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Felipe Calderón Hinojosa
Conocí a Carlos Castillo Peraza en 1978. Había regresado de Europa y a sus 32 años era el último y prácticamente único contacto entre la dirigencia nacional del PAN, entonces presidido por Abel Vicencio Tovar. Militaba en el partido uno de los pocos "solidaristas", es decir, uno de los más persistentes y leales seguidores de Efraín González Morfín que aún permanecían como miembros activos del Partido Acción Nacional. Se trataba de mi padre, a quien Carlos buscaba insistentemente con el objeto de persuadirlo de que abandonara la idea de renunciar a una candidatura a diputado y al partido mismo. Con el tiempo me tocaría estar con respecto de Carlos en una situación parecida. Tratar de persuadirlo de que no renunciara. Al final, su decisión prevaleció sobre un cúmulo de razones bien diferentes a las de aquella renuncia que circunstancialmente nos había "presentado" 20 años antes. La motivación de Carlos Castillo fue la opción personal por una vocación íntima, la de la vida intelectual, que lo acompañó toda su vida. Carlos Castillo fundó a principios de los 80 el Instituto de Estudios y Capacitación Política del PAN. Ahí nos convocó a un grupo de militantes, fundamentalmente jóvenes, para que trabajáramos en la formación ideológica del partido. Tiempo después Carlos se fue a Yucatán a contender electoralmente. A la llegada de Luis H. Alvarez a la presidencia del PAN, Carlos aportó nuevamente al partido el discurso, la propuesta y el pensamiento desde una visión humanista, solidarista, doctrinaria. La campaña presidencial del 88 le dio al PAN nuevos cuadros pero no le dio votos suficientes. Lo más importante es que surgía con vigor una organización política que dejaba atrás el terreno del mero testimonio y abordaba con vigor el compromiso de la vida pública. Desde ahí, instalados en la coyuntura definitoria de la vida del país, el PAN puso alma y corazón en iniciar, con todos los riesgos que nadie quería correr en aquel entonces, la transición política mexicana. Llegado el fin de los periodos de Alvarez decidimos llevar adelante una candidatura que respondiera al anhelo de millares de panistas: "precisión ideológica" y "política total". Si bien es cierto que el repunte medular en términos electorales se había dado bajo la presidencia de Alvarez, el PAN creció como nunca antes en la presidencia de Castillo. Yo era entonces el secretario general, como aprendiz de brujo, como Sancho Panza al lado de un Quijote audaz, inteligente, de gestos adustos en público y de una sonrisa fresca y resonante que explotaba como su ingenio. Y no perdía el amigo oportunidad para adelantar el quehacer, para entrenar al timón, para aconsejar, leer y regalar poemas, como Itaca, de Cavafis, que me hacía verlo como hoy lo veo como un Ulises pleno de vida, en largo trayecto. Porque la vida de Carlos fue un largo y placentero viaje, lleno de ámbar, ébano, coral, madreperlas, playas nunca antes vistas, amaneceres, perfumes voluptuosos puestos en cada libro, en cada palabra, en cada arenga, en cada rasgo de sus letras hermosas escrita con rigor, con disciplina, como la que tenía en su vida y en su rostro. Al concluir su presidencia de triunfos sin precedentes para el PAN, él tomó una decisión entonces sorprendente pero fundamental. Optó por un retiro parcial y creciente de la actividad política al anunciar su no reelección. Después las historias del DF y, al final, su salida, su despido. Para mí fue un duelo que hoy trágicamente me toca repetir. Lo medular es que él vio completa y satisfecha su vocación y trayectoria política. Cuando renunció al PAN no tenía para él sino palabras de agradecimiento, de afecto, de reconocimiento, de recuerdo. Un abrazo grande y sentido. Cuando tomé posesión como presidente del PAN, me dejó una tarjeta en el escritorio junto con las llaves de la oficina y una botella de champaña. Quisiera darle hoy, conmocionado, el abrazo de despedida que no le di a la otra vida. Dejarle algunas llaves que no encuentro pero que él seguramente lleva en el bolsillo de su saco que le abran la eternidad, y recitarle, junto al poema de Cavafis cuando "viejo ya", atraca en Itaca, la misma leyenda que dejó en una tarjeta sobre mi escritorio: "¡Qué todo te salga bien!". Y me guardaré el abrazo para algún día, llevando mientras entre los brazos abiertos el enorme y triste vacío de su ausencia Felipe Calderón Hinojosa es coordinador de la fracción parlamentaria del PAN en la Cámara de Diputados. |
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