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Mis carnes y mis huesos
Carlos Castillo Peraza
En el número de etcétera correspondiente al 15 de diciembre de 1994, con gran humor y generosidad, Marco Levario Turcott me convirtió en ficha de archivo periodístico. Ni modo. Es el precio a pagar por andar en la vida pública. No me quejo, aunque como muchos saben y el propio "fichador" reitera, no soy afecto a la publicidad. No quisiera ser ni parecer vanidoso, pero la verdad es que siempre he preferido la reflexión al reflector. Claro, entiendo que a querer o no, me toca estar bajo éste en virtud o por obra y desgracia de lo que el partido que encabezo es y significa en nuestro país. Sin embargo, siento el deber de precisar algunos renglones de la carne y los huesos que, según mi amable y sintético biógrafo, son los míos. Hélas aquí, sólo para que quienes leyeron a Marco no se sientan decepcionados cuando tengan ocasión de saber con exactitud lo que soy y lo que pienso, y tal vez para que el propio escritor decida ausentarse de la supuesta lista de admiradores de mi inteligencia. Esta, por cierto, no es tanta: reprobé en Geometría Analítica y Cálculo Infinitesimal en tercer año de preparatoria -dos veces, para ser exactos-, no logro entender un diálogo cinematográfico en inglés ni concentrándome cuanto es dable, ni por asomo entiendo la economía. En efecto, soy católico pero no sólo malo, malísimo, y no es santo de mi devoción Marcelino Champagnat porque no es santo, sólo beato. El mensaje que Marco me atribuye a los ateos no es mío: se debe al ingenio indubitable de Armando Fuentes Aguirre, quien usa el seudónimo de "Catón". Por el contrario, jamás he bebido ni bebo, así fuese "moderadamente", whisky: caribeño de algún modo, me gusta el ron y, educado unos años en Europa, me agrada el vino -mucho más el blanco y seco que el rojo-, detalle que es bueno quede en la memoria de quienes se acuerdan de mí en fechas navideñas (esto lamentablemente sólo tendrá efectos positivos probables hasta la navidad de 1995, pero más vale tarde que nunca). A la "profesión inmediata anterior" que me atribuye el amable Marco habría que añadir que, si bien daba las clases que él dice, la enseñanza me ha producido más gratificaciones intangibles que satisfactores materiales. Desde mis ya lejanos 15 años de edad he logrado comer gracias a lo que he escrito. De algún modo puedo asegurar que tengo un doctorado en primaria: sé leer y escribir. No es "deseo malogrado" en mi vida "ser jesuita". Soy admirador de la Compañía de Jesús (a quien todavía no lo sea, le recuerdo que Lenin tenía las constituciones de esta orden a la mano, en su buró, o leer una obra maravillosa, Jesuites, de Jean Lacouture, recientemente editada por Seuil). Debo señalar, empero, que la congregación religiosa que más admiro es la de los trapenses, que no hablan casi nunca, y la que más me atre es la mexicanísima de los Misioneros del Espíritu Santo. Pero en ninguno de los tres casos siento "malogro" alguno por no vestir los respectivos hábitos. Por cierto, el excelente caricaturista que me dibujo para etcétera me ajuareó con sayal, capucha, cíngulo y cruz pectoral que muy poco o casi nada tienen que ver con los diversos y talares uniformes históricos de los hijos de san Ignacio de Loyola. Aprovecho este viaje aclaratorio para mal fusilarme unas frases del citado Lacouture en su obra acerca de los jesuitas, que podrían sintetizar las causas de mi admiración por ellos y su maravillosa aventura religiosa y humana varias veces centenaria: la exaltación de la gloria de Dios a través de la del hombre y no por medio de la execración de la criatura, el asumir todos los riesgos de la vida porque sólo la muerte los excluye, buscar la libertad por las vías de una provocadora obediencia cuando los supuestos reformadores ponen -como lo hicieron en el siglo XVI los seguidores de Lutero- la revuelta al servicio de la fatalidad de la predestinación. Abrigo la esperanza que, para cumplir imperativos de ética periodística y de justicia, la dirección de etcétera -revista de la que soy suscriptor y lector desde su primer número-, publique estas líneas en el lugar y al tamaño del texto de Marco Levario Turcott, a quien le agradezco de paso sus amables consideraciones. Lo único que pretendo es que sus numerosos lectores sepan con precisión cuán flaca es mi carne y cuán cortos mis huesos Este texto se publicó el 12 de enero de 1995 en la edición número 102 de etcétera. |
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