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textos Patio trasero
Ignacio Basauri
Si nos limitamos a la plataforma pública de los principales candidatos a la Presidencia estadounidense, el demócrata Albert Gore y el republicano George W. Bush, México es apenas un término accidental en el atropellado castellano de los discursos con que pretenden atraer al cada vez más determinante voto de los estadounidenses de ascendencia latinoamericana. En el discurso político de ambos candidatos, México es el lugar de común definición racial para referirse a los millones de votantes que comparten el español como lengua materna y que, de acuerdo con los estrategas de los dos partidos, constituyen el elemento que inclinará la balanza en los cinco estados de la Unión Americana con mayor número de votos electorales. El actual proceso electoral estadounidense es quizá el más complejo de la historia reciente. Y tal complejidad poco nos permite anticipar el efecto que tendrá sobre las relaciones bilaterales con México, pero si la reciente visita del presidente electo Vicente Fox a Estados Unidos sirve como muestra de lo que vendrá, entonces enfrentaremos una administración parroquial cuya principal preocupación en materia de política exterior serán los "grandes temas" del Medio Oriente, Europa, Rusia, China y Corea del Norte. México y el resto de América Latina quedarán atrapados en el reducto de la inmigración indocumentada, la lucha contra el narcotráfico y la expansión de las oportunidades comerciales para los exportadores estadounidenses, temas propiedad de la agenda cuasi doméstica donde la administración Clinton encerró a todo el Así, seguiremos habitando ese espacio que los estadounidenses han dado en llamar eufemísticamente como su patio trasero, y que la realidad ha confirmado para desconsuelo de los aparatos diplomáticos representados en Washington. Pero volvamos al proceso electoral. Gore y Bush son dos políticos inmersos en y conocedores del tema México. Bush como gobernador de Texas entendió que la salud financiera de su estado dependía en gran medida del comercio con México, y procedió a establecer el marco legal necesario para liberalizar y agilizar el intercambio comercial con nuestro país. Bush se distinguió particularmente ante los ojos mexicanos por su oposición decidida a la propuesta 187, planteada por el entonces gobernador republicano de California, Pete Wilson, quien pretendía marginar a los inmigrantes de servicios educativos y de salud. Esta medida fue desarticulada posteriormente por un tribunal federal al considerarla anticonstitucional. El vicepresidente Al Gore es mejor recordado por los mexicanos durante el debate que sostuvo con Ross Perot en el transcurso del tumultuoso periodo que Esta familiaridad con México está ausente en las campañas. Quizá porque la expansión económica más prolongada de la historia haga a los estadounidenses distraídos de lo que sucede afuera de sus fronteras, o porque a pesar de la imagen de inclusión que los dos candidatos han querido dar a sus plataformas, la política en este país continúa coloreada por el intenso racismo que divide a la sociedad que pretenden liderar, el tema mexicano ha sido el invitado que nadie extraña. Para algunos observadores esta ausencia es positiva, pues generalmente ante la opinión pública estadounidense la figura de México está asociada con narcotráfico, migrantes indocumentados, corrupción, Cancún, Acapulco y Puerto Vallarta, en ese orden, y que no sea mencionado les quita a los candidatos el riesgo de perder los votos de algunos de sus grupos de electores susceptibles a cualquiera de esos temas controversiales. Mientras, el discurso de las dos campañas sobre política exterior se ha limitado exclusivamente al tema de defensa estratégica contra un ataque nuclear, e identificar a los posibles autores de tal agresión. En la plataforma adoptada por los partidos durante sus respectivas asambleas la agenda internacional está dominada por las posiciones respecto del proceso de paz en el Medio Oriente, el desarrollo en Africa, las relaciones con Europa a través de la OTAN y los temas de Rusia y la consolidación económica en Asia. Sobre México, como dicen los gringos, cero, zilch, nothing, nada. El tema mexicano está incluido en subagendas domésticas: narcotráfico, comercio, inmigración. Es más, salvo el tema del tráfico de drogas, ya no estamos considerados como riesgo a la seguridad nacional, y los temas que trajo consigo Fox durante su visita del mes pasado, profundización en la integración comercial, apertura de la frontera con Estados Unidos, entre otros, fueron recibidos con la frialdad educada que seguramente heredaron de sus antepasados británicos. Decía un ex presidente de la Cámara de Representantes del Congreso que en Estados Unidos "toda la política es local" all politics is local. Este proceso electoral lo confirma con los discursos ensayados al cansancio frente a focus groups, sobre temas definidos por miles y miles de encuestas de opinión, aplicadas a muestras en cada una de las regiones del país que representan al corazón de la nación, ese prototípico estadounidense, blanco, de edad mediana, empleado, casado, con dos hijos por lo menos, cristiano, que va a la iglesia al menos una vez por semana y que sus preocupaciones son, en ese orden, la educación, los planes de salud, el programa de pensiones y la economía. En ese océano de prioridades, el destino de nuestros compatriotas en Estados Unidos, las relaciones con México y, por ende, la lucha contra la producción, tráfico y consumo de drogas, son apenas islotes incidentales cuya mención seguramente distraería al electorado de consideraciones más importantes. Sin embargo, la realidad tiene formas muy interesantes de imponerse. California es la primer entidad de Estados Unidos donde la población anglosajona es ya oficialmente la minoría. En sólo cinco años más los llamados hispanos serán la minoría más grande en el país, y de continuar las tendencias, para finales de este siglo representarán casi 40% de la población total. Y lo que hoy es apenas una mención obligada por la etnicidad de la audiencia y el pragmatismo del voto definitorio, en el futuro será respuesta obligada a una interacción más profunda, innegable pues
Ignacio Basauri es corresponsal de Notimex en Washington. |
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