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Martha Bátiz Zuk
Los anglosajones siempre han sido afectos, más que ningún otro grupo, a las historias de horror. No en balde fue su territorio el que vio nacer la literatura gótica, y desde los best sellers que hicieron las delicias de tanta gente en los siglos XIX y XX ha sido su mayor territorio de cultivo y expansión. Pero a partir de que se inventó el cine, los estadounidenses han sabido lucrar más aún con esta afición creando películas que uno paga por ver solamente para que lo espanten. Para eso sirve uno de los estrenos más importantes de este verano: What lies beneath (que en México se exhibe con el nombre de Revelaciones), que estelarizan Michelle Pfeiffer y Harrison Ford, bajo la dirección de Robert Zemeckis (quien dirigió Forrest Gump). La película narra la vida aparentemente perfecta de una pareja donde ambos son el ideal físico y moral del american dream cuya única hija acaba de marcharse a la universidad: ellos se han quedado con el nido vacío pero todavía con energías para continuar su largo romance, excepto por la reaparición de una tercera en discordia que los visita nada menos que desde "el más allá". Viven en una casa muy bonita, vieja, junto a un lago, lejos de los ruidos y las prisas de la ciudad. Primera convención con que debe cumplir toda cinta de horror: en caso de necesitar huir, no habrá nadie a quien pedirle ayuda. El clima es fresco, con algunos días soleados, pero por las noches caen tormentas fuertes, sobre todo a medida que el estado anímico de los protagonistas se altera en respuesta a los sucesos sobrenaturales que se generan a su alrededor. Segunda convención gótica: el clima es el reflejo de los sentimientos de los protagonistas y de su entorno. Cuando es adverso, como en este caso, funciona también como un símbolo de mal agüero. Tercera convención gótica: hay un fantasma, un alma que fue víctima de la violencia que busca hacerse notar entre los vivos. Todo esto ha sido así desde que Charlotte Brontë hizo inmortales a "Kathy" y "Heathcliff" en las páginas de Cumbres borrascosas, pero como la técnica que funciona siempre es la misma y está científicamente comprobada, la mayoría de los escritores y guionistas de horror no se atreven a desviarse de ella. En el caso de El sexto sentido salieron muy bien librados porque su director y guionista supo sorprender al espectador más allá de los típicos brincos del muerto "que no estaba muerto". Pero, por desgracia, What lies beneath no corre la misma suerte. Al personaje de Michelle Pfeiffer lo visita y agrede el fantasma de una joven muy parecida a ella. Por supuesto, ella y el espectador a su lado sigue pistas falsas durante un buen rato, hasta que al fin averigua que se trata de una muchacha que desapareció misteriosamente, y con la cual su "perfecto" esposo tuvo una relación extramatrimonial. Por respeto al lector no hablaré del final de la película (¿hace falta?), pero no se requiere ser muy astuto para imaginar hacia dónde va la cosa: el ideal del american dream se desmorona al compás de música siniestra que avisa el brinco inminente, y de repente uno ya está viendo lo que podría ser Halloween 23 con todos sus lugares comunes y momentos de mal gusto, pero con ciertas tomas descaradas que gritan que el director, cuando sea grande, quiere lograr algo que se parezca más al fabuloso Psycho, de Hitchcock (empezando con que el personaje de Ford se llama "Norman", como Norman Bates). Brincos diera. Lo que sí es interesante en esta película es desentrañar qué tiene a los gringos, la superpotencia económica y bélica mundial, muertos del susto hoy en día. Así como después de la Segunda Guerra Mundial se dieron cuenta de que el miedo había que tenérselo a las personas comunes y corrientes, capaces de hacer las peores barbaridades, y surgió de ahí el salto como objeto del temor, de Frankenstein, El Hombre Lobo y Drácula a Norman Bates, por ejemplo; y en los 70 el miedo colectivo lo sentían hacia tantas sectas que envolvieron las mentes y cuerpos desencantados de aquellas personas que despertaron del sueño sesentero con las manos vacías y sin rumbo, especialmente los más jóvenes, con lo cual El exorcista fue la película de horror parteaguas de la década; y en los 80 el objeto de temor fue la televisión, y su influencia en los niños, por eso en Poltergeist el diablo se apoderaba de la dulce Carol Anne a través de la caja idiota con estática; en los 90 los miedos de los gringos siguieron siendo igual de claros. Todo esto es parte de la convención gótica que mencioné al principio: lo que se expresa es un espejo que exhibe, algo disfrazados, los miedos de la sociedad que representa (por eso, dentro de su amplio espectro, caben también las cintas y los asuntos relacionados con la ciencia ficción, por ejemplo). Películas como Scream y Sé lo que hiciste el verano pasado, entre muchas otras mejores o peores, reflejan la inestabilidad y agresividad incontrolable de los adolescentes estadounidenses: el que se maten en las escuelas a balazos, con navajas o a golpes es noticia en los periódicos. El que se mueran con glamour y la dulce cara aterrorizada de Drew Barrymore o de la menos encantadora Neve Campbell, es la respuesta cinematográfica, lucrativa y exportable a esta realidad. Los estadounidenses no saben qué hacer con sus adolescentes, se les han salido de control. Eso se nota en la televisión, las revistas, los periódicos, y en las calles de su país. Dicen que es una de sus mayores preocupaciones, pero no saben cómo resolverla. Por eso intentan di-gerirla y la venden en cine. En What lies beneath quien se entromete en este matri-monio "perfecto" es una bella jo-vencita. Ella paga su osadía con la vida. Luego, el hombre infiel también debe enfrentar las graves consecuencias de sus actos. Esta película no sólo insiste en que es a los jóvenes y a sus acciones impulsivas, irresponsables e incontrolables a quienes hay que tenerles miedo sino que es, a su vez, condenatoria y moralina: "Si te metes en una relación matrimonial, puedes pagar con tu propia vida"; "si le eres infiel a tu esposita linda, te va a ir muy mal y te puedes morir" (ya no mencionemos ni siquiera el Sida, por obvio). Y, por otro lado, está lo interesante que resulta un hombre maduro para una jovencita inexperta. Y lo motivante que puede resultar para un cuarentón sentirse deseado por una chavita bien buena (aunque esté casado con la guapa Michelle Pfeiffer). Los gringos siguen jugando con la doble moral que siempre los ha caracterizado, que domina todas sus acciones y opiniones y que vende maravillosamente bien. De eso se trata esta película. Le apuesto que desde el principio intuirá cuándo va a aparecerse el fantasma (aunque, como le digo, hay pistas falsas dizque para hacerla más interesante y menos previsible, supongo). Va a saber de antemano cuándo el muerto no está muerto, y cuándo tiene que prepararse para gritar y cuándo no. La cinta es entretenida más allá de la mitad y las actuaciones de Pfeiffer y Ford son buenas, pero realmente el final es de lo más obvio, manido, previsible, poco sutil, cursi y torpe que he visto en los últimos meses, y ni los actores logran salvarlo del desastre. Recomendable, si acaso, sólo para dominguear. O como un vistazo a la moral gringa que sigue siendo tan inflexible como en tiempos de la quema de brujas de Salem, aunque ellos digan lo contrario Martha Bátiz Zuk es escritora. Su novela más reciente es A todos los voy a matar (Ediciones Castillo).
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