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cuentas claras
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¿Cómo enfriar la economía?
Ricardo Becerra
En el último tramo del sexenio, resurge un problema y un dilema de la política económica: estamos creciendo aceleradamente a tasas que llegan a 8%. Desde hace 20 años no experimentábamos un desempeño así. Pero los lúgubres economistas nos dicen que esa buena noticia viene acompañada de riesgos y peligros. Es el "sobrecalentamiento", es decir, una economía que tiene desbocada a su demanda. La población y las empresas demandan bienes nacionales y extranjeros por encima de la producción. Quiere decir que hay dinero, poder de compra, una economía que consume e importa: pero que no produce todo lo que necesita. Vea el lector cómo los síntomas se multiplican: la tasa de crecimiento del consumo privado superó 10% en el primer semestre. Las importaciones crecieron a un ritmo aún más impresionante: 40%. Las ventas de automóviles crecieron 36%; las ventas comerciales al menudeo aumentaron 10.5%. El indicador global de actividad económica reportó un incremento total de casi 8% y la masa salarial, o sea, el poder de compra, también va para arriba: casi llega a 10%. Si las cosas siguen como hasta hoy, nos encaminamos hacia un déficit en cuenta corriente de 18 mil millones de dólares cuando termine el año. Más llanamente significa que habremos demandado, comprado del exterior, 18 mil millones de dólares más de los que pudimos conseguir por la vía de exportaciones, entrada de capitales, etcétera. Esa cantidad significa 3.4% del PIB. El Banco de México dice que todo esto es peligroso; y muchos economistas afirman que estos números pueden ser leídos en el exterior como el inicio de un desorden, como otra francachela muy mexicana que ha vuelto a descuidar las variables fundamentales. Aunque desde el gobierno se diga que las cuentas nacionales todavía son manejables, no puede uno más que ser especialmente precavido hacia el fin de año: es el periodo terminal del sexenio, transmisión inédita del poder, y viene un equipo económico que puede ser muy innovador pero que indudablemente es amateur. Así que más nos vale ir tomando precauciones.
Los neoliberales ya se adelantaron (como siempre) y nos han advertido de la situación con todo y la receta. Lo que se debe hacer para enfriar la economía, dicen, es volver a recortar el gasto público. Sí, por enésima vez, recortar el gasto, para desestimular y frenar a todo lo demás. El asunto se ha vuelto ya un murmullo generalizado en el mundillo económico. La Secretaría de Hacienda recibe críticas y presiones de varios flancos, dentro y fuera del gobierno, privados y públicos, que la acusan de inacción. Lo peor es que en la opinión pública, en las universidades, en los circuitos de enterados, la receta se vende como el único camino posible. Pero no es cierto. Estoy convencido que deben tomarse providencias, que un objetivo estratégico e irrenunciable es evitar una crisis en los siguientes años, que es mejor un crecimiento menor del que tenemos con tal y que sea durable. Pero recortar el gasto público no es la única vía posible. Se puede frenar la economía de otra manera: los impuestos. Quiero decir: el ajuste económico, el desestímulo al consumo, puede lograrse si el gobierno, el Legislativo y el Presidente electo se ponen de acuerdo en aumentar, por ejemplo, la tasa del IVA, o agregar impuestos en bienes duraderos, como los autómoviles. Esto es mejor, más eficaz y por supuesto más justo socialmente, que recortar la inversión pública en infraestructura , en salud, o en educación. El momento político es adecuado: fin de sexenio y un Congreso nuevo; una última contribución zedillista para la estabilidad económica que beneficiará y le quitará tensiones al presidente Fox. Esta será la discusión económica en lo que resta del año. La derecha económica ya se adelantó a declarar que estamos sobrecalentados; además ya propuso la receta (recortar el gasto) y se apresuró a hacernos creer que ésa es la única salida. Sensatamente debe reconocerse que los riesgos existen y que hay que tomar nuevas medidas, pero no dogmáticamente sino pensando en alternativas que atiendan al problema, que bajen la temperatura, pero que sean redistributivas, que no la paguen los más pobres Ricardo Becerra estudió Economía en la UNAM. |
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