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Carlos Castillo Peraza
De la aldea al mundo y del mundo a la aldea

Jaime Ortega

Foto: Luis Humberto González/Silva

"Volverás porque aquí están los manantiales de tu savia y las raíces de tu sangre, el mar de tus piedras y las cuevas de tu agua". Así comienza un largo testamento de abrumadora ternura que, poco antes de morir, Carlos Castillo Peraza dejó a sus hijos y, particularmente, a Carlos, el mayor. No es un documento con cláusulas notariales para distribuir bienes. Es el último trabajo literario del filósofo, periodista y político yucateco fallecido el 9 de septiembre, en Bonn, Alemania.

Hombre de aldea, de provincia, Carlos estaba habitado por una curiosidad de vastísimos alcances, fomentada por largos y frecuentes viajes, por lecturas abundantes e infatigables y por una sed insaciable de familiaridad con las cosas del mundo.

En la cartatestamento, Carlos vuelve su mirada a Yucatán para dejar subrayado todo lo que pudo mostrar de su tierra a su hijo y para recordarle con énfasis el mundo que se oculta en la historia de sus orígenes, en las calles de su Mérida natal, en los insólitos itinerarios de bisabuelos, abuelos y tíos, en los más diversos paisajes geográficos y humanos. Volverás, reitera Carlos con una urgida insistencia, reveladora de la sólida raigambre de su identidad. Con la convicción de que en la memoria microcósmica de su aldea fue posible adivinar el mundo, Carlos pronostica el retorno. Aldea y mundo afianzaron en él su poder de comunicación y la fuerza de su coherencia.

No sé si cabe hablar del privilegio de haber podido leer (con la voz que fue suya, como diría Borges) los últimos borradores del documento porque una inmensa sensación de vacío, de pérdida, de orfandad, me ha invadido desde su desaparición. Más dolorosa me resulta su ausencia cuando recuerdo las ocurrencias oportunas y las carcajadas con que nos despedimos en España, apenas cuatro días antes de su muerte repentina. Bajo el sol generoso y perezoso de septiembre, frente al Mediterráneo, Carlos concluía la lectura de una exuberante y poética historia de mujeres y hombres olvidados en las selvas petroleras de Colombia.

A comienzos de los años 70 nos conocimos en la redacción de Radio Suiza Internacional donde Carlos trabajó parcialmente para sostener sus estudios, antes de ser periodista de planta y de recibir su diploma en Filosofía. Allí disfrutamos de la amistad y de la orientación de un director, Joel Curchod, que supo acercar las civilizaciones y poner en las ondas una información rigurosa y solidaria que a diario demostraba la pequeñez y la interconexión de todas las noticias. "Filosofía no es el amor del saber, sino la sabiduría del amor", dice una fórmula casi pedagógica acuñada por el francés Roger Garaudy en un libro que selló para siempre nuestra amistad. El colosal prólogo de aquel libro ("Para un diálogo de civilizaciones") fue suficiente para dar a nuestras conversaciones el valor de las brújulas que orientan todas las búsquedas. Desde horizontes diferentes y a menudo opuestos, aquellas pláticas se volvieron afanadas exploraciones del mundo. La compleja democracia suiza construida por artesanos relojeros, por la austera visión de montañeros calvinistas o zwinglistas, y por secretos y opulentos banqueros nos sirvieron de escuela. En el país de Rousseau, de Carl Jung, de Herman Hesse, de Thomas Mann, de Rilke y de Chaplin reconocimos la vastedad del mundo. En la Suiza de los grandes teólogos de la Reforma, Carlos estudió filosofía, pero llevado de la mano por los sabios dominicos de la católica Universidad de Friburgo. Aquella armoniosa coexistencia entre culturas, lenguas y confesiones diferentes, aquel desarrollo hecho de abajo hacia arriba y no al contrario, aquel respeto del otro y aquel poder de las minorías, aquella soberbia laica puritana e igualitaria sirvieron para añejar ideas y amistad y para hacer de Carlos el padrino de mis hijos y figura entrañable de nuestra familia.

Marx, Levinas, Teillhard de Chardin, Jaspers, Claudel, Sartre, Camus, Garaudy, Marcuse, Borges, Revel, Reeves, Octavio Paz, Monsiváis, Fuentes, Rulfo, García Márquez, Amin Malouffe, Marguerite Yourcenar, Umberto Eco, Sloterdijk y muchos otros autores siguieron nutriendo nuestro encuentro. Nunca encontré a nadie tan capaz como Carlos de tener en cuenta al otro. Es raro hallar personas que pueden mantener el equlibrio entre objetivos éticos de tamaño compromiso y, al mismo tiempo, defender con tan rotunda lucidez lo propio. No me resulta extraño el brío con el cual Carlos Castillo Peraza defendió sus credos. No me extraña que el centro de investigaciones sociales que creó se llame -en ese orden- Humanismo, Desarrollo y Democracia. No me extraña tampoco que la prensa mexicana haya rendido homenaje a su congruencia y haya reconocido su aporte como ideólogo de la reciente transición democrática.

En su febril oficio político Carlos viajaba con frecuencia a Europa. La distancia física e histórica justa para dar a su entusiasmo la virtud de la práctica. De la aldea latinoamericana el discurso de Carlos podía transitar fácilmente hacia las pertinentes visiones de conjunto: hacia el mundo, como solía decir para evitar la ambigüedad del término globo que consideraba limitado a las conquistas de navegantes. Y mundo para Carlos Castillo fue siempre el globo, pero con seres humanos por dentro.

Se detuvo siempre en Suiza, amarró siempre su embarcación en un pedazo del Caribe que tenía en los Alpes como alguna vez escribió refiriéndose a nuestra casa en Berna. Nos llenó a mi esposa y a mis hijos de su México, de su Yucatán, de los recuerdos de sus hijos y de su familia. Llenó los anaqueles de mi biblioteca con múltiples sorpresas, juntos cantamos boleros, rancheras, bambucos, vieja y nueva trova cubana y nos deleitamos con la poesía de canta-autores españoles. Escribía sus inaplazables "pápiros" mirando caer las nieves suizas de febrero u oyendo crecer el pasto del jardín.

Foto: Salvador Castellanos/Silva

Carlos me enseñó que la platitud de su patria yucateca permite acceder a dos infinitos: el que termina en el territorio y el que se prolonga hasta los horizontes del mar Caribe. Con sus ojos descubrí las pirámides mayas; la tierra de ríos subterráneos; la tierra donde los cimientos se abren con dinamita; la tierra del Diario de Yucatán, periódico donde Carlos aprendió tan bien el oficio de generar opinión, de comunicar y escribir que quizá fue por eso que tuvo dificultades para tolerar la fácil mediocridad. Como otro feliz habitante de la lengua española, Carlos hizo de la escritura una disciplina militar.

El dolor por su pérdida se hace más intenso al saber que una pluma fecunda y una voz que sabía disentir han sido acalladas por la insoportable y siempre inoportuna realidad de la muerte. En Berna, Carlos se abastecía de finas y selectas plumas que daban a su escritura la fluida belleza caligráfica y conceptual. En una tienda llamada a convertirse en museo de la escritura a mano, Carlos compraba también el arsenal de papel cuadriculado cortado en las pequeñas proporciones de una ficha bibliográfica donde anotaba las emociones encontradas en sus largas faenas de lectura, en sus viajes, en sus debates o en sus conversaciones cotidianas. Así fabricó esa memoria incomparable que le permitía alimentar sus opiniones y sus charlas con abundantes y adecuadas citas de autores, poetas y cancioneros.

Escribía sin embargo en la computadora. Como a muchos profesionales de la escritura de su generación, los malabarismos de las nuevas tecnologías de la información le incomodaban, aunque no le ponían en aprietos. Consciente del inexorable peso de los progresos técnicos, Carlos sabía que al final del milenio el planeta está convocado a un proceso de realfabetización cultural cuyas consecuencias apenas adivinamos. Recordando a Umberto Eco, Carlos no se conformaba con las incalculables posibilidades de acumulación de datos de los soportes físicos y lógicos de la memoria informática. ¿De qué sirve la capacidad de reunir millones de referencias bibliográficas sobre un tema, si no hay una conciencia, un hilo conductor, que las integre y las haga vivir?

Frente al mar Mediterráneo, en la costa del Levante español, en un pequeño pueblo dos veces milenario donde intento recogerme para escuchar crecer las olas, un viejo cuaderno de bitácora está a disposición de los amigos que quieren dejarme una palabra. Carlos y sus dos hijos mayores, Carlos Jr. y Julio, inauguraron las páginas. "Polvo es el hombre y polvo al viento la palabra del hombre. La palabra sólo dice, si algo dice, el silencio. Silencio del afecto intraducible, silencio de la amistad que se hace sin ostentarla", dice el texto de Carlos.

Volverás, insiste con terquedad Carlos Castillo en el testamento dirigido a su hijo, a los suyos y a las generaciones de hoy. "Nadie sabe lo que es ni lo que fue una ciudad si no ha percibido sus aromas. Nunca serán cultos los hombres que sólo saben a qué huelen su pueblo, su domicilio, su cocina local, su propia patria. Sólo serás culto si logras reconocer con tus narices las frutas, los animales y los rincones ajenos. Si no tienes civilización no tendrás ni aldea. Si no sales de tu aldea, nunca tendrás mundo".

Foto: Gregorio Arteaga

Aldea y mundo, mundo y aldea: en ese ciclo desafiante se movía el vigoroso potencial creativo de Carlos Castillo. Un día antes de que partiera para Alemania en lo que fue su último viaje, después de un control médico de varias horas que disipó las incertidumbres de un primer malestar en el pecho, visitamos un parque de atracciones, frente a Benidorm, que tiene como tema central las culturas del Mediterráneo. Una idea afortunada de los españoles pero que, con sus réplicas acartonadas de las pirámides de Egipto, del Faro de Alejandría y del Partenón de Atenas, de Troya y de la cultura hispánica, sigue pareciéndose a los parques Disney. Sereno, con la sonrisa burlona de quien ha saboreado con sus propios pies y sus propios ojos aquellos lugares, Carlos buscó un lugar cerca a la imitación de un obelisco para sentarse a leer y disfrutar del pródigo sol. Para él, aquello no era ni la aldea ni el mundo.

Con el ácido humor que siempre dio color a sus palabras, Carlos cuenta en su testamento que una vez su abuelo lo descubrió corriendo por los pasillos de la casa con una caja de metal en las manos y haciendo sonar su contenido. ¿A dónde vas?, le gritó preocupado el abuelo en lengua maya. "Te estás llevando a mi mamá. Son sus huesos", le increpó el viejo antepasado arrebatándole la lata. "No vayan a jugar tus hijos con mis despojos pero, si se diera el caso, tómalo con buen humor", sugiere Carlos a su hijo.

Con Julieta, Carlos, Julio y Juan Pablo, la familia y sus allegados, comparto la dolorosa intimidad de sus lágrimas. A todos ellos y a quienes compartieron su fe les recuerdo que hasta última hora Carlos había desgranado las oraciones que llevaba puestas en un anillo de su mano. Aún no puedo convencerme de la pérdida de mi amigo del alma. En un rincón privilegiado del corazón de este periodista colombiano perdido en esa minúscula isla de montañas alpinas, en la aldea suiza, el mundo de Carlos echó raíces.

Después de ver e interrogar al mundo, Carlos Castillo Peraza regresa ahora a su aldea yucateca a descansar en paz bajo el mar de sus piedras y los manantiales de su savia

Denia, España, 11 de septiembre de 2000.

Jaime Ortega, periodista colombiano, radica en Suiza, fue el mejor amigo de Carlos Castillo Peraza.

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