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Volverás
Carlos Castillo Peraza


Carlos Castillo Peraza
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Fragmentos de tormentas
Carlos Castillo López

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Mis carnes y mis huesos
Carlos Castillo Peraza

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Amigos, como siempre

Marco Levario Turcott

Foto: Jorge Claro León/Contraluz

Querido Carlos:

¿"A Dios los frutos no se le caen de las ramas ni verdes ni maduros"? No lo creo. Están ausentes de mí los arrestos que alguna vez me sugeriste -entre otros, aquella sentencia que traigo a cuento en forma de pregunta- para poder enfrentar la muerte, y menos aún cuando eres tú quien ha partido. Tan prolijo en adjetivos, así mancho regularmente mi escritura, esta vez carezco de uno solo siquiera para decir lo que siento al imaginar tus planes y ahora tu vitalidad interrumpida (si Dios inventó la muerte, se le olvidó agregarle algunas palabras). Puedo adivinar tu réplica, empero, lo que me estarías diciendo en estos momentos: "Mira, Negro, si alguien tiene un problema eres tú, que le vas al América". No la puedo contestar, y es que ya no estás para responder y luego tomar té helado y yo café.

Estoy seguro de que no hay más allá cuando uno muere pero -mira lo que me haces escribir- cómo quisiera que por ahí anduvieras motivando a los de acá y dando fortaleza a tus hijos para que logren lo que buscan. Lo harán impulsados por ellos solos y gracias a su memoria, aunque si algo es seguro es que ya son gente de bien, generosos como el padre. Te imagino allá, Piolín, como también le digo a mi hijo que aun no siendo yucateco algo en la sangre tendrá que nació con la cabeza grande. Te imagino allá, repito, viendo algún partido de beisbol, echándote varios tequilas, comiendo sopa de lima y panuchos o tarareando con algún vecino "la sinceridad de tu espejo fiel, puso vanidad en ti" o esa de Guty: "mira que en verdad te quiero, mira que te quiero bien"... que la verdad no cantabas mal las trovas viejas y hasta algo de la nueva.

Cómo quisiera que, habiendo allá algunas injusticias, volvieras a empezar y hacer pintas, aunque te corretearan y encarcelarán como aquí cuando joven en Mérida, que participaras en mítines y hasta que organizaras el partido socialdemócrata cristiano que aquí en México quedó en el tintero de tus preocupaciones. Que corrigieras a periodistas y que, en el desconsuelo de una derrota electoral, siguieras pensando que vale la pena vivir a tu manera. Como moriste allá en Alemania, tranquilo y sosegado, seguro después de haberte fumado un Benson verde -cuándo hubieras imaginado que el corazón te fallaría si los estudios médicos te daban licencia- y rezar un padre nuestro. Moriste como tu madre te explicó cuando eras niño el momento de expirar tu abuela: "Se la llevaron los ángeles", lo recordaste alguna vez. Al menos, tenías esa idea en la piel, y por eso la escribiste en Volverás, el trabajo literario en el que estabas concentrado. Lo que importa es que falleciste como mueren los tuyos.

Te imagino entonces, Carlos, haciendo amigos en la convicción que compartías con Albert Camus: "La amistad es la ciencia de los hombres libres". Te pienso interrumpiéndoles, hablando de ti y lo que hacías en la Tierra, criticándolos, debatiendo, entregándote a ellos como el que más. Y si allá hay una izquierda y es tan precaria como la de acá, pienso en una de tus frases favoritas: "La izquierda tiene que hacer la filosofía de su derrota si quiere que sus valiosos ideales no se queden en letanía, y los izquierdistas como estatuas para contemplación de izquierdistas. Sólo en la Biblia caen las murallas de Jericó a bramido de trompetas". Pero antes, te imagino verificando esa certeza que tanto te gustaba: "En el cielo debe haber un lugar para los ateos en el cual Dios no se presente para no apenarlos". Aquí uno ya no puede convivir contigo ni soportarte ni enojarse ni emborracharse y cantar a Cri-Cri ni ofrecer disculpas y escuchar las tuyas. "El recuerdo, Negro", me decías.

El recuerdo. Hace seis años no dudabas: "El PAN triunfará en las próximas elecciones presidenciales", dijiste. ¿Ganó de veras? La pregunta te inquietaba tanto como para regresar a las lides y medio invitarnos a Carlos, tu hijo, y a mí, que teníamos el rechazo a flor de labios, aunque el entusiasmo de verte contento. Hace seis años también dijiste que el vino blanco y seco era el que te gustaba, no el whisky como yo creía, y entre tequila y tequila comentamos Disiento, el libro tuyo que puso en circulación Plaza y Janés. Una de sus mayores aportaciones es precisamente que, en medio del festín de la violencia que había finalizado 1994, escribieras sin ambages la idea democrática, que aun sin amistad y tal vez precisamente porque el encono es también algo muy humano, es el mecanismo y el aprovisionamiento cultural que regula las diferencias entre los hombres. Luego platicamos sobre mi Chiapas, la guerra en el papel; categórico, me mandaste a aprender a escribir. Pero el centro del asunto fue la motivación del libro, que compartía una de tus tantas preocupaciones por la actitud de no pocos periodistas y ciertos columnistas que -como si quisieran resaltar sus errores- ponen frases en negritas. Antes y sin que lo dijeras a nadie, que yo sepa, habías resuelto renunciar al PAN. Sé cómo te dolió, sé que tenías el azul en la camisa.

En nuestras charlas nunca hubo off the record, porque antes y después de todo fuimos amigos, aunque bien sentí de tu parte lo que era dable compartir y también lo que no tenía caso comentar y difundir. Te pedí permiso, hace seis años, para hablar y escribir de ti cuando y cuanto creyera prudente, confiaste y asentiste. Honro a la amistad. Para algún día había que guardar el señalamiento de aquella persecución que no pocos periodistas hicieron en tu campaña, cuando en los mercados públicos buscaban la cabeza de cerdo y poder captar la imagen -tuviste que asignar a una persona para que lo evitara-, cuando te llamaron por teléfono pidiéndote prebendas para cubrir la campaña y tú los rechazaste, cuando no fue un error técnico aquel sonido rezumbante que nos impidió escuchar tus planteamientos en televisión, luego de que fuiste relegado del debate entre Del Mazo y Cárdenas. También cuando aquel reportero que te quiso fotografiar mientras orinabas o ese otro que escribió que su consigna era entorpecer tú campaña porque no le caías bien. Cuando te agredieron en la Facultad de Ciencias Políticas desprendiéndose aquellos jóvenes de algunos huevos mientras tú traías bien puestos los tuyos, los otros. También cuando te dejaron solo en el PAN del Distrito Federal.

Fue muy duro, lo sé, lo compartí contigo y lo sufrí. Pero también viviste la tersura del cariño de los amigos, esos que van junto a uno como el calzoncillo y los pantalones, metáfora a la que hace un mes en nexos aludiste para resaltar a los mejores. Las personas en la calle te saludaban y algunas, me consta, pedían ser comprendidas porque habían equivocado el voto. Están también los periodistas que te llamaron para ofrecer disculpas por sus ataques, después algunos lo sugirieron en sus textos y otros más decidieron no hacerlo público; en cualquier caso, ya lo habías comprendido: son muy suyas sus vergüenzas privadas, aun teniendo efectos públicos. Pero no olvidar, me dijiste, hay que tenerlo presente y decirlo de vez en cuando para que eso que te pasó como dirigente nacional y luego como candidato sea un ejemplo de lo que conviene deje de ser la mística de algunos periodistas. Excepcionalmente aconsejaste precisiones, ¿te acuerdas? Fue aquella ocasión, cuando se presentó Disiento, que en La Jornada se publicó una nota donde los reporteros critican lo sucedido en esa ocasión y a ti también. La información estaba completamente distorsionada. Y así lo reconoció la reportera Georgina Saldierna al día siguiente, en una carta enviada a su periódico. Estaba su firma en la nota, pero ésas no eran las letras que había pulsado, sino otras muy distintas.

En ese entonces ya éramos amigos. Ya había pasado el desconcierto que te causé cuando escribí algunas imprecisiones sobre tu vida y tus aficiones, sobre tus dichos y obsesiones (ahora mismo en la contraportada de este suplemento, los lectores de etcétera pueden saber a lo que me refiero). No hay mal que por réplica no venga, y he aquí que desde entonces nos frecuentamos: el inicio fue el segundo aniversario de esta revista, con la complicidad de los amigos y la ayuda del vino blanco; la última vez fue hace poco más de un mes, donde platicamos sobre la despenalización del aborto, cuando la polémica estaba en ebullición por el dislate de los legisladores de Guanajuato.

Te sabía en Europa luego de haber estado en Cozumel, contábamos con un texto tuyo para la edición 400 de este semanario. El tema se referiría a los cambios del lenguaje político -"no hables de un texto que no tienes en las manos", me estarías diciendo ahora, y entonces interrumpo, tienes razón-. Sólo esbozo y mantengo el párrafo anterior para expresar, a propósito de tu doliente ausencia, que no pueden ni deben quedar silentes los que ahora están vivos para hablar y comprometerse con la política. Ya lo decías tú: "La política es definición polémica o dialogada de un orden vinculante capaz de generar bienes públicos, entre los cuales el más importante es la política misma". O sea, darle contenido al discurso, para hacer posible el cambio. Asumiendo esa metáfora que hiciste tuya y expresabas en forma de pregunta. Eran estos más o menos los términos:

Foto: Salvador Casrtellanos/Silva

"Pongamos que vas en un auto a toda velocidad sin frenos y no puedes sino hacerte a un lado o a otro. Del lado izquierdo hay ancianos y del derecho niños. ¿Qué harías?

"Elegir el mal menor, Negro. Y la política cada rato nos pone en esa disyuntiva". Respondías luego del silencio que sabías que provocaba.

La muerte no. Sólo nos deja el dolor, y éste lo menguamos con el recuerdo, que es el tren por donde transita la ansiedad. Entonces uno atrae a los ausentes con la misma desesperación de cuando llegué a tu oficina para hablar de mis dilemas o la tuya misma, el día que me buscaste y encontraste en alguna cantina memorable o en mi casa o en la oficina. Vivimos nuestras emociones, ¿te acuerdas? Le íbamos a México en el Mundial y nos sentimos mal cuando lo descalificaron, aunque también vino la nuestra cuando echamos porras al tricolor (sólo a ése) que aquí le ganó a Brasil en la Copa Confederaciones, en un partido que no vimos juntos. Por cierto, parte de tu vanidad era decir que no sabías de futbol soccer y, sin embargo, quién sabe cuántas alineaciones históricas y jugadas nos recordabas. Vimos también el piloto del programa Primer plano y brindamos por la emoción de aquella nueva aventura; leímos a Ramonet e intercambiamos puntos de vista, creo que en etcétera lo he citado como 20 veces, por eso el lector sabe de lo que hablo. Leímos juntos muchos poemas, aunque no sé porque nunca aquel que tanto te gusta, es de Jorge Luis Borges:

La fama

Haber visto crecer a Buenos Aires, crecer y declinar.

Recordar el patio de tierra y la parra, y el zaguán y el aljibe.

Haber heredado el inglés, haber interrogado al sajón.

Profesar el amor del alemán y la nostalgia del latín.

Haber conversado en Palermo con un viejo asesino.

Agradecer el ajedrez y el jazmín, los tigres y el hexámetro

Leer a Macedonio Fernández con la voz que fue suya.

Conocer a las ilustres incertidumbres que son la metafísica.

Haber honrado espadas y razonablemente querer la paz.

No ser codiciosos de islas.

No haber salido de mi biblioteca.

Ser Alonso Quijano y no atreverme a ser Don Quijote.

Haber enseñado lo que no sé a quienes sabrán más que yo.

Agradecer los dones de la Luna y de Paul Verlaine.

Haber urdido algún endecasílabo.

Haber vuelto a contar antiguas historias.

Haber ordenado el dialecto de nuestro tiempo.

Las cinco o seis metáforas

Haber eludido sobornos

Ser ciudadanos de Ginebra, de Montevideo, de Austin y (como todos los hombres) de Roma.

Ser devoto de Conrad.

Ser cosa que nadie puede definir.

Argentino

Ser ciego

Ninguna de esas cosas es rara y su conjunto me da para la fama

Que no acabo de comprender

Foto: Jaime Boites Hernández

Te gustaba que Carlos y yo leyéramos en voz alta. Pero, menudo recuerdo hago hablando de mí para referirme a ti, a ti protagonista en la mesa y en la cantina, en el comedor y en el estudio, y hasta con la espléndida mujer de ojos azabache que cantaba aquellos boleros. Pero no puedo hacerlo de otra manera y quiero escribir al mismo tiempo, decir te quiero, lejos como tantas veces y cerca cada que necesite la plática y el consejo, la réplica y "el amigos como siempre, ¿estamos?". Estamos. Tú cuando dirigente y cuando no, cuando candidato y cuando no, cuando regañón y cuando no, cuando tenías razón y cuando (creo que) no, cuando decías tus chistes buenos y malos. Cuando vivo y cuando muerto. Con Dios o sin él, que para eso es la amistad.

Tu abuela murió donde no nació, tú también. Y eso cala. Entonces no has muerto hasta que vengas, además, el recuerdo duele mientras el polvo de tu carne y tus huesos no se esparza por Mérida. Que es lo que tú habrías querido. Por eso sé que la letra guarda memoria y trasciende, entiendo que cuando estas líneas estén circulando ya habrás llegado de tu largo viaje, porque, "México lindo y querido...".

Te abrazo intensamente

Marco Levario Turcott es subdirector de etcétera.
Correo: mlevario@etcetera.com.mx

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