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nostalgia La muerte de Ramos Tercero
Julián Andrade Jardí
Mal está acabando el sexenio. Terminó la fiesta electoral y volvemos a la evidencia de una situación en descomposición, donde la violencia corroe la confianza en nuestras maltrechas instituciones. La muerte de Raúl Ramos Tercero es una señal ominosa. Las zonas oscuras sobre el Renave todavía son muy grandes. Se mató el subsecretario y amplias franjas de la sociedad dudan de las primeras explicaciones oficiales. La Procuraduría del Estado de México señaló que se trataba de un suicidio. Las cartas y el tipo de las heridas, así lo sostienen, según dicen. La PGR, más cauta y curada de espanto, no descarta ninguna hipótesis, pero dejó claro que las cartas fueron escritas por Ramos Tercero. Lo más probable es que concluyan lo mismo. ¿Por qué decidió quitarse la vida? Por la presión de los medios, podría ser una primera lectura, que se desvanece porque el funcionario de Secofi nunca fue señalado, al menos no de manera reiterada. Sin embargo, sus cartas develan a un hombre destruido, con un sentimiento de culpa enorme. "¿Quién los controla a ustedes?", le dice al director del diario Reforma y se queja de la falta de objetividad del medio. Es verdad que hay gente que no resiste la presión de los medios y que no está dispuesta a discutir su actuación en la arena pública, pero que esto sea causa suficiente para matarse es donde permanece la duda. El Renave estaba acabado desde que se supo que el director general era un torturador y genocida. Eso lo sabían en Secofi. Lo que inquieta es cuando el subsecretario afirma que de no ser por la histeria pública, "habría tenido tiempo de arreglar las cosas", incluso cayendo en responsabilidad. ¿A qué responsabilidad se refiere? Podría tratarse de la "falta de prudencia", atribuida a la carga de trabajo. Caer en responsabilidad, en el lenguaje burocrático es una duda abierta. La responsabilidad puede tener sanciones penales, eso no debemos olvidarlo, porque Ramos Tercero dice que nunca se preparó para enfrentar este tipo de situaciones. Creo que ahí hay una línea sólida para explicar la muerte. En los próximos días, o en la siguiente administración, sabremos qué implicaciones tuvo esa "ausencia de normatividad". ¿Se legalizaron autos robados? Insisto, se puede explorar el cansancio y la frustración que Ramos Tercero sentía ante lo que le pareció un manejo inadecuado de los medios, aunque no creo que se llegue a buen puerto. El subsecretario no se sentía capaz de enfrentar su honorabilidad al juicio, muchas veces ruin, de las autoridades y la opción pública. El trabajo de Reforma, después de todo, fue profesional y apegado a la ética. Los ciudadanos tenemos derecho de conocer ese tipo de información y sería muy grave tratar de detener la apertura informativa con moralinas sobre la tranquilidad mental de los servidores públicos. Otra cosa es que la muerte del subsecretario nos remita al expediente de la violencia, al tufillo del crimen organizado y a la constatación de que el negocio de los autos robados es tan peligroso como el narcotráfico. Por eso la gente duda, porque ya es costumbre que los funcionarios se maten y se lleven sus secretos a la tumba. Ahí está el caso de Juan Manuel Izabal. Tampoco podemos dejar de lado el drama personal de Ramos Tercero. "Mi error fue no medir mi capacidad", explica. Quienes lo conocían dicen que era metódico y disciplinado. Forjado en la tecnocracia, sabía que su futuro dependía de la eficacia. Con el Renave no pudo y quizá esto terminó por destruirlo. ¿Será suficiente? Eso no podemos saberlo, porque en los hechos nadie sabe las razones de otro para quitarse la vida. El asunto es que conocer los motivos es de interés público, pues detrás de la historia que lo llevó a tomar semejante determinación puede estar el nudo criminal del Renave Julián Andrade Jardí es subdirector de Información del periódico Crónica. |
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