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difusiones Culpígenos
Francisco Báez Rodríguez
Algo hay en el suicidio de Raúl Ramos Tercero que conmocionó a la sociedad mexicana. Muchos han visto en ese acto extremo la señal de que algo sigue podrido en el país. Es cierto. El ex subsecretario culpó a los medios, afines al escándalo, de su muerte autoinflingida. En particular, escribió una carta póstuma al director del diario Reforma donde se queja de que ese periódico el primero en dar a conocer antecedentes de Cavallo, el director del Renave no responde de sus hechos ante nadie. Ramos Tercero se sintió víctima propiciatoria de un linchamiento por venir y, por ello, al parecer, se quitó la vida. Una parte de los analistas en los medios han respondido a esta culpabilización diciendo que ciertamente es necesario un análisis de la responsabilidad y límites morales del accionar de los medios, pero que eso no impide que el tema siga siendo el Renave. Por importantes que sean ambos temas, lo que realmente ha generado muchos comentarios en casa, calles, cafés y lugares de trabajo ha sido el drama personal de Ramos Tercero, con sus implicaciones psicológicas. Resulta paradójico constatar que el debate no haya tocado ese punto, el de verdadero interés colectivo, más que marginalmente. Estamos demasiado ocupados en lo políticamente importante como para abordar lo humanamente relevante. Hay varios elementos que llaman la atención en ese enigmático suicidio. El primero, sin duda, es la forma espectacular y particularmente dolorosa como ocurrió. El segundo, el extraño contenido de las cartas y su tono todavía más extraño. El tercero, la descripción que del occiso hacen quienes lo conocieron, así como distintos grafólogos consultados. Lo que yo veo, como simple espectador, es un hálito de muerte generalizado. Un método para quitarse la vida especialmente autoflagelante; Ramos Tercero escogió para sí algo más que la muerte: un castigo atroz producto de quién sabe cuáles inmensas culpas cebadas desde hace quién sabe cuánto tiempo. Cartas que revelan mucho detalle para el trabajo y una gran incapacidad para demostrar el amor que tenía para sus familiares. Una personalidad que es descrita como perfeccionista, quisquillosa, obsesiva, seria, eternamente preocupada: el retrato de un hombre infeliz. Si a eso agregamos el contexto, encontramos un coctel francamente desagradable.Qué es el Renave, además de un gran negocio venido a pique? Es un sistema automático de control. Como concepto y materia de trabajo, más allá de su posible utilidad social, es algo totalmente alejado de lo humano: computadoras que ordenan registros de máquinas. ¿Y quién lo dirigía? Un novio de la muerte. Una persona que según los pactos internacionales vigentes es considerada como "enemigo de toda la humanidad". Las misivas familiares de Ramos Tercero sorprenden por su falta de calidez. De Cavallo se ha dicho que impacta su impasibilidad en todo momento. Del argentino pocos saben que es un matemático reconocido y se dice que obtuvo la concesión para Renave porque fue el único capaz de obtener y explicar un sistema de algoritmos de tercer grado, necesario para dicho registro. La muerte es fría como los números. Pienso que el impacto de la muerte de Ramos Tercero ha sido tan grande porque nos ha obligado a hacernos preguntas absolutamente importantes. No la del papel de los medios, no la del escándalo de una concesión mal otorgada, sino las preguntas relacionadas con los valores vitales, esos que se forman desde la infancia y que la sociedad refuerza con la conformación de nuestras prioridades (¿trabajo reconocido?, ¿imagen sin tacha? ¿alto nivel económico?, ¿"triunfos" o "logros"?), con la esencia de nuestra existencia individual y colectiva, con la felicidad. Mañanas diferentes Y hablando ya no de cosas mortecinas, sino vitales, hay ocasiones en las que El mañanero, que conduce Víctor Trujillo en Canal 40, resulta un oasis entre noticieros "serios" repletos de notas policiacas. En el programa de Brozo uno, la verdad, se entera de muy pocas cosas, pero la pasa a gusto. Es, también, una demostración de que cuando hay humor en la conducción y en la producción y cada quien sabe sus límites y virtudes, lo de menos es el gasto. Porque El mañanero es un programa verdaderamente parrapa. O pandroso, para entendernos todos. Brozo es muy agradable y, a veces, sabio; Camacho el especialista en deportes sabe su tema; los patiños saben de su impreparación y también dónde pisan; además el programa cuenta con el mejor meteorólogo que ha dado la televisión mexicana en su historia, alguien que sabe ser exacto por impreciso: el Capitán (y de seguro Licenciado) Guarniz Francisco Báez Rodríguez es subdirector general del periódico Crónica. |
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