriam
Los logros presentados en el sexto Informe pueden resumirse en dos vocablos: estabilización de las variables básicas que condensan la macroeconomía y crecimiento alto del Producto Bruto Interno. En gran y ambiciosa suma, podrían dar lugar a la proposición de que México por fin entra a nuevos círculos virtuosos de su economía política, los que ahora, además, combinarían por primera vez en la historia desarrollo sostenido con democracia. Según las firmas consultoras privadas que mes a mes consulta el Banco de México, a partir de julio la incertidumbre política dejó de ser un factor de alto riesgo para la recuperación económica, mientras que las expectativas de un cierre espectacular al fin del 2000 en materia de crecimiento e inflación y tipo de cambio se afirman o crecen. En su más reciente entrega, hecha en agosto, la interesante encuesta de Banxico reporta que el consenso de los analistas coincide con un crecimiento económico al cierre de este año cercano a 7%, una inflación menor de 10% y un tipo de cambio de 9.80 pesos por dólar. La tasa de interés interna sería, al final del año, poco superior a 14% y las principales preocupaciones estarían en el financiamiento, sus costos y acceso al crédito, mientras que la incertidumbre política habría perdido significación dentro del conjunto de factores que según la encuesta podrían afectar el ritmo de la actividad económica. Como contraste, tómese nota de que a todo lo largo de 1999 y hasta junio de este año, este valioso ejercicio de sondeo otorgó un alto peso a la política como elemento de riesgo, mientras se mantenía con cierta cautela en sus previsiones económicas. Para ilustrar: entre septiembre y diciembre de 1999 se estimaba que el principal elemento de riesgo para la estabilidad y la recuperación lo representaba la incertidumbre política, que iba de 24% en el primer mes a 21% en el último. Lo mismo ocurrió en los meses inmediatos anteriores a la elección presidencial. En enero de este año, el riesgo político era valuado en 21% del total de riesgos, llegando en mayo y junio a 26 y 28%, respectivamente. En lo tocante al crecimiento del producto, todavía en abril del presente año se esperaba un crecimiento anual de 5% en tanto que en enero se estimaba un crecimiento por debajo de 4.5%. La celebración presidencial así, no es banal y no sólo porque se apoye en resultados tangibles y contables, en el mayor empleo y consumo privado, sino porque el país viene de largos y duros años de lento o nulo crecimiento, mutaciones regresivas en el mercado de trabajo en favor de una abrumadora informalidad y de abismales caídas en el tipo de cambio, en medio de alzas de precios que parecían galopar hacia la temida hiperinflación. El escenario más reciente no se ha borrado de la memoria: en 1995, el PIB cayó más de 6%, la inflación rebasó 50% y el peso se devaluó en prácticamente 100%. Y es este escenario precisamente el que el Presidente usó para confrontar los resultados casi finales de su gestión económica. Sin embargo, puede adelantarse desde ahora que no habrá calma ni rutina en la escena económica que se abre al país después del sexto Informe de gobierno. El éxito económico, para empezar, no permite olvidar lo mucho que costó ni las bajas que quedaron en el camino trazado por la crisis del 95. Los costos y las bajas siguen entre nosotros como embotellamientos productivos y como deuda social viviente y millonaria desde el punto de vista de la población afectada por la pobreza. Por su parte, el nuevo gobierno carece todavía de un perfil político-administrativo claro y en materia económica no ha acertado siquiera a insinuar la posibilidad de buscar un nuevo curso. Proponer, como se hizo recientemente, que se buscará tener el presupuesto más conservador posible no es, en la más optimista de las hipótesis, nada que nos acerque a una estrategia de renovación en la gestión económica estatal. De esta manera, los círculos virtuosos que la economía y la política empezaron a dibujar a lo largo de este año electoral, y sobre todo a partir de los resultados del 2 de julio, con el simple paso del tiempo empiezan a mostrar fisuras y precariedades que no pueden subsanarse o superarse de modo natural o automático. Retomar y afianzar estas empatías, supone la adopción de decisiones políticas y tiempos de espera que, paradójicamente, pueden afectar de manera sensible la sintonía lograda entre las mencionadas esferas fundamentales de la vida social. Para muchos observadores externos y domésticos de la coyuntura, estas fallas les permiten incluso proponer la necesidad de nuevos y cercanos ajustes, mientras que el nuevo gobierno acierte a trazar (y empezar a realizar) la ruta de reformas que es necesario seguir para superarlas. Es claro, así, que la sustentabilidad de la recuperación no puede decretarse asegurada. Los espectaculares e indudables avances en el flanco exportador, por ejemplo, no han logrado establecer una correspondencia activa en la integración productiva nacional, lo que determina déficit comerciales crecientes cuya dinámica no puede sostenerse. Las ventas externas son formidables, por su composición y dinámica, dominadas ambas por la producción industrial y manufacturera, pero siguen en buena medida colgadas del extraordinario boom de la economía estadounidense y, en lo inmediato, también de los ingresos petroleros externos, determinados por los altos precios internacionales del crudo. En ambos casos se trata de variables sobre las que México tiene poco o ningún control; tampoco cuenta con mecanismos sustitutos eficientes cuando dichas variables empiezan su ciclo contrario. Es de esta observación que se deduce ya, por parte de importantes observadores del mercado, la inevitabilidad de un ajuste externo a más tardar en los primeros meses de 2001. En esta perspectiva, la estabilidad y apreciación del peso observadas en estos meses no es señal contundente de futuros favorables. El país parece haberse alejado en serio de los panoramas devaluatorios del pasado, con caídas verticales y sin previo aviso en el valor de la moneda, pero es difícil sostener qué es bueno para México hoy o en el futuro cercano, que el peso aumente su valor o mantenga el observado en estos tiempos. El peso estable debe siempre confrontarse con las condiciones de vulnerabilidad productiva y comercial externa que definen la estructura y el ritmo de la economía nacional, y no sólo principalmente con el nivel de consumo que el peso "fuerte" propicia. Por su parte, la brecha fiscal que ha acompañado la historia moderna del desarrollo mexicano no se vuelve abismo gracias al petróleo, que una vez más sirve de soporte para las dos grietas tradicionales del crecimiento: la fiscal y la del financiamiento externo del crecimiento. Así, el petróleo sirve de nuevo más como placebo que como palanca y pronto, sin previo aviso, puede mostrar su veleidad. El petróleo sube y baja sin piedad, pero nuestras ventas externas y los impuestos no tienen una dinámica que asegure su autonomía respecto del ciclo económico internacional y de las inclemencias del crudo.
Es indudable, sin embargo, que los saldos económicos del gobierno que sale son una ficha dura y pueden servir de apoyo a los planes del que entra. Después de tantos y crueles descalabros financieros que pronto se volvieron productivos y del empleo, ofrecer una estabilidad creíble en las finanzas públicas y la balanza de pagos con crecimiento del PIB es de gran importancia; 18 años, desde que en 1982 se reconoció la insolvencia financiera de México, no pasaron en balde ni pueden menospreciarse como la experiencia traumática y depredadora que fue, y que nadie quiere repetir. A partir de aquí es preciso volver sobre la composición del balance ofrecido, porque lo que se requiere para el futuro en materia económica y social no está asegurado, ni con mucho, por lo alcanzado. Las plataformas de lanzamiento de una fase de expansión como la que el país necesita y merece, no cuenta aún con cimientos fuertes, incluso para esta época en la que todo lo que es sólido, como dijo el viejo barbón, se desvanece en el aire. Cual sea la contabilidad que se use, pronto se tiene que llegar a una evidencia prácticamente indiscutible: la salud fiscal lograda se debe hoy en lo fundamental al petróleo, así como a una permanente contención del gasto público. Esto último adquiere particular relevancia si se le compara con los requerimientos materiales y humanos, a más de institucionales, de un crecimiento que dure y sea capaz por su propia naturaleza y velocidad de incluir progresivamente en el reparto de sus frutos a la sociedad y el territorio nacionales en su conjunto. Se ha hablado mucho, aunque no lo suficiente, de una cuestión social de fin de siglo que se presenta como una acumulación afrentosa de pobreza de masas y desigualdad extrema; puede, además, mostrarse cómo la atención que se hace desde el Estado a dicha cuestión ha sido, por lo menos, insuficiente. Los aumentos en el gasto social, por ejemplo, no han pasado la prueba de una evaluación sistemática en cuanto a su distribución, mucho menos respecto de la calidad de su ejercicio. Los derechos sociales del pueblo mexicano consagrados en la Constitución distan mucho de ser una realidad y en los hechos se han incumplido sistemáticamente. En cualquier opción de política que se elija es claro que para empezar a satisfacer las necesidades insatisfechas que condensan dichos derechos se requerirá un monto de gasto público que el actual esquema fiscal no puede soportar. Sin embargo, tanto o más grave que la deuda social referida, puede ser lo no hecho, o pospuesto sin fecha de término, en materia de infraestructura física y humana, en comunicaciones, puertos, educación de calidad y actualidad, ciencia y tecnología, de cuyo crecimiento dependen en gran medida la expansión del conjunto de la economía a las tasas que se requieren y buscan, al decir del Presidente electo. Estos son faltantes mayores que pesan más que los equilibrios obtenidos, porque ponen en riesgo la calidad y la dinámica del desarrollo futuro y no pueden subsanarse en el corto plazo ni mediante el expediente de la importación. Estas ausencias dañan seriamente un tejido social cuya reproducción se vuelve cada días más difícil y vulneran la capacidad productiva, sobre todo cuando se le ubica en el inventario de los requerimientos futuros, determinados por la demografía y el cambio social y cultural que ya está entre nosotros. Termina el siglo y puede decirse que también el ciclo de evolución económica, social y política que abrió la revolución mexicana. Pero los empeños urgentes para abrir otro ciclo largo están ya frente a la democracia que se estrena y la sociedad que la celebra. En rápida suma, mencionemos cinco de estos afanes: la conservación del medio ambiente y el arranque de un desarrollo sustentable creíble y compartido; el aprovechamiento nacional de la globalización de la que, a un costo enorme, ya formamos parte; el desarrollo de una efectiva seguridad energética que no dependa de la depredación ni de la penuria permanente; superar pronto la pobreza extrema y abatir los índices de desigualdad, construir, más que "aplicar" como dicen los impacientes, el Estado de derecho. Todos ellos serán realidad al cabo de un lapso largo, pero se deben empezar a trabajar ya, para que el plazo se cumpla. Entre el fin y el principio hay que reiterar: sin un fisco sano por el dinamismo de sus ingresos y sin un Estado fuerte por su legitimidad democrática, éstas serán, como hasta la fecha han sido, tareas imposibles
San Pedro Mártir, 15 de septiembre 2000.
Rolando Cordera Campos es profesor en la Facultad de Economía de la UNAM y encabeza la Fundación Carlos Pereyra. |
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