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Un torturador en México
El otro Cavallo

José Antonio Gurrea C.

I

Pedro Durán Sáenz
Foto: Francisco Martínez/El Día

Se le menciona en todas las listas de represores argentinos aparecidas en Internet. Es mayor del ejército, responde al nombre de Pedro Durán Sáenz y durante la guerra sucia (1976-1983) era conocido con el apelativo de "Delta". Citado en numerosos testimonios como jefe de un centro clandestino de detención donde se torturaba y asesinaba a los opositores a la dictadura, el nombre de este genocida apareció, incluso, en un listado entregado al presidente Raúl Alfonsín durante su mandato por ex detenidos y familiares de desaparecidos. Pese a todo esto, Durán Sáenz estuvo hace algunos años en México donde laboró al servicio del gobierno democrático argentino.

Eran los años 80 -inicios de 85, para ser más precisos- y Argentina luego de casi diez años de una sangrienta dictadura militar acababa, hacía apenas dos años, de arribar a la democracia. No obstante, numerosos exiliados de aquel país, así como sus descendientes (los famosos argenmex), decidieron permanecer por estos lares (a la postre, muchos se quedarían a radicar definitivamente aquí). Aprovechando la generosidad de la dirección de El Día -a la sazón en manos de Socorro Díaz-, argentinos, uruguayos, chilenos ponían en práctica sus conocimientos y experiencia en la sección internacional de ese diario, una de las mejores por aquellos tiempos.

A la cabeza de esa área se encontraba Roberto Bardini ("Tito"), periodista argentino que durante años había fungido como corresponsal de guerra en la entonces convulsionada Centroamérica. Víctima de la dictadura y autor de varias obras sobre el conflicto centroamericano y la guerra sucia en su país (uno, por cierto, en coautoría con Miguel Bonasso), Bardini conocía perfectamente los generales de los principales torturadores de la dictadura y le indignaba, como a millones de argentinos, la impunidad con la cual, pese a la caída del régimen militar, los genocidas se paseaban libremente por las calles de Argentina... y no sólo de ese país, como con horror e indignación descubrió un día.

Trama perfecta para una novela de espionaje, Bardini asistía a una recepción en la embajada del gobierno democrático argentino en México cuando de pronto vio entre la multitud a aquel rostro harto conocido. Un escalofrío lo recorrió. A través de sus contactos, "Tito" comenzó a investigar y días después confirmó sus sospechas: el sujeto era el temible Pedro Durán Sáenz, sí, el mismísimo "Delta", uno de los más sanguinarios torturadores. Pero, ¿qué diablos hacía en México? La respuesta de sus informantes lo paralizó: "Delta" era nada menos que el agregado militar de la embajada.

De inmediato, desde las páginas de El Día, el periodista comenzó una intensa campaña de denuncia: lo mismo se publicó, con pelos y señales, la nada honrosa trayectoria del mayor que numerosos testimonios de sus víctimas. "Al diablo con la política de reconciliación de Alfonsín. Para esos hijos de puta no debe haber perdón", argumentaba "Tito" a todo aquel que entablara plática con él. La campaña alcanzó su clímax cuando en una jugada genial Bardini publicó el número telefónico del domicilio particular de "Delta" e invitó a los lectores a llamarle y "saludarlo" ("Si usted desea saludar y darle la más cordial bienvenida al mayor Pedro Durán Sáenz, conocido torturador y asesino... hemos conseguido para usted su número telefónico...").

¿Cómo consiguió Roberto el número telefónico del genocida? Se trata de un verdadero misterio. Bardini nunca quiso revelar su fuente. El militar, por su parte, no le perdonaría al comunicador su atrevimiento. Fords LTD manejados por tipos con toda la facha de guaruras comenzaron a seguir a todas partes al periodista. Se estacionaban a las afueras del periódico y del domicilio de Bardini. Este se vio obligado a enviar a su familia con rumbo desconocido (a provincia se sabría después) y, provisto de un arma, se instaló en la redacción del periódico. En ese lugar comía y dormía. Hasta ahí llegaron a solidarizarse integrantes de organizaciones como la UPD y la Felap, quienes publicaron en El Día y otros diarios cartas de solidaridad con Bardini. El caso amenazaba con volverse un escándalo, por lo que discretamente la embajada despachó al mayor de vuelta a su país. Como por arte de magia, las presiones contra el periodista cesaron y éste pudo salir de su refugio; empero, muchos quedamos aterrados. Pese al gobierno civil (y, al parecer, hasta con su beneplácito), los tentáculos militares se movían, aun extraterritorialmente, como en los mejores tiempos de la dictadura. Coraje, impotencia, miedo, era el sentir de la comunidad argentina en México y, supongo, de otras partes del mundo.

II

Pasan de las dos de la mañana en la redacción. En El Día una edición más se ha "cerrado". La calma y el silencio campean ahora. Atrás han quedado los histéricos gritos de editores, reporteros y redactores; el delirante tecleo en las máquinas de escribir; los timbrazos de los teléfonos. Se escucha solamente el sonido de los teletipos, clásico en las redacciones antes de la era del fax, y la conversación, en voz baja, de los redactores de guardia (nacional e internacional) que recién acaban de regresar de talleres donde previo a su impresión revisaron las planas ya formadas. Han terminado sus labores pero en lugar de irse a sus casas toman el teléfono y marcan un número que aparecerá publicado en la edición que en esos momentos se encuentra a punto de entrar a la Harris.

-Bueno, bueno -responde, somnoliento un hombre al otro lado de la línea.

-Hijo de puta. Es momento de que pagues todo lo que hiciste..., suelta el redactor de cables (internacionales).

-¿Quién habla, quién habla? -exclama el hombre confundido, desconcertado.