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la granja


Raúl Trejo Delarbre

1 Carlos Castillo

Foto: Salvador Castellanos/Silva

Nunca imaginé que la fotografía de Carlos Castillo Peraza pudiera ocupar la portada de etcétera. Varios de sus ensayos fueron el tema principal en algunas de las ediciones de este semanario. Pero su foto, con la mirada reflexiva y exigente que aparece en la carátula de este número, sólo se ha debido a la pésima noticia que nos conmovió el sábado pasado.

Nadie sabe todo lo que Castillo Peraza tenía por aportar a su país, a sus amigos y a su familia. Muestra de ello son los textos, de varios de sus allegados más queridos y de él mismo, que etcétera tiene el honor de publicar en la siguiente página y en el suplemento que aparece en las páginas centrales de esta edición.

Hubiéramos querido dar a conocer el fragmento de su novela en otras circunstancias. Uno o varios miembros de nuestra redacción habrían ido a brindar con él y quizá habrían terminado entonando alguna de las canciones yucatecas que a él le conmovían el alma.

En vez de ello, tenemos que conformarnos con este homenaje editorial, y personal.

 

2 Generoso, riguroso

Foto: Marcos Olaf

No recuerdo cuándo conocí a Castillo Peraza. No puedo preciarme de haber sido su amigo, como sí lo fueron varios amigos míos. Pero creo que siempre tuvimos un trato más allá de la cordialidad formal.

A comienzos de los 90 Carlos Castillo me entregó un ensayo suyo que a la postre sería muy importante en su obra de análisis político ("La cultura del mural", se llamaba) para un suplemento que hacíamos en El Nacional. Una vez publicado el ensayo, Carlos me buscó para pedirme que apresurase el proceso para que se lo pagaran. Tenía alguna urgencia que atender. Desde luego la remuneración salió de inmediato. Siempre me lo agradeció, aunque yo no había hecho más que un trámite que formaba parte de mis obligaciones. Me resultó evidente que no era un líder político, como tantos otros, al que le sobrara el dinero. Pero también aprendí que Castillo Peraza sabía reconocer, y recordar, esos pequeños pormenores.

Cuando hace dos años renunció a la militancia política para dedicarse a escribir y reflexionar, le preocupaba cómo resolvería sus necesidades financieras.

No era una persona adinerada aunque logró vivir con decoro. Dicen que era muy desprendido. O generoso, para expresarlo de otro modo.

El fin de semana pasado, cuando la radio comentaba su fallecimiento en Alemania, varios escuchas llamaron para relatar episodios de magnanimidad de Castillo Peraza. De la misma forma, era muy exigente consigo mismo y los demás.

 

3 Política y espíritu

Carlos Castillo (derecha), en
un aniversariode etcétera

Recuerdo una conversación telefónica con él, quizá a mediados de 1993. Ya era dirigente de su partido y el PAN acababa de ganar varias posiciones municipales muy importantes. Lo que me preocupa, le dije, es la intolerancia de la derecha panista."No te preocupes -aseguró-. Son pocos y los tenemos controlados". Quizá él era demasiado optimista. Todavía hoy espero que haya tenido razón.

Los editores y colaboradores de este semanario tuvieron la ocasión de charlar y brindar con Castillo Peraza en nuestras celebraciones de aniversario, cuando todavía las hacíamos, a comienzos de varios febreros. Por ahí tenemos las fotografías del dirigente panista, soberbio y contento delante de varios interlocutores, todos más jóvenes que él y casi todos reputados, al menos en aquellas fechas, como de izquierda.

El encanto y la capacidad persuasiva de Castillo Peraza convenció a varios de esos escritores jóvenes a simpatizar con la candidatura presidencial del PAN en 1994. A varios de nosotros nos parecía abominable que votaran por la opción que considerábamos de derecha, pero cada quien su voto.

Quizá en aquellas épocas se avivó la simpatía de Castillo por este semanario. Poco después, en enero de 1995, me llamó para enviar un autorretrato que había escrito en respuesta a la semblanza suya que, pocas semanas antes, publicó Marco Levario Turcott. Allí Castillo hacía precisiones fundamentales: soy católico pero no sólo malo sino malísimo, nunca quise ser jesuita pero admiro a la Compañía de Loyola, no bebo whisky sino ron, me gusta el vino blanco seco.

Tres semanas más tarde, para la celebración del segundo aniversario de etcétera, varios miembros de nuestra redacción buscaron, hasta hallarlo, un vino blanco digno de nuestro nuevo colaborador. Uno de los meseros tenía el encargo expreso de cuidar que a su copa no le faltara aquella bebida. Se habló del espíritu y la espirituosidad. Y de mucho más. Quizá de allí surgió la amistad de Castillo Peraza con nuestro subdirector, Marco Levario, cuya desazón personal no le ha impedido coordinar el suplemento de esta edición.

 

4 Con los medios

Foto: Salvador Castellanos/Silva

Voté por él en las elecciones de 1997 por el gobierno de la ciudad de México. No me atreví a cruzar el logotipo de su partido: anoté su nombre en el espacio para candidatos sin partido y me aseguré de que el presidente de casilla tomara en cuenta ese voto.

Era, a esas alturas, una causa perdida. Pero era la única opción decorosa. En aquella campaña fue un candidato de ideas, frente a la pobreza de las otras dos opciones competitivas. Ahora hay quienes dicen que Castillo perdió esa elección por su enemistad con los medios pero no es cierto. La perdió debido a la avalancha cardenista.

De todos modos su exigencia a los medios era tan obsesiva como ejemplar. Hemos pasado de la desinformación de Estado al estado de desinformación, dijo en una mesa redonda que organizamos en abril de 1997 en CU.

Fue el ideólogo de la transición mexicana, ha dicho Felipe Calderón. No es sólo un elogio. Es un diagnóstico que compromete a quienes fueron correligionarios de Carlos Castillo Peraza

 

Correo: rtrejo@etcetera.com.mx

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