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barandal Una ventana abierta al campus
Ciro Murayama
En los años 90 la educación superior en México vivió una etapa de incierta madurez, fruto del crecimiento desordenado e improvisado de las dos décadas previas. En el último par de lustros, las universidades públicas, si bien dejaron de ampliar su matrícula estudiantil y su planta docente a ritmos acelerados, continuaron diversificando los planes y programas de estudio y creando nuevas áreas en su interior. Sin embargo, estos últimos procesos señalados dependieron más de decisiones puntuales de cada universidad que de una política hacia y de un sistema de educación superior propiamente dicho. A la par, en todo este tiempo no se logró consolidar una política de financiamiento público a la educación superior que respondiera a una evaluación consensada y legitimada entre las propias instituciones educativas a partir de la cual el desempeño de las universidades, más allá de su matrícula y de su importancia política, fuese el que ordenara prioridades, áreas de gasto y, en suma, una política de desarrollo del sistema educativo en su nivel superior. Mientras tanto continuó el auge de los establecimientos privados, de distinta calidad, creando así un escenario que no resulta muy distinto al que se aprecia ya en la educación básica. De esta forma, la extrema y añeja polarización que ha caracterizado a nuestro país se empieza a implantar también en la educación superior, creando así la antesala a un nuevo capítulo de "dos Méxicos" cada vez más desiguales. El rezago de la universidad pública masificada frente a los centros privados, pero sobre todo en relación con las necesidades de los jóvenes que acuden a sus aulas para formarse como profesionistas, marca una derrota que no puede ser ignorada por la existencia de áreas de indudable calidad en la investigación científica o por la vanguardia que, efectivamente, mantiene la educación pública en ciertos campos de la docencia especializada. Por buenas y malas razones, la UNAM en los 90 continuó siendo el referente para analizar y hasta para juzgar a toda la universidad pública. En particular, el lastimoso e injusto conflicto que vivió la Universidad Nacional desde el año anterior y entrado el actual, reactivó las más pobres posturas respecto de la universidad pública tanto de la izquierda como de la derecha más radicales e intransigentes. Unos, proponiendo desmantelar a la UNAM o cerrarla algunos años para ver si la cuarentena daba respuestas a las necesidades formativas de millares de jóvenes y a los requerimientos de desarrollo científico del país; los otros, creyendo que la Universidad es un coto patrimonio de unos cuantos, en cuyo interior se vale todo menos aquello para lo que en realidad ésta existe: estudiar, enseñar, investigar, difundir la cultura en su sentido amplio en un clima de libertad pero también de exigencia y rigor sobre el trabajo. Lejos de esas posturas extremas distante asimismo del desinterés hacia la universidad pública que se tiene desde el gobierno e incluso desde los mismos universitarios en época de ausencia de conflicto etcétera se mantuvo desde 1993 como un espacio abierto a la reflexión de la educación superior y, en particular, de su sector público y masificado. En ese sentido, etcétera fue casa que nos permitió escribir, pero sobre todo leer lo que otros decían sobre un tema que es y será clave de nuestro devenir como sociedad. A mi entender, a lo largo de estos años en etcétera se encontró sobre todo el pensamiento de una izquierda universitaria que se rehusó a caer en clichés y a quedarse atrapada en las viejas consignas que centraban el discurso en las meras reivindicaciones para conseguir "la democratización de los órganos de gobierno" lo que, por cierto, sí se consiguió desde los 70 en varias universidades de provincia con resultados nada emulables, la reducción de las exigencias académicas a estudiantes, profesores e investigadores, o la supremacía de los intereses sindicales sobre los requerimientos del quehacer diario de una casa de estudios. Al contrario, lo que las plumas que acudieron a etcétera propusieron siempre fue la defensa de una universidad pública que en primer lugar fuera universidad, esto es, haciéndose cargo de las exigencias de calidad formativa que este tipo de instituciones tienen la obligación de proporcionar a sus estudiantes. También, subrayando que el reconocimiento social que pueda tener la Universidad no puede ser pretexto para rehuir evaluaciones para la labor de los académicos, y que tampoco la caída del poder adquisitivo de sus salarios justificaba la mediocridad que se extendió en las áreas masivas de enseñanza. Y a contracorriente de lo que hacía la izquierda tradicional y anquilosada, se planteó el tema de la igualdad en el seno de la Universidad, reconociendo que tratar con idéntico rasero a sujetos desiguales cobrar 20 centavos a todo Dios por un año de estudios era simplemente un mecanismo que reproducía la desigualdad y que, además, propiciaba una pérdida de recursos para la Universidad. Otra de las características que daban frescura a los textos sobre la universidad pública que aparecieron en etcétera consistió en asumir que las fallas de la Universidad no podían transferirse, en paquete, a elementos externos y a jugadas macabras planeadas desde los enemigos: no, los índices de reprobación, el atraso de los planes de estudio, el uso poco creativo de los recursos, la extensa burocracia y el crecimiento de la burocratización, un sindicalismo más preocupado por sus días de asueto que por realizar con mínimo decoro sus tareas, el rechazo a la actualización de los docentes, la baja producción de ciertos institutos de investigación son responsabilidad de los universitarios y, a partir de ahí, es que han de proponerse las salidas, las reformas para reconstruir una universidad que, siendo masiva y pública, también tiene que ser de calidad. Se cierra un ciclo de etcétera, mas en las bibliotecas y hemerotecas nos quedan casi ocho años de vida universitaria que transpiran por sus páginas. Haber dado cauce a la reflexión sobre la universidad pública es una de las muchas razones para reconocer y agradecer el esfuerzo del equipo que en estos años, cada jueves, puso el semanario en nuestras manos. Que haya suerte en los nuevos proyectos que se abren, y un abrazo Ciro Murayama es profesor de la Facultad de Economía de la UNAM y doctor en Ciencias Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid. |
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