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El festejo de Rosario

Pablo Hiriart

Poco tenían que festejar los perredistas el 17 de septiembre, día en que tuvo lugar el último informe de la administración electa para gobernar la ciudad de diciembre de 1997 al 30 de noviembre de este año.

Cuauhtémoc Cárdenas gobernó dos años y dejó el cargo para buscar la candidatura presidencial de su partido y contender por tercera vez consecutiva por la primera magistratura.

Rosario Robles completó el periodo, y sus maneras políticas resultaron más atractivas para los capitalinos que las desplegadas por su antecesor, que solía refugiarse en el silencio o en la ignorancia de los asuntos clave de la administración para evitar comprometer una opinión acerca de los asuntos que inquietaban a la opinión pública.

Los hechos, sin embargo, resultaron ser más magros que el ruido que acompañó las acciones de la jefa de gobierno. Su presencia pública fue amenizada por una sangría económica desproporcionada en propaganda, muy por encima de lo autorizado para ejercer en ese rubro por la Asamblea Legislativa del Distrito Federal. La propaganda estuvo, casi siempre, enfocada a promover la imagen personal de Rosario Robles por sobre la información acerca de los beneficios que los capitalinos pudieran obtener debido a las obras de su gobierno.

Da la impresión de que Robles gastó en imagen personal un dinero que debió haber ido, por ejemplo, al equipamiento o capacitación de policías que no saben siquiera cómo accionar un arma frente a un delincuente que los agrede con un cuchillo.

Pero no sólo están ahí los desequilibrios presupuestales que aparecen en las cuentas de la jefa de gobierno: el sobrejercicio en propaganda (más de 100%, sólo en el primer semestre) contrasta con el subejercicio en obra pública, que en este año alcanza 40.2%.

El presupuesto en propaganda se acabó a principios de este año, lo que muestra dónde estaban las prioridades del gobierno de Rosario Robles. El hospital Rubén Leñero ­donde se atiende la gente de más escasos recursos de la ciudad­ no ha podido reabrirse porque les falta dinero para concluir su remodelación.

Seguramente veremos, en los dos meses y medio que restan a la actual administración capitalina, cómo buldozers y motoconformadoras abren y cierran zanjas en las calles capitalinas para gastarse lo que tienen que ejercer en el presupuesto de obras.

El otro gran tema, la seguridad pública, tampoco es una medalla para colgar en el pecho de Rosario Robles. Según las estadísticas han descendido manifestaciones de la delincuencia en rubros más escandalosos: el robo de autos.

Puede ser que haya mejorado la eficacia en ese renglón pero a nadie escapa que hoy es más difícil interponer una denuncia por robo de auto ante el Ministerio Público para desalentar las denuncias, también es posible reducir los índices de robo. La otra parte de la realidad en el tema de seguridad pública es que ahora tenemos manifestaciones de policías contra policías en las calles y con violencia. Incluso hemos visto plantones de policías contra judiciales por la retención de uniformados que usaron sus armas en cumplimiento de su deber.

Si esas manifestaciones de policías que golpean a comandantes porque al parecer les robaron sus ahorros se hubieran dado en cualquier estado de la República gobernado por el PRI, hoy tendríamos en el Congreso federal la exigencia de que sean desaparecidos los poderes en esa entidad donde el gobierno ha perdido el control de la fuerza pública.

Pero no todo es Rosario Robles en la capital: su Informe fue el último de la administración que inició Cárdenas, elegido por mayoría en 1997, y creó grandes expectativas entre la población.

Cárdenas prometió mucho. Desde acabar con la inseguridad pública en 100 días, ampliación del Metro, concluir el acuaférico para llevar el líquido a las zonas más necesitadas, hasta la construcción de 100 mil viviendas de interés social y constituir fideicomisos en favor del medio ambiente en la capital. De lo anterior, sólo quedan explicaciones para decir por qué no se hizo.

Así es que la izquierda, después de su primera experiencia importante de gobierno, no tiene nada qué festejar

Pablo Hiriart es director general del periódico Crónica.

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