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Cicatrices
15 años del día que nos cambió a todos

Gastón García Miranda

Tlatelolco en 1985
Foto: Luis Humberto González/Silva

Un tono rojizo teñía el cielo de aquella mañana apresurada en el trayecto al trabajo. Ignorantes de lo que estaba por ocurrir, millones de personas ingresábamos a la cotidianidad. Era el 19 de septiembre de 1985, el día en que la fatalidad nos hizo abrir un paréntesis, nos dio una pauta para detenernos y descubrir ante un espejo que nuestro rostro había cambiado.

Dentro de uno de esos edificios vetustos que llenan de nostalgia el ambiente del centro capitalino, el crujido de la tierra indómita y colérica se tradujo en un movimiento brutal nacido en sus entrañas; al cabo de segundos, la noche cayó repentina para miles de seres que no supieron acaso lo que pasó; simplemente la muerte los arrulló en un sueño interminable.

Entonces dio comienzo el desfile de sentimientos colectivos encontrados y experiencias nuevas. Angustia, incredulidad, pánico y agonía, pero también de la hermandad solidaria con el desconocido, del abrazo consolador. En la pasarela, un gobierno incapaz de reaccionar, rebasado por la emergencia y presa de su burocrática inmovilidad.

Quince años después vuelven a la mente racimos de relatos que no dejan de pulverizar el corazón en cada evocación. La joven mujer de mirada extraviada se presentó cargando el cuerpo inerte de su pequeño. En medio de su delirio, pudo contar que algo cayó e hirió al bebito que lloraba por el dolor insoportable, escupiendo sangre. Al comprobar que nada podría hacer por él ­recordó con sonrisa también extraviada­ decidió ahorcarlo para apagar su sufrimiento.

­Mire, sienta cómo está todo rotito por dentro ­dijo antes de que alguien se la llevara al psiquiátrico.

Aquella otra señora de la colonia Roma, quien contó que en el momento del sismo, su hija y ella se refugiaron en el arco de la puerta del baño, en el cuarto piso que ocupaba su apartamento.

Abrazadas, orando, aguardaban el final del movimiento, la madre en la entrada del baño y su hija en la salida. Fue justamente esa la frontera entre la salvación y lo irremediable. La casa se desgajó.

­Tuve a mi hija durante algunos segundos sosteniéndole sus brazos, pero sentí como si alguien la jalara por abajo. Empecé a perder fuerzas, mientras sus manos empezaron a resbalar entre las mías. Me echó una última mirada y finalmente la vi perderse en el vacío.

Transcurrieron ya 15 años. Aunque las heridas han sanado, las cicatrices nos marcaron a todos, cambiaron el rostro de esta ciudad. Están todavía ahí para que no olvidemos las frenéticas sacudidas de la tierra que aquella mañana negra de jueves nos convirtieron en el festín de la muerte vestida de gala.

La lección fue más allá Tragedias de tales magnitudes no volverían a tomarnos descuidados o divididos. A flote salieron construcciones deficientes que evidenciaron una corrupción hasta ahí tolerable. El falso nacionalismo no salva vidas ni atenúa los daños; tampoco logra tapar el sol para ocultar realidades. Por desgracia, la rapiña sobrevive al paso de los siglos, como una capa en la piel de la sociedad.

El regreso a esa jornada devastadora no pretende remover heridas ni llamar a la puerta de la casa del morbo. Todos deben saberlo: México reencontró el camino que había extraviado durante las contingencias, envuelto en divisiones, ignorancia, rencores y grandes distancias con sus autoridades. Los medios electrónicos despertaron también de un largo sueño que les impedía darse cuenta que su función iba más allá de vender espacios comerciales en el aire. A partir de entonces son capaces de voltear a ver a la calle y atender las demandas sociales.

Tal vez el 19 de septiembre quedará como el día de la muerte del corazón de la República, o bien del nacimiento de quienes necesariamente fuimos otros, al salvar la vida, al tender una mano, al sanar al herido, al llorar el dolor ajeno. Para el sábado, las últimas partículas del polvo levantado jueves y viernes habían caído al suelo. Un nuevo recorrido por las calles del centro sirvieron para reconocer sus heridas; los quejidos provenientes de aquellas montañas de escombros habían cesado.

Al final del recorrido por las calles rotas y pestilentes, ya cansado, me vi de pie ante la bandera del Zócalo ondeando a media asta, sin otra alma en su explanada. Fue hasta ese instante cuando con la cabeza gacha y la vista distorsionada por las lágrimas, el dolor recorrió mi cuerpo, mientras el viento alborotaba mi cabello; me había percatado de la pérdida de amigos y compañeros, del tamaño del dolor de tantos hombres, mujeres y niños, hoy viudos o huérfanos; de saber que la muerte sació hasta el hastío su sed de sangre.

Antes de regresar a casa, recuerdo haber lanzado la pregunta más común que los hombres formulamos ante la tragedia: "¿por qué?"

Gastón García Miranda es jefe de Información del programa radiofónico López-Dóriga en Radio Fórmula.

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