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La mujer, sujeto social
Diferencia no debe ser desigualdad

Alejandrina Ponce Avilés

Una cosa es renegar del rol
y otra de la identidad...

Marcela Serrano

 

Foto: Jerónimo Arteaga

En 1996 Imanuel Wallerstein,1 presidente de la Asociación Internacional de Sociología, sostuvo reiteradamente que, las ciencias sociales y en particular la sociología, la economía y la ciencia política deberían considerar la dimensión de género (además de clase y etnia) en el análisis de los procesos sociales para intentar explicaciones más amplias, precisas y profundas sobre los nuevos problemas y preguntas surgidos en las sociedades actuales.

Años antes, disciplinas como la antropología, la psicología, la historia y la literatura se mostraron más receptivas con la problemática femenina, por lo que sus reflexiones estaban más desarrolladas; las ciencias sociales veían con cierta reserva las categorías de género debido a que era una variable no siempre presente en las investigaciones concretas y sólo marginalmente apreciadas en las formulaciones teórico-metodológicas más aceptadas.

Específicamente para la economía, la desigualdad entre hombres y mujeres se identificó como una contradicción secundaria confundida en el conflicto de clases.

En la ciencia política de los estudios de Michel Foucault (Microfísica del poder e Historia de la sexualidad) fueron objeto de análisis sin llegar a reconocerse como estudio de género, pues los hallazgos, la interrelación femenina y la política se encontraron en el ámbito de la subjetivización de los actores políticos en una perspectiva de micropoder manifiesto en el estudio de las organizaciones y la familia.

No obstante, es de uso común que los estudios de sistemas de género no son patrimonio de una corriente de pensamiento o perspectiva teórica particular, tampoco de una disciplina específica en las ciencias sociales.

Es necesario decir que la evolución de los sistemas de género pasó por distintos estadios, y es muy probable que la literatura haya sido la primera disciplina (arte) en valorar armoniosamente las descripciones femeninas por medio del análisis literario que la sociología interpretó en modos y costumbres, como reflejo de la organización social mexicana.

De esta etapa destaca como elemento de la fragmentación en el discurso femenino, es decir, la duplicidad de funciones de la mujer desempeñándose ya sea como ama de casa, amante, empleada, empresaria. El compromiso de la sociología y la literatura en ese momento fue resaltar (o describir en el caso de la literatura) una de estas funciones, sin la intención de valorar en términos globales la problemática de la mujer.

Un segundo intento por entender la convivencia de género fue el desarrollo de leyes y normas para proporcionar herramientas de defensa en temas como divorcio, matrimonio, excepciones en la penalización del aborto, participación electoral y con menos rigor en la Ley Federal del Trabajo.

Para apreciar la evolución de estas etapas se debe tomar en cuenta una doble óptica, por un lado: "La institucionalidad del feminismo como metodología para abordar los estudios sobre la mujer" y, por otro: "La relativa minoría de sujetos sociales femeninos que se constituyen en la esfera de lo público".

La etapa actual de la evolución femenina se encuentra involucrada con estos dos elementos que en realidad son los desafíos que enfrentan académicas y funcionarias públicas en este momento.

La institucionalidad del feminismo2 como metodología para abordar los estudios sobre la mujer se relaciona con la cultura política mexicana la que, según los expertos (Almond y Verba)3, es de "súbdito", es decir, que la participación política tiene más apego a las instituciones tradicionales que a la cultura cívica; esta última supone cierto grado de autonomía entre la participación política y la distribución del ingreso. Como consecuencia de la cultura política con el mencionado carácter de súbdito en México, la participación femenina en los asuntos públicos es más lenta que en otros países donde hay una cultura política cívica.

Sin embargo, las transformaciones ideológicas surgidas en 1968 cuestionaron la hegemonía patriarcal y los modos universales de estudio de la mujer buscando forjar el ámbito de lo pensado, hablado y escrito por las mujeres sobre las mujeres.

Esta corriente propició a largo plazo sexismo y prejuicios de género tan lamentables como el machismo, los cuales llegaron al extremo de usar el género como categoría necesaria para el estudio de la mujer. Muchas veces el abuso en la condición de género limitó y entorpeció el desarrollo de los análisis e investigaciones sobre la mujer hechas por hombres.

De acuerdo con la sociología, la condición de las mujeres es una cuestión del orden de la construcción político-social que se explica fundamentalmente por dos fenómenos importantes: la capacidad de reproducción y la capacidad de trabajo.

En las sociedades más complejas, la organización jurídico-política y la división del trabajo adquieren autonomía relativa respecto del sistema de género, esto debido a que las mujeres al abandonar el hogar en busca de empleo se convierten en sujetos sociales en el ámbito público, y es en esta esfera cuando el Estado, a través de su organización jurídica, determina quiénes son sujetos de derecho, como ciudadanos(as) y cuáles son sus garantías y responsabilidades.

En México, además del factor de la cultura política, han incidido otros elementos dificultando la consolidación de la mujer como sujeto social, entre ellos figura la reciente incursión de la mujeren los procesos electorales, a partir de 1952 durante el gobierno de Adolfo Ruiz Cortines. Si consideramos ese dato, notaremos que en 46 años es difícil cambiar modos y costumbres que identifican a la autoridad como masculina.

En realidad, la participación femenina no se reduce únicamente a la faceta electoral a través de la representación popular por que antes de 1952 la contribución de la mujer se manifestó en la organización sindical, la difusión de la enseñanza, la producción artesanal y el reclutamiento militar. Y actualmente en la toma de decisiones donde se le reconoce oficialmente como parte de la dinámica del sistema político. Esta incursión se genera en el fenómeno de la industrialización que trajo consigo el proceso de modernización mexicano, generando como uno de los primeros rasgos de la sociedad mexicana urbanizada a raíz de la década de los 60 "la participación femenina en la fuerza de trabajo".

El empleo femenino cubre distintos frentes, la sociología política se ha dedicado a estudiar la relación entre trabajo doméstico y mundo laboral debido a que la división social de la ocupación femenina está acotada por las condiciones personales y familiares como la edad, estado civil, escolaridad, composición del hogar y carga doméstica, pues la determinación en la composición y organización del hogar limitan o posibilitan la permanencia de las mujeres en el mercado de trabajo.

La metodología usada para estudiar su evolución son los estudios de casos y entrevistas de historias de vida, etcétera. En el caso concreto de funcionarias y académicas, las condiciones de vida personales y familiares (nivel de instrucción, edad) permiten calificarlas como mano de obra especializada, es decir, calificada y minoritaria en relación con el universo femenino laboral que cubre la mano de obra en el sector informal. El total de las mujeres ocupadas desde 1996 (43%) gana menos de un salario mínimo o no recibe ingresos; 60.15% no cuenta con prestaciones, cerca de 27% no tiene instrucción o no terminó la primaria, y 58.37% trabaja más de 35 horas a la semana.4

Estos factores, como edad y nivel de escolaridad, son clave en la oferta de mano de obra femenina debido a que actúan como criterios de contratación en los mercados de trabajo. No obstante, la incorporación masiva de la mano de obra femenina durante la década de los 80 es uno de los efectos de la recomposición del capital en el mundo como consecuencia de la ejecución del modelo neoliberal que por sus características de competitividad busca mano de obra barata y en completa indefensión sindical.

México no es una excepción en este caso, sin embargo, habría que advertir que el concepto de marginalidad que de 1960 a 1976 englobaba al empleo informal hoy es considerado incluso en las encuestas oficiales como reestructuración de la mano de obra.

La construcción femenina como sujeto social está asociada entonces al fenómeno de la reproducción y la producción. No obstante es fundamental ver cómo en el sistema político y más específicamente en la sociedad, las mexicanas han enfrentado severos retos sociales y culturales a partir de los cuales ocupan ya un lugar prioritario.

El primer rasgo de este desafío es que en casi todos los espacios y particularmente en los de carácter público, la presencia femenina tiene todavía relación con las condiciones individuales ya mencionadas para incorporarse al empleo. Debido a estas características hablamos de una doble jornada de las mujeres que laboran tanto en el ámbito informal (vendedoras ambulantes, dependientas, trabajadoras a domicilio), como en el estrictamente formal (el empleo público).

Esto me lleva a plantear entre los desafíos de las funcionarias públicas la necesidad de apoyar la ejecución del servicio civil de carrera que por la compactación de horarios le permitiría mayor movilidad entre su empleo y hogar reflejándose en mayor atención a sus hijos. Asimismo, la necesidad de ampliar la estructura de guarderías, lo que proporcionaría funcionarias más despejadas de las responsabilidades y estrés del hogar.

En los cursos de inducción a las secretarias que forman parte del gobierno federal sería necesario organizar seminarios en los cuales la participación femenina en la toma de decisiones sea vista como un hecho de cotidianidad y no como mera concesión; esto traería consigo autoestima que se reflejaría en un nivel más elevado de solidaridad y compromiso.

En la medida que la modificación de estas condiciones sea vista como una necesidad y no como un hecho discursivo recurrente cada 8 de marzo, será posible comprender la madurez de nuestra sociedad, inscrito en un proceso de modernización de la administración pública federal que traerá consigo equidad, eficiencia y productividad.

Por otro lado, según datos ofrecidos por el Conacyt en relación con las becas otorgadas en este año, 30% son para mujeres (233 en números absolutos) y 70% (593 n.a.) para hombres, de un total de 776 becas al extranjero concedidas por esta institución que, comparativamente al año anterior, registró un aumento debido a que de las 840 becas totales 26% (218 n.a.) fueron para mujeres y 74% (622 n.a.) hombres.5

Este saldo nos deja claro que la mujer mexicana tendrá otro lugar y otra experiencia, otro conjunto de necesidades y seguramente nuevas y demandantes visiones de la vida, la política y la sociedad. En conjunto será un sujeto social con mayores posibilidades de ser tomada en cuenta en la elaboración de las decisiones públicas del Estado mexicano

Notas

1 Imanuel Wallerstein, Abrir las ciencias sociales, México, Siglo XXI, 1996.

2 Teresita de Barbieri, "Género, una dimensión de la desigualdad social", en Universidad de México, núm. extraordinario, volumen III, 1998.

3 G. Almond y S. Verba, The Civic Culture. Political Attitudes and Democracy in Five Nations, Princenton, Princenton University Press, 1963.

4 María Luisa González Marín, "El proceso femenino informal en el proceso de la globalización de la economía mexicana", en Universidad de México, núm. extraordinario, volumen III, 1998.

5 Fuente: Conacyt.

Alejandrina Ponce Avilés es licenciada en Ciencias Políticas por la UNAM. Correo: fazoleto@yahoo.com

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