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De Melbourne a Sydney
Y los desatinos del Comité Olímpico Internacional

María Cristina Rosas

Juan Antonio Samaranch
Foto: Newsweek

Los Juegos Olímpicos siempre dan de qué hablar, y no precisamente por la preeminencia de la consigna que postula que el deporte debe unir a los pueblos del mundo y menos aún ante la tan trillada consideración de que lo importante no es ganar sino competir.

Por segunda ocasión ha tocado a Australia organizar las justas olímpicas de la era moderna. Han pasado 44 años desde que Melbourne se convirtió en la primera sede olímpica en la gran islota del Pacífico sur. Ahora toca el turno a Sydney -la ciudad más grande e importante de ese país- operar como anfitriona, en un mundo muy distinto en comparación del de 1956.

Cuando Melbourne albergó los Juegos Olímpicos prevalecía un entorno bipolar y la reconstrucción de Europa y Japón tras los estragos de la Segunda Guerra Mundial empezaba a dar frutos. Ello hizo de las Olimpiadas un suceso pionero en más de un sentido. Por ejemplo, fue la primera vez que las justas deportivas fueron televisadas (de hecho, los derechos de transmisión fueron vendidos por una cantidad simbólica debido a que sólo existían cinco mil televisores en el mundo). También fue la primera ocasión en que las Olimpiadas se efectuaron en el hemisferio sur y en una nación tan joven (la federación fue proclamada el 1 de enero de 1901).

Asimismo, en Melbourne se incorporó una ceremonia no oficial de clausura donde los atletas desfilaron codo a codo en vez de marchar con el formato tradicional de los contingentes nacionales. Otras efemérides de Melbourne que vale la pena mencionar son el hospedaje de atletas de uno y otro sexo en la misma localidad y en casas en vez de edificios de departamentos. Esa fue la única ocasión en la historia de las Olimpiadas en que no todos los deportes se desarrollaron en un mismo país, debido a las estrictas medidas de cuarentena que llevaron a Estocolmo a ser una especie de subsede de las competencias ecuestres.

Melbourne, ciudad bautizada con ese nombre para honrar a Lord Melbourne (se salvó de llamarse "Batmania" en honor a John Batman) se vio transformada por las Olimpiadas. Antes de este encuentro era una especie de pueblote y se convirtió en una ciudad cosmopolita que en adelante albergaría importantes sucesos (como carreras de autos, abiertos de tenis, festivales de cine, etcétera) y ganaría reputación internacional como un lugar sofisticado, elegante y poseedor de uno de los estilos de vida más envidiados.

La competencia para albergar las Olimpiadas de 1956 incluyó ofrecimientos de nueve ciudades y, de hecho, Melbourne triunfó el 28 de abril de 1949, por mayoría de un solo voto sobre la ciudad de Buenos Aires. En tercero y cuarto lugares quedaron las ciudades de Los Angeles y Detroit. Uno de los argumentos para que Melbourne fuera agraciada con esta distinción fue que Australia tenía récord de participación de hombres y mujeres en cada una de las Olimpiadas de la era moderna, honor que compartía únicamente con Gran Bretaña, Irlanda del Norte, Grecia y Estados Unidos.

En aquellos años el deporte amateur era la norma en las Olimpiadas y la presión para romper las marcas establecidas por los atletas palidecía ante la consigna de la convivencia, la buena voluntad y el espíritu de competencia. Muchas cosas han cambiado desde entonces, y no necesariamente para mejorar.

Si bien la duración de las Olimpiadas de Sydney 2000 no es mayor que las de Melbourne 1956, cualitativamente las justas deportivas y el entorno como se desarrollarán es completamente distinto. Para empezar asistirán 200 países, algunos de los cuales ni siquiera son miembros de la Organización de las Naciones Unidas, lo cual hace ver al COI más plural e incluyente que el organismo internacional multilateral más importante del planeta. Por lo tanto, los atletas que competirán triplican en número a quienes contendieron en Melbourne, al igual que los delegados.

Debido a los ingresos millonarios que al COI le generan los derechos de transmisión de las Olimpiadas, los representantes de los medios de comunicación son mayores, en número, que los atletas (casi a razón de dos a uno) cuando en Melbourne ocurría lo contrario (la ecuación fue de tres atletas por cada periodista). Aquí también vale la pena valorar la importancia de la televisión, principal medio por el cual será seguido el desenvolvimiento de las justas deportivas. Debido a que en el mundo existen millones de aparatos de televisión accesibles a la población que se encuentra incluso en las latitudes más remotas, los intereses corporativos que patrocinan estos encuentros son muchos.

Un suceso tan difundido como las Olimpiadas debe ser atractivo. Esto significa que hay que sacrificar el amateurismo e incluir, en la medida de lo posible, a atletas profesionales de renombre, capaces de atraer a las multitudes y mantener el interés de los televidentes. En 1971, la palabra amateur fue eliminada de la Carta Olímpica. Por eso, el hecho de que ni André Agassi ni Gustavo "Guga" Kuerten vayan a participar en las Olimpiadas ha recibido tanta difusión y ha sido visto con gran preocupación por el COI, dado que le resta proyección y capacidad de negociación con los patrocinadores oficiales.

Otro efecto de la comercialización extrema de los Juegos Olímpicos es el dopaje. Existe fuerte presión para romper marcas, por lo que es prácticamente imposible que prevalezca un espíritu de fair play en las justas deportivas, donde ganar se convirtió en un fin en sí mismo, en tanto el placer de competir ya no tiene lugar. Naturalmente que la presión sobre los atletas los orilla a buscar mecanismos especiales para incrementar su rendimiento. En otros tiempos, el dopaje se relacionaba más con la confrontación Este-Oeste, cuando los deportistas procedentes de cada una de las grandes potencias se veían obligados a demostrar que eran más competitivos que la contraparte. El caso más documentado (aunque lamentablemente no el único) es el de las (y los) nadadoras (es) de la ex República Democrática Alemana, quienes ingerían esteroides y hormonas para desarrollar ciertas habilidades competitivas aun a costa de su propia salud. En esta lógica, el deporte, en vez de ser un instrumento capaz de estimular una vida más sana y productiva, se convirtió en un cáncer que destruyó (y lo sigue haciendo) a miles de personas.

De nuevo en Australia, 44 años después

El COI siempre ha pugnado por la inclusión. Sin embargo, como se observa en la historia de las Olimpiadas, hay una tendencia a que éstas se lleven a cabo en países desarrollados y sobre todo en el hemisferio norte. En eso el COI se diferencia, al menos formalmente, de Naciones Unidas, donde prevalece un principio de distribución geográfica que, se aspira, permita a las diversas regiones del planeta estar representadas en todos y cada uno de sus órganos. Naciones Unidas no es perfecta, pero frente al COI es, pese a la dinámica que caracteriza al Consejo de Seguridad, más incluyente.

El siguiente tema a ponderar cuando del COI se trata es la corrupción. Si bien a lo largo de la historia han existido reclamos en torno al proceso para la adjudicación de las sedes, fue en diciembre de 1998 cuando el secreto a voces se convirtió en una verdad que conmocionó al mundo. Alegatos de corruptelas de parte de miembros del COI fueron dados a conocer. Las acusaciones eran muy serias. Se decía que altas autoridades del COI habían aceptado sobornos en efectivo, regalos, favores empresariales y sexuales, gastos de viaje, gastos médicos e inclusive pago de colegiaturas para los hijos de algunos funcionarios del Comité que aprobó que las Olimpiadas de Invierno que se llevarán a cabo en el 2002 sean celebradas en Salt Lake City, Utah, Estados Unidos.

Al destapar la olla se dejaron escuchar las voces que aseveraban que este procedimiento también se produjo en la adjudicación de otras sedes con anterioridad. El escándalo se extendió hasta llegar al mismísimo Juan Antonio Samaranch, presidente del COI, de quien se dijo que contribuyó a aceptar que la ciudad de Nagano fuera sede de las Olimpiadas de Invierno a cambio de inversiones millonarias de los japoneses para erigir el Museo Olímpico.

Tras negativas iniciales de parte de Samaranch y otras autoridades del Comité ante las acusaciones imputadas, el COI determinó la expulsión de seis de sus miembros, en tanto otros más renunciaron. En diciembre de 1999, una comisión designada para promover reformas en el seno del Comité redactó un documento con 50 disposiciones que incluyen nuevas reglas para la elección de los miembros del COI para la adjudicación de sedes; para la transparencia en el manejo de recursos financieros de la institución; para el tamaño y la manera como deben desarrollarse los Juegos Olímpicos; para el combate del dopaje, etcétera. Asimismo, se estableció una Comisión de Etica del COI y Juan Antonio Samaranch, quien ya está cumpliendo 20 años al frente del COI, ha anunciado que no buscará su reelección.

El COI es una institución centenaria que elige a sus propios miembros. Con las reformas anunciadas en 1999, la membresía puede ser de hasta un máximo de 115 socios, de los cuales 70 son individuos, 15 atletas olímpicos, 15 presidentes de comités olímpicos nacionales y 15 presidentes de federaciones deportivas internacionales. Los miembros son electos para periodos renovables de ocho años, pero deben retirarse cuando cumplan 70 años de edad. Luego de las críticas en torno a la permanencia de Samaranch al frente del COI inclusive con todo y los escándalos citados, también se fijaron nuevas reglas para la duración en el cargo de presidente del Comité.

"Ganar se convirtió en un fin en sí mismo"

El COI elige a su presidente por periodos de ocho años, al término de los cuales es posible que se reelija por cuatro años en cada ocasión. Quienes han antecedido a Juan Antonio Samaranch en el cargo han sido, cronológicamente, Dimítrios Vikélas (1894-1896) de Grecia; el Barón Pierre de Coubertin (1896-1925) de Francia; el Conde Henri de Baillet-Latour (1925-1942) de Bélgica; J. Sigfrid Edström (1946-1952) de Suecia; Avery Brundage (1952-1972) de Estados Unidos, y Michael Morris, Lord Killanin (1972-1980) de Irlanda. Hasta ahora puede decirse que la hegemonía en el COI la han tenido los europeos y los estadounidenses y que si bien, a nivel de altas autoridades en la institución, figuran nacionales de países en desarrollo, aún parece lejano el día en que una persona procedente de Africa, América Latina u Oceanía presida al Comité. El tema no es irrelevante. Para nadie es un secreto que la adjudicación de las Olimpiadas de Verano de 1992 a la ciudad de Barcelona fue resultado de las gestiones del propio Samaranch. La pregunta entonces es qué relación existe entre la preeminencia de presidentes procedentes de Europa y Estados Unidos en el COI y el hecho de que en la historia de las Olimpiadas de la era moderna sólo dos países en desarrollo (México y Corea del Sur) han logrado obtener las sedes para celebrar los Juegos Olímpicos. El resto de las sedes se han concentrado justamente en Europa y Estados Unidos.

"Sería imposible volver al deporte amateur"

Las Olimpiadas de Verano del 2004 se llevarán a cabo en Atenas, a pesar del escepticismo manifestado por algunos miembros del COI, quienes consideran que el país mediterráneo carece de los recursos para erigir la infraestructura necesaria para llevar a feliz término las justas deportivas más importantes del mundo. Grecia, por cierto, solicitó (con cierta autoridad moral ante el advenimiento del centario de los Juegos Olímpicos de la era moderna), la sede de las Olimpiadas de 1996, la cual le fue adjudicada para sorpresa de propios y extraños a la ciudad estadounidense de Atlanta, donde tanto Coca-Cola (uno de los patrocinadores pioneros del COI) y la aerolínea Delta Airlines (que se benefició por el turismo que los Juegos Olímpicos generaron) tienen su sede. Las críticas no se hicieron esperar y para enmendar (un poco tarde) el error se eligió a Atenas para el 2004, con el escepticismo ya explicado.

Para el año 2008 se han postulado varias ciudades que desearían organizar las Olimpiadas: Bangkok, Estambul, La Habana, Osaka, París, Pekín, Sevilla, Toronto, Kuala Lumpur y de manera más reciente El Cairo. Se sabe también que Buenos Aires, ciudad de El Cabo y Río de Janeiro oficializarán ante el COI su ofrecimiento para albergar los Juegos Olímpicos. La lógica apuntaría a que, luego de todos los escándalos citados, el COI otorgará la sede a un país latinoamericano o a uno africano. Pero el problema no puede resolverse en esos términos, debido a lo costoso que resulta organizar los Juegos Olímpicos.

Teatro de la Opera, de Sydney

Se ha visto, especialmente en el caso de Sydney, que las Olimpiadas demandan infraestructura ad hoc. En un país como Australia, donde existe un apoyo decisivo del gobierno en favor del deporte, la inversión millonaria para desarrollar el complejo olímpico de Homebush y preservar la ecología del área (garantizando la supervivencia de las simpáticas ranitas que constituyen una especie en extinción en el mundo y que sólo se reproducen en el área de Homebush) podría justificarse sobre la base de que existirá una repercusión social, dado que los australianos lo demandan.

En el caso de los países en desarrollo, donde existen múltiples carencias, una inversión millonaria como la que se ha visto a lo largo de los 90 en Australia parece improbable. Ello asumiendo que con las reformas efectuadas en 1999 en el seno del COI, los "favores" que tradicionalmente se otorgaban a las autoridades del Comité pasarán a la historia. Pero hay otro factor adicional: la presión de los patrocinadores, quienes tienen notable influencia en el proceso de toma de decisiones sin formar parte strictu sensu de la familia olímpica.

Así las cosas, Sydney 2000 puede ser un parteaguas: hoy es tan costoso organizar las Olimpiadas (económica y políticamente hablando) que mucho de su sentido original se ha perdido, quizá para siempre. Sería impensable, en las condiciones actuales, volver al deporte amateur, dado que 90% de los atletas que compiten en las Olimpiadas no obtienen ninguna medalla y, por lo mismo, no son atractivos en términos de comercialización y marketing. Sad, but true...

María Cristina Rosas es profesora-investigadora en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Correo: mcrosas@prodigy.net.mx

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