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sociedad Hace 400 semanas
Francisco Báez Rodríguez
etcétera nació en 1993. En ese año triunfaba María Mercedes (pa' servirle a usted), el Atlante fue campeón tras derrotar en la final a Monterrey, ya era gran cosa en computación ser experto en "buscaminas" y sólo un pionero se atrevía a hablar de baudios. A principios de año sólo un millón de personas en todo el mundo tenían acceso a Internet, y era fundamentalmente para grupos de discusión, porque apenas salían las primeras páginas Web. La información en red creció durante ese año explosivo a una tasa de 456,000%. Se hablaba, desde hacía ya un tiempo, de realidad virtual, pero nadie la había probado en carne propia, así que el tema se prestaba para mucha conversación metafísica y especulativa. Más que ahora. Los celulares estaban de moda. Eran unos armatostes gigantescos, comparados con los de ahora y, como ahora, en el tianguis se podían comprar imitaciones perfectamente inservibles, pero que daban el gatazo. Uno podía hacer como que hablaba mientras se transportaba en un vagón del Metro. Luego los que usaban celulares se dieron cuenta que tiene más poder quien llama que quien recibe y los aparatos pasaron a manos de choferes y secretarios... hasta que, con la competencia, las llamadas bajaron de precio. Entonces los aparatos se volvieron chiquitos, estéticos, bonitos, y regresaron a manos de sus propietarios. El Nintendo estaba de supermoda. Sega apenas empezaba. Luego vendrían nuevas versiones, la Playstation, acoplable a una pantalla de televisión, los juegos por Internet, desde los de rol hasta aquellos en los que compartes escuadrón de la Guerra de la Galaxias con un irlandés, dos gringos, un canadiense, un turco y un brasileño. Todavía se vendían discos de acetato, fue el último año antes de que fueran retirados totalmente del mercado. Por ende, aún era probable conseguir en el centro de la ciudad la aguja de tu tocadiscos. "En el futuro sólo habrá casets y CiDís", decían. Ahora a los Cedés se les llama discos, casi nadie compra casets y la moda es comprarse un reproductor de DiViDís (que terminaremos llamando devedés). La onda grunge estaba en su apogeo. Seattle era el lugar y R.E.M. vivía tiempos de gloria. Nirvana era el grupo que más vendía, con su espíritu oscuramente teen. Kurt Cobain aún no se había suicidado. Y los padres todavía enviaban a sus niños a visitar a Michael Jackson.
Ir al cine era barato. Las salas eran grandes (o ridículamente pequeñas), las pantallas a menudo estaban manchadas y los cácaros estaban invariablemente sordos. Una señora malencarada te vendía las palomitas. Otra, sindicalmente diferente, los refrescos. Y otro más, el eventual muégano. Ese año, el del estreno de Parque Jurásico, se vendieron las salas de Cotsa. El tequila era una bebida en ascenso (social, de ventas, de calidad), pero todavía no terminaba de desplazar al whisky y sólo había 20 marcas conocidas. Ahora son más de 400. Tampoco era tan caro. Cuando los tequilas habían sido escanceados de manera abundante, había dos temas-tópico: las hazañas de Lorena Bobbitt y sus tijeras; la puñalada trapera que le dieron a Monica Seles. El Bailey's estaba de moda. Ya no. Todavía no inventaban la calcomanía Cero, así que en la ciudad de México aun los coches último modelo descansaban un día a la semana (en el que el propietario sacaba su repuesto, un Mustang 72 que echaba humo hasta por las ventanas).
En aquel año costaba más un par de zapatos de vestir que unos tenis de marca. Ya empezaban las suelas ultraligeras con poros para respirar y tracción acondicionada. Luego se volvieron indispensables para quien no quiere verse como vil pobretón. Para entonces, era absolutamente necesario tener camisas de franela y usarlas por fuera. Las camisas de mezclilla también servían, y aún queda alguna arrumbada en el guardarropa. Era de ley tener hoyos en los jeans. El furor del piercing estaba a punto de llegar. Faltaba poco tiempo para que entraran los tintes de pelo con los colores del arcoiris en los más chavos, para que el rojo se hiciera ley entre las mujeres, para que se terminaran las zapatillas de punta y viniera un revival de la época hippie en la ropa. Casi nada, para que las trusas cedieran su lugar a los bóxers. Gloria Trevi tenía agujeros en cada una de sus prendas de vestir. Estas eran mínimas, casi inexistentes, en su calendario anual, que muchos compraban. En ese calendario había otras niñas. Y detrás, una historia oscura que tardaría un lustro en salir a la luz. Algunos poetas tenían a la Trevi como musa. Todos apenas acabábamos de dejar de ser millonarios, aunque había marchantes que se resistían y te querían cobrar 500 pesos por ese jitomate que ahora costaba 50 nuevos centavos. Por pocos miles de pesos viejos podías ir a Danesa 33 y comprarte un helado que, en vez de barquillo o vaso, tenía un casquito de plástico con un equipo de futbol americano (los de Dallas, San Francisco o Green Bay se agotaban; había sobreoferta de los Bengalíes de Cincinnatti).
En aquella época había bancos que prestaban dinero, ignorantes de que eran como las carabelas de Colón antes de llegar a los confines del mundo plano. Eran muchos, recién comprados, y propiedad de mexicanos. A varios de ellos les dieron el mismo trato que a la gallina de los huevos de oro. Y todos hemos pagado por esas tripas doradas. Salinas todavía estaba en la cresta de la popularidad y una derrota nacional del PRI había vuelto a ser impensable. Faltaban algunos meses para el asesinato del cardenal Posadas. Habrían de seguir los de Colosio y Ruiz Massieu, con su secuela de los hermanos incómodos (el que está en Almoloyita y el que se suicidó), Aburtos que se multiplican, videntes muy vivillas, osamentas enterradas, testigos bien pagados, fiscales huidizos, amantes despechadas. Tampoco había aparecido Marcos, su guerrilla y sus interminables mensajes epistolares. La tele daba cuenta de esto (en la mañana, Ortega contra Solórzano-Aristegui; en la noche, Jacobo contra Raúl Rodríguez) y más. Se estrenó Llevátelo, con Paco Stanley, para hacerle frente a A todo dar, con Alby y Juan José. En las noches, adolescentes y no tanto veían Beverly Hills 90410. Llegó, no sin debate, el programa de Cristina Saralegui, que comparado con los talk shows de ahora es un ejemplo de buen gusto. Televisa daba pasos de bebé en el telemercadeo, en su alianza con CVQ. Hoy estamos inundados. Adal Ramones conducía un programa a las dos de la mañana en Cablevisión. No era nadie: Esteban Arce y el Burro Van Rankin lo eran todo. Jorge Saldaña apenas había desaparecido de la pantalla. En años posteriores lo hicieron Jacobo y Abraham, Raúl Velasco, Sonny Alarcón, Nino Canún, El "Loco" Valdés, Ausencio Cruz, Fernando Schwartz...
Empezaba el furor de Los caballeros del zodiaco. Pero la influencia japonesa no paró. Pasaron Los supercampeones, los Tamagotchi, Sailor Moon, Dragonball y Ranma. Llegamos a la era de los pokémones. Viviamos una transición en la que la codificación de los satélites hacía inservibles las parabólicas que tanto éxito tuvieron en la segunda mitad de los 80. Lo que no había llegado era la televisión directo a casa, nueva segmentación del mercado televisivo. Ahora se pueden disfrutar 150 canales, aunque sea solamente para hacer más divertido el zapping. Hay cosas que no cambian, o que regresan: 1993 fue el último año de furor del Chavo del Ocho, hasta que en el 2000 volvió por sus fueros. México ya mero califica sin convencer jamás para el Mundial. La Coca-Cola sigue siendo el refresco más vendido. José Ramón es el eterno timonel en los deportes del 13. Las películas de Pedro Infante siguen teniendo buen rating. Las epidemias de gripe llegan y se van. Los Simpson siguen tan campantes. No se ha encontrado cura o vacuna al Sida. No faltan desplegados con abajofirmantes. Estamos a punto de salir de la crisis (económica, deportiva, existencial). Este año, ora sí, dejamos de fumar. Y en todo este tiempo, ni América ni Pumas han sido campeones Francisco Báez Rodríguez es subdirector general del periódico Crónica. |
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