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Quesadillas con Tabucchi
"Escribir sólo lo que quiero. No hacerlo por encargo"

Saúl Toledo Ramos

Saúl Toledo y Antonio Tabucchi

No puedo guardar silencio frente a Antonio Tabucchi. Sería injusto. Menos teniéndolo tan cerca. Porque él vino a México y eso me permitió romper el silencio que nos imponía la geografía.

Primer encuentro

El calendario del Festival del Centro Histórico de la Ciudad de México indica que el miércoles 10 de marzo de 1999 Carlos Fuentes ofrecerá una conferencia en el aula magna del Colegio Nacional. Hacia allá me dirijo. Fuentes nos deleita con un fragmento de su más reciente novela: Los años con Laura Díaz.

Terminada la lectura, me encaminó a la salida. En el umbral de la puerta la sorpresa me paraliza: me encuentro de frente con Antonio Tabucchi. Me mira y sonríe. Me ofrece la diestra:

­Antonio Tabucchi, a sus órdenes.

­...

Lo inesperado me enmudece. Las cosas que hubiera querido decirle a Tabucchi se anudan en mi garganta y bloquean cualquier sonido. Sin decir nada, dejo que Tabucchi se me vaya, que se aleje.

No puedo guardar silencio. Tengo algo qué decir, cosas qué preguntar. Tabucchi vendrá aquí nuevamente. En dos tardes será el responsable de la conferencia magistral. Se me ocurre algo que puede ser efectivo: hacer una carta, decir todo de manera escrita. Puedo incluso explayarme y la posibilidad de que me lea es superior a la de que me escuche. Así lo hago. En dos cuartillas pregunto, narro y describo asuntos que, supongo, serán del interés del autor de ese pequeño milagro llamado Sostiene Pereira.

Segundo encuentro

Viernes 12. A las 18 horas Tabucchi accede al aula acompañado de Sergio Pitol. Este se encargará de hacer la presentación del escritor italiano, quien ocupa el podio y durante la siguiente hora nos obsequia un cuento llamado "La estatua de la libertad".

Recién termina su lectura, se ve rodeado por una multitud. Este mar de gente está compuesto por los esnobs, por los caza autógrafos, por los que nunca lo han leído pero quieren una foto de un escritor que, les han dicho, es muy bueno. Están también, aunque son minoría, quienes se han apasionado con sus obras. Y en la playa de ese mar, muy alejado del artista, estoy yo, que quiero romper el silencio.

Los organizadores del acto son personas convencidas de que los artistas deben permanecer en torres de entradas y salidas infranqueables. Y si por casualidad el creador se atreve a mezclarse con el común de los mortales, ahí están ellos, dispuestos a regresarlo nuevamente al resguardo del que no debió salir.

Nos ordenan que dejemos de molestar al maestro, pues en breve iniciará una mesa redonda. Entonces, en lo que creo fue una estrategia para alejarse de lo solemne y de mantenerse cerca de los que lo circundamos, Tabucchi dice que irá al baño. Lo seguimos algunos, tal como lo hacen esas palomillas nocturnas que giran alrededor de bombillas en busca de luz que las ilumine.

Tabucchi parece disfrutar el convivio con nosotros. Nada, sin embargo, puede ser perfecto. Una mujer, con actitud de celadora, nos lo arrebata. Dice que el maestro debe regresar al aula porque se quiere sentar. Tabucchi hace cara de fastidio cuando se ve asido de la mano y es arrastrado al interior del salón. Corremos tras él. Unas seis personas, yo al final de ellas, alcanzamos a cruzar la puerta apenas antes de ser cerrada. Afuera ha quedado la mayoría.

De todo este jaloneo he salido beneficiado. Con sólo cinco personas antecediéndome será fácil que hable con él. Hacemos una pequeña fila de frente al escritor pero somos conminados a guardar compostura y dejar, de una vez por todas, respirar al maestro. Tabucchi no deja de escribir dedicatorias. Me niego a sentarme hasta no haberlo saludado. Por fin llega mi turno. Firma mis libros; le entrego la carta:

­Maestro, para que la comunicación sea completa; para romper el silencio. Y gracias, muchas gracias, por Pereira.

El escritor se pone de pie y me regala un semiabrazo, que no puede ser completo, pues una mesa se interpone entre nosotros.

Tercer encuentro

Hombre prevenido Tuve la precaución de anotar mi número telefónico en la carta que le entregué a Tabucchi pero nunca imaginé que llamaría. Pasada la medianoche el teléfono sonó. Al contestar identifiqué su voz. Dijo:

"Amigo, discúlpeme por hablarle a esta hora, pero acabo de leer su carta y me ha conmovido. Es una lástima que usted aparezca hasta ahora. De haber llegado unos días antes hubiéramos tenido tiempo de conocernos."

El silencio ha sido derrotado. Sostiene Tabucchi que su agenda está apretadísima. En las próximas horas quiere visitar el Museo de Antropología y recorrer el mercado de Sonora, pues está interesado en el aspecto esotérico de ese lugar. De cualquier forma, ofrece telefonearme a las cuatro y media de la tarde. Haríamos una cita para tomar un café.

Las siguientes horas las dedico a confeccionar una entrevista. Agrego y quito preguntas. Dejo únicamente las que parecen más interesantes.

A las cuatro espero su llamada. Los minutos se van, me envejecen. El teléfono no suena. Ha pasado más de una hora. Empiezo a desesperanzarme. No quiero quedarme con mi cuestionario. Tengo una opción y un problema. La primera es dejar mis preguntas en la recepción del hotel, aunque no vea a Tabucchi; el segundo es que no sé dónde pueda estar hospedado. Hago varias llamadas y no, no consigo el dato. ¡Maldito teléfono, suena! El reloj marca las seis y trece minutos. Había empezado a apoderarse de mí eso que llamamos resignación cuando recibí su llamada.

Tabucchi se disculpa. Sostiene que aún tiene que atender a unos amigos pero que estoy invitado a cenar. Sería a las nueve de la noche. Me da la dirección y me suplica dos cosas: que no hagamos nada profesional; que sea una cena entre amigos, y que lleve conmigo a una persona, sólo a una, de preferencia que sea mi pareja.

La planta baja del hotel es un laberinto que incluye tiendas, salones para fiestas y convenciones, cantinas, cafeterías y restaurantes. Nos extraviamos. Tabucchi y su mujer están en un sitio, mi acompañante y yo en otro. Sin embargo, Tabucchi se toma la molestia de buscarnos. Cuando nos encuentra, sonriente nos abraza; somos conducidos al lugar donde habremos de compartir los alimentos.

Tabucchi nos presenta a su esposa, María José, una mujer sencilla, de sonrisa discreta y mirada franca. El escritor pide que le permitamos la elección del licor. Las copas se llenan, las chocamos e ingerimos la bebida.

La pareja afirma que las ponencias en el Colegio Nacional les parecieron de buen nivel. Yo pregunto acerca de la presencia de la literatura latinoamericana
en Europa. Sostiene Tabucchi que no puede hablar de autores en particular, sin embargo, afirma que los escritores latinoamericanos ocupan un lugar importante en las librerías; son constantemente leídos y analizados. Tabucchi ­que imparte cátedras literarias en la universidad­ agrega que hay clases dedicadas exclusivamente al arte literario de esta región.

­¿Cómo son ­pregunto­ las clases de Tabucchi; cómo son los estudiantes?

­Tengo dos tipos de alumnos. Los primeros son los que acuden al aula por la obligación de acreditar una materia. Los otros, que son lo que más me interesan, me buscan en los pasillos de la escuela, en la cafetería. Se acercan a mí por gusto. Disfruto más este tipo de experiencia, ya que me enriquece mucho. En ocasiones, la gente que viene a mí para que platiquemos fuera del salón de clases me hace ver cosas de la vida que yo no había contemplado.

Tenemos ahora frente a nuestros ojos el menú de las entradas. Los Tabucchi sostienen que la comida mexicana les ha gustado mucho. Para empezar, ordenan tazones de caldo de pollo, aderezado con cebolla, cilantro y picante; quesadillas y queso empanizado. Dice Tabucchi que la comida es uno de los placeres que más disfruta. La conversación se centra en el tema de los deleites de la vida. Luego, brincamos al cine. No puedo evitar pensar y mencionar Sostiene Pereira.

­¿Qué le parece ­pregunto­ el trasvase de su texto a imágenes?

­Me gustó. La película tiene mucho de lo que había visualizado. Pero lo que más me complació fue que el papel principal fuera interpretado por Marcello Mastroianni.

­¿Qué le aportó Mastroianni a Pereira?

­Marcello y yo fuimos grandes amigos. Era sumamente tímido y sensible. Su emotividad ayudó a que se hiciera uno con Pereira. No creo que nadie más hubiera podido con la magnitud del personaje. Marcello le dio la dimensión exacta.

Nuestra plática se ve un momento interrumpida por el mesero que llega con los platos fuertes: camarones empanizados al ajillo, para las damas, filete mignon para Tabucchi, pechuga rellena para mí. Ingerimos los primeros bocados pero no olvidamos nuestra charla. Tabucchi recuerda que en la carta que le entregué digo que imparto clases de bachillerato; que hay algunos alumnos dispuestos a construir su propio conocimiento, pero en general carecen de interés por aprender. El escritor dice que eso no es privativo de México. Sostiene que en Europa la juventud muestra las mismas características. Son fácilmente manipulados por los mass media, sobre todo por ese enorme monstruo que es la televisión.

Portugal
Foto: El País Semanal

"Los tiempos han cambiado ­sostiene Tabucchi­ y con ellos nuestros jóvenes. Lo que podríamos llamar rito iniciático tarda más en llegar en estos días. En mis tiempos, el simple hecho de ir a la escuela era ya una experiencia de inicio, de captar aspectos importantes de la vida. Para lo mismo podía servir enamorarse por primera vez o entrar en contacto con una religión. Estos ritos eran muy sencillos y nos llegaban a muy temprana edad.

"Las cosas ahora son distintas. Los integrantes de las nuevas generaciones se dan cuenta de que están en esta vida entre los 20 y los 25 años. Los ritos iniciáticos son actualmente terribles. Arrastran a las personas a situaciones límite, por ejemplo, el uso de drogas y el narcotráfico o, como los jóvenes de Chiapas, la guerrilla; la violencia y la pobreza extremas. Desde mi óptica, aquellos jóvenes que resistan estas situaciones radicales serán los que determinen el rumbo de este planeta.

"Como pueden ver, mis observaciones suenan trágicas, pero al mismo tiempo están cargadas de un profundo optimismo. A pesar de todo, creo que las cosas encontrarán buen rumbo."

Guardamos silencio unos instantes, y así, dándole una tregua a la conversación, nos concentramos en los alimentos. Reflexiono las frases del escritor y hago una pregunta:

­¿Y qué del intelectual, qué papel juega en esta toma de conciencia que debe observar la gente?

­El papel del intelectual es ser la conciencia de la sociedad.

­Hace unos días, Carlos Fuentes me dijo que él prefiere el término de intelectual que compromete al de intelectual comprometido. ¿Usted qué piensa al
respecto?

­Tiene razón, y agregaría que para comprometer primero hay que estar comprometido con uno mismo.

"Si tú ves una flor y te provoca algo, si sientes necesidad de decir cosas acerca de ella, tienes el deber de hacerlo, y además, la obligacion de compartir
las. Del mismo modo, si ves a una niña que se muere de hambre y hay urgencia de expresar tu opinión respecto de ese problema y no lo haces, estarás en un error. Debes escribirlo, comprometido con tus propias convicciones, sin responder a los intereses de nadie. Así, quien te lea percibirá tu compromiso y se comprometerá."

­¿Qué hace Antonio Tabucchi para mantener su literatura alejada de las modas?

­Escribir sólo lo que quiero y en el momento que quiero. No hacerlo por encargo.

Los platillos han sido deliciosos. Nuestras mujeres afirman que están satisfechas; Tabucchi me mira y con voz pícara dice que nosotros aún tenemos espacio para un panino. Llega el mesero con los postres, lucen sugerentes. En un plato están colocadas cuatro tartas. Tabucchi me pregunta: qué tal si las compartimos. Acepto. Empezamos a degustarlas; apenas ha terminado la primera, Tabucchi me pregunta que si he escrito algo. Contesto que sí, que durante un año hice reseñas cinematográficas para el suplemento de un periódico y que he realizado algunos guiones para programas radiofónicos de corte cultural.

"Ha escrito también poemas", tercia mi pareja. Entonces ella y Tabucchi me ponen en aprietos. El escritor me pide que le recite alguno. Le digo que son tan pocos que no recuerdo ninguno. Mi compañera interviene nuevamente y dice que en su bolso tiene uno que escribí en días recientes y se lo di. Lo saca y pone en manos de Tabucchi; él me lo entrega y dice que quiere oírlo de mi voz. Me resisto un poco, me siento abochornado. Tabucchi me anima. Carraspeo y leo:

"Mi mirada loca circundando tu cuerpo imprescindible/ La multitud espesa de tu pelo/ Los pies serenos encima de mis huellas/ La emoción anticipada de tus senos"

Se sirve la última copa de vino. El tiempo se ha ido vertiginosamente. Las manecillas del reloj marcan ya la una y quince del domingo. El día anterior fue agotador para los Tabucchi. Podríamos extender la plática, pero sería injusto para ellos. Deben descansar un poco, pues les quedan sólo dos días para hacer muchas cosas que se han propuesto antes de dejar la ciudad de México. Intercambiamos direcciones con la promesa de entablar comunicación epistolar y aún nos permitimos cinco minutos más para retratarnos juntos. Antonio y María José, siempre generosos, nos despiden con besos y abrazos.

Sin embargo, me queda una duda que me gustaría dilucidar antes de que Tabucchi parta:

­Maestro, ¿ha pensado en el Nobel, le ha preocupado alguna vez la posibilidad de obtenerlo?

No. Si llegan los premios, bienvenidos, pero nunca escribo un libro pensando en que pueda ser galardonado. Lo que realmente me preocupa ­dice Tabucchi entre risas­ es qué voy a desayunar mañana.

Sostengo que así sucedieron las cosas

Saúl Toledo Ramos es egresado de la carrera de Ciencias de la Comunicación de la UNAM. Correo: breton66@mixmail.com

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