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Desplome del euro
Economía sólida, moneda frágil

Ciro Murayama

Foto: Philippe Wojazer/Time

A lo largo de las últimas semanas, la joven divisa europea ­el euro­ ha llegado a un nivel de depreciación frente al dólar que lo coloca en 86 centavos de la moneda estadounidense, lo que significa una caída desde su nacimiento en enero de 1999 de 27%. La pérdida de más de una cuarta parte de su valor en menos de dos años es lo suficientemente drástica como para descalificar la viabilidad del propio euro para los 11 países que se embarcaron en el novedoso y ambicioso proyecto monetario.

Sin embargo, habría que acercarse a las causas de la depreciación del euro y a sus implicaciones para saber si se trata de un fracaso de la moneda única o de una situación adversa que puede ser manejable teniendo una sola política monetaria en la zona euro.

En efecto, desde su arranque la moneda única no ha dejado de retroceder frente al dólar, ha sido el periodo de mayor dinamismo de la "nueva economía" estadounidense que crece veloz y llega al pleno empleo sin generar inflación desorbitada. Este hecho supone, de por sí, un fortalecimiento del billete verde que no significa que el euro vaya mal. Hasta hace pocos meses, este escenario de apreciación del dólar en Europa se observaba sin mayor preocupación porque representaba una mejoría en la competitividad precio para los productos de exportación. En todo caso, la preocupación era más en términos de opinión pública: durante el dilatado proceso de discusión y puesta en marcha del euro; uno de los argumentos más socorridos por sus impulsores consistió en defender la necesidad de una "moneda fuerte" europea que plantara cara al dólar y al yen en los mercados internacionales. Y, por supuesto, el euro está muy lejos de proponerse el cumplimiento de ese rol.

Pero hay otro elemento que pesa contra el euro: la subida de los petroprecios, impulsada en parte por el propio ciclo económico ascendente que se vive en Europa. Así, el viejo continente está creciendo a tasas superiores a las previstas (el último reporte es de 3.9% anual en la zona euro) y ello implica una demanda futura de carburantes que un mercado con producción autorrestringida ­por la caída del precio del crudo el año pasado­ no puede elevar de un día para otro. De esa forma, lo que se eleva es el precio que da lugar a presiones inflacionarias (por el momento se mantiene el índice de precios en 2.4% en la zona euro) que ahuyenta a los posibles inversores financieros que con sus recursos apuntalarán el valor del euro.

Pese a este panorama, la economía europea muestra una elocuente evolución del producto y persiste en la reducción de las altas tasas de desempleo que aún padecen el grueso de sus países miembros.

El Banco Central Europeo ha tratado de detener el desliz del euro aplicando alzas a los tipos de interés que, sin embargo, en lugar de atraer capital, confirman una política monetaria que eventualmente puede inducir una desaceleración del crecimiento por lo que, para los inversores y colocadores de capital, más vale orientar la vista y la lista de inversiones a Estados Unidos, tal como ha sucedido. Entonces, ¿qué puede hacer en realidad la autoridad monetaria europea para contener la depreciación de su divisa? Mi respuesta es poco o nada.

La poca confianza de los "agentes" en la economía de la zona euro se debe más a un error de percepción (hay crecimiento y los indicadores nominales macro están bajo control) y al deslumbramiento que produce la economía estadounidense que a un fracaso de la moneda única. No tenerla permitiría a los países miembros practicar devaluaciones diferenciadas, pero también la ausencia de una moneda común las propiciaría, afectando así a los socios de las economías menos desarrolladas.

Al final, los precios del petróleo tendrán un límite, mientras que la economía estadounidense se acerca a su techo de crecimiento en este ciclo, por lo que a mediano plazo la caída del euro no tiene por qué agudizarse en demasía y llegarán, ahora sí, las correcciones que el propio mercado induzca para fijar un nivel de intercambio adecuado entre las divisas estadounidense y europea. Así, se trata de un dolor de cabeza pasajero más que del preludio de una crisis. Aunque claro, siempre es más cómodo augurar la catástrofe económica para que, si uno se equivoca, pueda decir que fue para bien

Ciro Murayama es profesor de la Facultad de Economía de la UNAM y doctor en Ciencias Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid.

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