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Letras para pocos
Narrativa mexicana, dispersión de lo instantáneo

Antonio Tenorio Muñoz Cota

Para Raúl Trejo y Marco Levario, con afecto y gratitud de lector

Funeral de Octavio Paz
en Bellas Artes
Foto: Jorge Claro/Contraluz

Sin duda, uno de los muchos aciertos que ha tenido la publicación del semanario etcétera radica en su propio nombre. Sabido es que la etimología refiere a "y lo que sigue". Por lo que desde un comienzo quedó puesta así la mirada sobre un doble plano que torna el recuento, la revisión crítica de lo que ya ha acontecido, sobre el horizonte abierto de aquello que está por venir. Sobre esta convergencia se edifica el juicio. El nombre define el talante de esta publicación. A un ritmo frenético, el mundo se replantea, al ser (d)escrito desde este mirador que espera y propone. Lo que ha sido y lo que se cree que será, se cruzan sobre el papel y la tinta, sobre la escritura vuelta presente, vida en continum.

Vienen a cuento las anteriores líneas no sólo por el cariz particular del número donde aparece esta colaboración, sino porque me parece que ilustra el intento, necesariamente fallido, por acercarse al devenir narrativo de los años en los que etcétera ha sido publicado como un tenaz e inteligente punto de referencia de la vida nacional en todos sus ámbitos.

Aunque en un principio pude haberme propuesto intentar salir bien librado de los terrenos de un balance, al poco de comenzar la revisión del caudal de lo publicado estos últimos siete años vino a mi cabeza el verso iluminador de Gorostiza en Muerte sin fin: "andar a tientas por el lodo". Y no porque por lodazal entienda lo que de las prensas a las mesas de novedades ha venido de 1993 a la fecha, sino porque el terreno que se pisa, puede con gran facilidad engullir en su movediza consistencia quien ponga sobre sí el peso, insoportable, de la soberbia y la prisa de un juicio terminante sobre aquello que está aún en movimiento.

La tarea, pues, me condena a hacer sólo algunos apuntes. Se trata de un lapso que además de breve, se cierne sobre nosotros, aún, con el deslumbramiento de sus propios hechos. Su cercanía en el tiempo de vida limita la mirada a distancia. Tiempo breve y contiguo, como para sustraerse de una verdad de Perogrullo: lo creado se está viviendo (fugando) a un lado de quien pretende mirarlo con detenimiento. No apelo a la sentencia ácida del caricaturista Quino: "La autopsia dirá si vive", sólo subrayo la dificultad de señalar los rasgos, así sea de manera somera, que distinguen, en su propio tiempo y espacio, un vivir/crear durante el mismo lapso en el que quien reseña también lo hace.

Siete años parecen pocos y, a la vez, al mirar hacia el puerto de 1993, se encuentra que más allá del recuento de sucesos, queda la sensación de que el paso de la sociedad mexicana se ha acelerado significativamente en este periodo. Pero, asimismo, no es posible sustraerse de un fenómeno que encuentro contradictorio y del cual es parte la crónica de la producción narrativa en estos años: a la proliferación de hechos acompaña el vértigo de la desmemoria. La capacidad de una sociedad, en el caso de la cultura, será siempre de un grupo reducido de esa sociedad, para enrolarse, conmoverse, apasionarse, involucrarse con algo de lo sucedido en su pasado inmediato para a la semana siguiente encontrarse conectada con otro hecho que ahora sí promete no cumplir la sentencia marxiana de que "todo lo sólido se desvanece en el aire".

En el caso de quien profesionalmente se dedica a hacer la crónica de lo narrado, la relación de lo relatado, la paradoja aflora con igual intensidad. El oficio les demanda una gran capacidad de reacción frente a la disolución de lo inmediato, una suerte de responsabilidad para que en su escritura quede fijado al menos parte del enorme torrente de lo que hoy se publica. Los críticos vinculados con la tarea cotidiana en los medios han de orientar, discernir, seleccionar, indicar a los lectores qué hay que leer, cuáles son los autores de mayor peso, etcétera, antes de la "próxima semana". En esta carrera contra el tiempo, sin embargo, radica lo paradójico: (casi) nadie se acuerda de ayer.

Mas parece, entonces, un registro para que pasada la efervescencia de ser parte del suceso que se narra, vengan otros y desde otros espacios donde el tiempo pueda dilatarse se reparen las omisiones, se profundice en los juicios, se decante la prisa por el no olvido y la necesidad de hacerlo porque la colaboración siguiente urge. De esta labor, sujeta además al vilipendio del ego herido de algún escritor que no se vio recompensado en suficiencia en ese espejo de tinta que son los medios, de su condición paradójica se puede ­sin embargo­ a lo largo de estos últimos siete años, rescatar su valor testimonial.

La profusión de obras, afirmación en calidad de lugar común ya, sólo es superada por la profusión de autores. No es que, me parece, haya tanto interés por inmortalizarse escribiendo, menos en una época donde (y en eso han colaborado mucho los correctores ortográficos y sintácticos integrados a los procesadores de palabras de las computadoras) (casi) todo el mundo lo hace. Sino que al poco rato de haber escrito, de ser publicado incluso, florece la verdad descarnada: lo que trasciende las fronteras de esa celestial "República de las letras para los pocos" es, no tanto reconocerse, sino ser reconocido como "autor".

La importancia en demasía que aún se le concede a esa figura etérea, invento del canon psicologista y la mercadotecnia, da cuenta de las dificultades nuestras para pasar, en todos los terrenos, de una cultura de las declaraciones del autor(idad) a una de la lectura de los hechos (la obra es el hecho). Los listados de autores y autoras colaboran eficazmente al (re)inventario de nombres. Como si fuera un registro de asistencia a la gran fiesta de la trascendencia, las letras de los nombres aparecen y desaparecen de un año a otro. Esto, en buena medida, puede explicar por qué ­si uno revisa lo que se ha declarado acerca de la salud de la narrativa­ se puedan encontrar declaraciones tan dispares y contradictorias. Las filias y las fobias, las intuiciones, pero sobre todo, la sospecha de que nadie, en su sano juicio, pasa su tiempo en la hemeroteca, despliegan el reino de la subjetividad y la impresión.

Si a eso le sumamos la poca capacidad de las editoriales para tener una política de distribución consistente, la mesa de novedades, prolija en su disponibilidad, pero que condena a las obras a una existencia de dos semanas, se vuelve una especie de metáfora de vidas cuyo ritmo y perspectiva del mundo se rige por los titulares que Joaquín López-Dóriga lee cada noche. En el trajín de lo inmediato, la propia referencia, la memoria de lo que se anhela ser, se disuelve y se apuesta a estar al momento, ni siquiera al día. Una carrera en la que la liebre es la presencia (re-conocida) en el presente en disolución, y la tortuga el sujeto que escribe para que lo lean, lo aplaudan, lo premien, lo incluyan en las listas, lo re-conozcan y detengan por él a la liebre.

Es el tiempo y sólo el tiempo quien va decantando. ¿Qué será recordado en 50 años? Ahí están parte de los titulares de los últimos siete años en materia narrativa: los 70 años de Carlos Fuentes y los 50 de La región más transparente, festinados los segundos en el salón Los Angeles; los 80 de Arreola; la muerte de Paz y su "despedida en Bellas Artes, digna de un moderno Víctor Hugo", como reseñó un periodista; el affaire de las Elenas con la consabida muerte de la madre entre deudas y la sobrevivencia de la hija entre gatos; el redescubrimiento de Sergio Pitol, ya premio nacional; la partida de Ricardo Garibay; el paso de valores juveniles a ganadores de festivales (no puedo evitar pensar en la analogía: Festival OTI-San Remo) en el viejo mundo, es decir: los premios que desde España se trajeron Jorge Volpi e Ignacio Padilla; las nuevas revistas Letras libres, Equis y Paréntesis; la perenne crisis del mercado editorial que deja como única certeza que cada día se lee menos; la reinvención de la escritura de las mujeres por ellas mismas; el premio Rómulo Gallegos para Mastretta; la exención de impuestos para los creadores; emergencia de editoriales al margen del gran mercado; la primera lista de creadores eméritos y de creadores nacionales en pleno 12 de diciembre de 1993; seis premios Villaurrutia; la muerte poco atendida de Jesús Gardea; la invasión de los escritores de provincia; la promoción de la producción literaria en lenguas indígenas; la silente presencia de la nueva generación de narradores en los conflictos sociales; Monterroso premio Cervantes; de lo prolífico a lo inaprehensible, sólo impresiones: la dispersión de lo instantáneo... ¿y lo que sigue?

En el vértice de la vorágine: tres grupos de escritores y escritoras agrupados por los años de nacimiento. Una pirámide(?) demográfica digna del INEGI. Aquellos que poblaron las letras nacionales buena parte de la segunda mitad, hoy rondan los 70 o más años. Mientras que quienes asomaron la pluma a partir de su irrupción juvenil ­y en más de un sentido, juvenilista (lo digo con ánimo descriptivo)­ rondan los 50 años. La lista de nombres de los primeros es ampliamente conocida, y si no lo era ya, la Antología de la narrativa mexicana en el siglo XX, de Christopher Domínguez, se encargó de confirmar a quienes llegaron para quedarse(?) como piezas ceñeras de la historia de la tradición narrativa mexicana en este siglo.

Foto: Raúl Ramírez Martínez

De quienes nacieron en los años 50, a estas alturas su trabajo muestra ya la propia madurez de creadores y creadoras, y los siete años que acompañan la primera etapa de etcétera son prolijos en ese sentido. Repetiré sólo algunos de los nombres ya conocidos, no por otra razón sino porque su producción entre 1993 y la actual es clave para animar la vida literaria nacional. Se les puede juzgar, como alguna vez lo hiciera Leonardo da Jandra, como una generación destinada a la decadencia. O bien se puede encontrar en ellos a quienes hoy en día, el caso de Ignacio Solares o de Daniel Sada, sin olvidar a los paradigmáticos José Agustín, Gustavo Sáinz, Juan García Ponce, René Avilés Fábila, pasando por Carmen Bou-llosa, Sara Sefchovich, Juan Villoro y David Martín del Campo, constituyen referentes ineludibles de un diálogo transtemporal emprendido por aquellos que siendo más jóvenes encontraron en estos hoy hombres y mujeres entrados en los 50, sus primeras lecturas. Doy claro ejemplo de la militante exclusión ­voluntaria y no­ con que se hace toda revisión general, a todas luces incompleta.

Por su parte, los "nuevos narradores y narradoras" supieron de los años del semanario mientras veían, en la inmensa mayoría de los casos, aparecer sus primeros libros publicados. La antología Dispersión multitudinaria, publicada 1997, preparó un listado, útil como guía. Aunque a esta recopilación de Leonardo da Jandra y Roberto Max no se le echa en cara criterios sectarios, el reclamo más amplió giró en su sentido contrario: demasiado incluyente, se dijo, acusándola de no incorprar un criterio de selección que de una vez por todas, ilusionados aficionados y aguerridos jugadores reclamaban, diera de una vez y para siempre la alineación de la selección juvenil de la narrativa mexicana.

A las estrategias de mercadotecnia les gusta hacer anuncios espectaculares y que, de no gastarse tanto en cada repetición, pondrían la carne de gallina a más de uno: "Sólo sobrevivirán los mejores", "de entre ellos saldrán los representantes más luminosos de la narrativa del próximo siglo", "una generación apolítica que apuesta todo a su talento". El listado es aún largo y no habría razón fuerte para desear que lo dejara de ser. Mas pareciera que de los sobrevivientes y su dotes para serlo (como quiera que a ello hubieran de llegar) será el reino de la historia literaria por venir. Compañeros de viaje, es claro que serán una generación hasta que la mirada retrospectiva de un cronista los invente como tal. Viajan a Itaca, suponen que de regreso, puede que no sea así. Que haya quien viaje por primera vez. En cualquier caso, de esta tropa de navegantes habrá que esperar, al menos, que sigan escribiendo.

En el camino ­afirmó Juan Villoro en Buenos Aires a principios de este año­ han ido alejándose de las mistificaciones. "Los jóvenes escritores buscan explicar la modernidad y las nuevas influencias en una era dominada por nuevas tecnologías, así como el devenir de lo mexicano en este contexto". Si esto es así, habría entonces algo que compensara la otra visión con la que se ha (des) calificado(?) con severidad, no sé aún si a la obra o a la personalidad de cierto número de autores de estos nóveles navegantes. Se ha dicho de ellos y ellas: multitud de cínicos, ariscos, egoístas, desconfiados y tanáticos.

José Agustín
Foto: Luis H. González/Silva

En 1994, cuando etcétera andaba por el primer año de denodado esfuerzo por propagar la inteligencia, John S. Brushwood ­con quien se puede discrepar sobre sus valoraciones recientes de la nueva novela histórica, pero cuyo grado de conocimiento de la literatura mexicana es indudable­ señalaba como características de la novela mexicana hasta ese año de 1994, partiendo de seis años atrás: fragmentación de la línea narrativa para lograr simultaneidad y/o para lograr al lector en el acto de narrar pero, a la vez, una suerte de nostalgia por contar historias. Esta tensión cruza ya la incursión de lo histórico, ya la renovada atención a la provincia, ya los rasgos que delimitan la tradición y el cambio.

A casi siete de años de distancia del diagnóstico de Brushwood quedarían todavía cosas por esperar. Algunas vendrán como resultado de los propios cambios y aires de apertura con que el país se dispone a abrirse paso por el nuevo siglo. Otras se relacionarían con la inserción de lo nacional en un ámbito en el cual la inmaculada comunidad imaginaria (es decir, la representación de la nación en el imaginario social) se ve transminada y en tensión dialogante con lo que no le es propio aunque sí apropiable.

Aventuro en parte de los jóvenes narradores mayor incursión en las nuevas tecnologías, especialmente en lo referente a la escritura de y para los formatos electrónicos: lo fragmentario, lo no lineal, lo suprajerárquico, lo hipertextual, como nuevas formas de representación, no sólo de la escritura y la lectura sino del resultado de éstas: el mundo, el que sólo puede ser como tal si es que es mundo narrado. Falta por ver, me parece, incorporarse a escritores que sepan construir lo mexicano desde otros derroteros incluidos, por qué no, los de otras lenguas que no sean necesariamente el español. Esto va para lenguas subalternas dentro de lo nacional, pero también como estrategia de adopción de un mirador lingüístico no propio para (volver a) mirar lo propio.

Sobre los festines de los 50 años de la primera edición de El laberinto de la soledad, quiero decir, sin ánimo de profetizar, que no sería raro que la brecha generacional se ahondara en algunos casos, pues lo que está en juego, al final, es la construcción de dos maneras de leer la relación entre lo propio y lo extraño. Esto incumbe, por supuesto, a las técnicas, los temas, los lenguajes. Pero sobre todo a la construcción toda de ese mundo entreverado con el real: la ficción. De esos mundos ­que serán a su vez formas de estar en este mundo­ habremos de leer, ni duda cabe, en el renovado etcétera, abierto, como siempre, a lo que sigue. En el centro de ese debate y otros por venir estará el talante, la fuerza, el espacio fraterno, crítico, inteligente de etcétera. Enhorabuena

Antonio Tenorio Muñoz Cota es profesor-investigador de la Universidad Iberoamericana en las áreas de Literatura y Ciencias de la Información. Es, además, ensayista y narrador. Su libro más reciente es la novela Más breve que una vida.

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