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El magisterio de Carlos Castillo Peraza

Gilberto Rincón Gallardo

Me es imposible intentar trazar un perfil político de Carlos Castillo Peraza sin hacer intervenir en él el profundo afecto y admiración que me suscitaba. Nuestra amistad se construyó, cosa más bien extraña, en el marco de nuestras actividades políticas. Coincidimos primero en la LI Legislatura, que albergaba por primera vez a un grupo de diputados comunistas entre quienes me contaba. El, desde entonces, ya era un destacado dirigente panista. Nuestras diferencias políticas de entonces no fueron obstáculo para el crecimiento de un entendimiento personal que sólo puedo atribuir a un rasgo común de carácter: el reconocimiento de valores ajenos.

Con Carlos construí una cálida relación personal que no entraba en crisis por los durísimos debates políticos que llegamos a tener. En la LIV Legislatura -siendo yo diputado y miembro de la dirigencia del PRD- era frecuentemente desafiado por él a debatir en la tribuna. Era un contendiente terrible, pues su amplia cultura y su aguda inteligencia podían poner en aprietos a cualquiera. Tras los debates, nuestro entendimiento personal siguió creciendo sin necesidad de que alguno renunciara a lo que creía justo.

Nadie más firme en sus creencias y convicciones que Carlos Castillo Peraza, y nadie más tolerante y capaz que él de reconocer la importancia del pluralismo de valores y opiniones. Cuando surgió el proyecto de Democracia Social, él lo siguió con atención e incluso declaró públicamente su voto por mi candidatura. Lo hizo por una firme certeza intelectual: aunque él nunca fue, ni pretendió ser, un hombre de izquierda llegó a la conclusión de que México necesita una fuerza de izquierda moderna capaz de superar la cultura priista del corporativismo y el clientelismo.

Carlos era un demócrata-cristiano convencido. A lo largo de ilustradoras conversaciones me mostró la coincidencia de metas sociales entre la socialdemocracia y la democracia social, con lo que mostraba también las posibilidades progresistas y modernizadoras del cristianismo ilustrado, esa rara avis que él llegó a expresar de tan buena manera.

Carlos y yo dejamos pendiente un debate que habíamos acordado se sustanciaría en un intercambio epistolar. Yo me había negado a aceptar su idea de que el cultivo de la inteligencia y la práctica política resultaban, al final, mutuamente excluyentes. Esa fue la razón que dio para abandonar el PAN, y esa razón es la que yo le impugnaba. Siempre creí que él mismo era el mejor ejemplo de que la práctica política se puede conducir con razones y con respeto a la inteligencia de los demás.

Sentí mucho que dejara la política. Pero eso es incomparable con el dolor que me causa su muerte prematura. A partir de ahora nos empezaremos a dar cuenta del tamaño del hueco que Carlos Castillo Peraza ha dejado en la política mexicana y en la vida de quienes tanto lo queríamos

Gilberto Rincón Gallardo es presidente del Partido Democracia Social.

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