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textos Exito y fortuna
Paulo Hidalgo
Uno de los grandes mitos de las sociedades de mercado está constituido por el arquetipo del self made man o el hombre hecho a sí mismo. Es decir, sin importar origen social ni situación cualquier ser humano estaría en condiciones de alcanzar las más altas cimas del éxito y la fortuna. La consagración de esta imagen está muy asociada al carácter de "sociedad abierta" que ha tenido históricamente Estados Unidos, como una suerte de "tierra prometida" donde los emigrantes del más diverso origen podían llegar a conquistar lo que les era vedado en sus países de procedencia: alcanzar un estatus de privilegio social ya sea por medio de una profesión o por la capacidad de amasar cierto capital. No es casualidad que en la sociología de los 60, una de las escuelas en boga, de origen estadounidense por cierto, pusiera como centro en sus análisis de las sociedades, la capacidad de "logro" de individuos y culturas. El "logrador" o achiever era la traducción en términos sociológicos del homo-faber de la teoría económica liberal. Es decir, se trataba de un individuo, "agresivo" y competitivo, emprendedor por definición que no trepidaba en el uso de cualquier recurso para llegar a su meta cuyo objetivo en la vida era la mayoría de las veces eminentemente instrumental: escalar posiciones, lograr una posición de éxito y prestigio. No hay duda que el trabajo, el esfuerzo, la dedicación sistemática a una tarea con el afán de alcanzar una mejor posición social está dentro de lo que se entiende por una sociedad moderna. Antaño, la escala de méritos sociales y de prestigio era otorgada por herencia o la simple adscripción a un determinado estrato social. Es además típico de las sociedades latinoamericanas que existan todavía capitales de prestigio social asociados al vínculo con familias de "abolengo" y "renombre" que se ha traspasado desde las oligarquías a un cierto privilegio social de apellidos "selectos" que reciben una cierta recompensa "extraeconómica". Es por ello que las sociedades de mercado, en general, han tenido una tendencia claramente más igualitaria al medir cada persona no por sus capitales privados u orígenes personales sino simplemente por el grado de excelencia y empeño para "lograr" una mejor posición en la sociedad. Sin embargo, esta condición típica de las sociedades de mercado nunca, por así decir, ha existido en estado "puro". Lo cierto es que las sociedades de mercado, en particular las de tipo capitalista, han tenido una muy desigual distribución de los recursos de toda naturaleza: económicos, culturales, simbólicos, etcétera. Ello contribuye a que la estructura de oportunidades sea claramente asimétrica. Es decir, depende de la condición social de partida de cualquier individuo para que sus "chances" en la vida sean muy distintas, sin perjuicio del empeño o el logro que se ponga en práctica para alcanzar una meta. Por ello es que las sociedades democráticas más desarrolladas que cuentan con sólidas economías de mercado han construido un Estado con toda una red de apoyos e instituciones destinadas a procurar "cerrar la brecha" de la desigualdad. Y esto se ha hecho de manera gradual y pactada a través de políticas de redistribución de ingresos que suponen una estricta erogación de impuestos. De hecho existe un sinnúmero de estudios que han demostrado que el solo crecimiento económico no resuelve en verdad los problemas de la desigualdad y, por consiguiente, el supuesto "chorreo" que traería el desarrollo de la economía tiene alcances limitados en su real impacto para atenuar la escala de desigualdad. Distinta es la discusión sobre las bondades de contar con economías equilibradas, competitivas y en crecimiento que a estas alturas son parte del recetario básico de cualquier sociedad de mercado. En consecuencia, en grados muy variados, todas las democracias contemporáneas han tenido coaliciones políticas o partidos en el gobierno que han desarrollado "arreglos sociales redistributivos" del más diverso tenor. Si se observa a América Latina bajo este prisma se puede constatar cómo se han llevado a efecto un conjunto de políticas de ajuste estructural y reforma económica, inevitables, que han descrito un "desmantelamiento" del modelo de desarrollo populista que expresaban a economías cerradas, liderazgos carismáticos, debilidad del Estado, la presencia de poderes corporativos empresariales y sindicales fuertes con capacidad de veto, etcétera. Sin embargo, la gran interrogante que se cierne en América Latina en la actualidad es cómo se reconstruye una adecuada red de apoyo estatal que atenúe las diferencias sociales una vez que las sociedades han pasado la dura travesía del ajuste. Este es un tema de la mayor importancia en relación con la economía política de las febles democracias de América Latina. Al respecto, la opción liberal que recubrió en una etapa los discursos y gran parte de los ajustes estructurales de las sociedades de la región se encuentra claramente en retirada. Sin embargo, tales procesos de cambio han dejado a las sociedades bastante inermes, con actores sociales desgajados, sin repertorios claros y se ha configurado una red de "poderes en la sombra" que cada vez más interrogan a las democracias del continente: grandes empresarios con vínculos internacionales diversificados, una fuerte tecnocracia refractaria a los mecanismos y rutinas de la democracia tradicional, etcétera. Por otra parte, las élites intelectuales también han experimentado un proceso de desajuste particular. Hay segmentos de ella que se han sentido atraídas por el espejismo liberal y se tornan en adalides del "logro" individual y de la capacidad de emprender, cual voceros del capitalismo más primitivo del Manchester de fines del siglo XIX. Otro segmento de ella se queda muy refugiada en los temas y obsesiones de los 60 enarbolando un discurso "en contra del neoliberalismo", sin entender que se han desatado un conjunto de cambios que modificaron de raíz los patrones de desarrollo de las sociedades de la región. Y otro segmento de esta élite que asiste a los cambios epocales con bastante perplejidad pero que, sin embargo, se sigue planteando los problemas del desarrollo desde una visión integral. Es decir, avizora la importancia del crecimiento económico y de los indicadores pero a su vez señala como indispensable la necesidad de recrear un acuerdo social y político, de tipo socialdemócrata, que genere actores sociales y políticos fuertes, derechos ciudadanos cada vez más arraigados y la importancia de fortalecer las competencias del Estado que debe inevitablemente redistribuir ingresos y sentar las bases de una sociedad más solidaria y cooperativa Paulo Hidalgo sociólogo. Profesor del Instituto de Ciencia Política de la Universidad de Chile. |
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