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La economía política de Zedillo
Recuperación financiera y rezago social

Ricardo Becerra

Foto: Alberto Cuenca Macías

Grosso modo la gestión económica de Zedillo puede dividirse y entenderse en dos etapas: el programa de ajuste y estabilización (puesto en marcha en enero y febrero de 1995) y el programa nacional de financiamiento del desarrollo, a partir de 1997. El primero era un urgente y desesperado plan de choque, una operación de salvamento para una economía hundida cuyas fisuras financieras amenazaban la viabilidad de México por una generación. Y el segundo era un plan para que ese tipo de crisis no se repitiera. Salir de la crisis y evitar la próxima, ése ha sido el trabajo económico esencial del Presidente, el corazón de la política económica los últimos seis años.

I. Cuesta arriba

Zedillo no creó las condiciones de la crisis de 1994 pero sí la precipitó. En noviembre de ese año, el Presidente electo no corrigió a Salinas, al contrario, apostó a continuar en el arriesgado juego macroeconómico de aquél. En los Criterios de Política Económica 1995 decía Zedillo: una de las metas esperables es un déficit en cuenta corriente cercano a los 31 mil millones de dólares. O sea: el país necesitaría 31 mil millones de billetes verdes adicionales para funcionar. Pero las condiciones de esa apuesta eran frágiles; nadie creyó en la meta, los inversionistas menos que nadie, y en diciembre apostaron por una corrida contra el peso. Los resultados fueron trágicos: un crack acumulado de confianza, huida de capitales foráneos, pánico devaluatorio, la más aguda contracción de la economía, inflación, retiro de México de los mercados internacionales y otros tantos efectos internos, devastadores en términos políticos y psicológicos.

Los economistas han llegado a un cierto consenso en torno a la naturaleza de esa tremenda crisis, y pueden resumirse así (cuadro 1):

La obra económica de Zedillo tuvo que recomenzar ya no de cero sino de menos seis: se trataba de la reconstrucción y ajuste de una economía. La trabajó personalmente; la medicina propinada por el doctor no podía ser más dura, en dosis masivas e inclementes: recorte al gasto público, devaluación, inflación, desempleo... en 1995 la economía se contrajo -6.2%.

Oficialmente, la crisis fue superada a mediados de 1996. Entonces el Presidente comenzó otra etapa de su política económica: retomar el crecimiento, pero cuidando paso a paso las variables que habían estallado en 1995. En junio de 1997 lanza el Pronafide, largo texto donde es posible leer las metas de los últimos tres años y, sobre todo, las primeras medidas precautorias anticrisis. Más tarde, en septiembre, Zedillo convocó a un debate amplio sobre la política económica de Estado.

Pero ninguna fuerza política atendió esa convocatoria: luego de las elecciones intermedias de 1997, el Congreso de la Unión se había dividido, el PRI había perdido su mayoría absoluta y, sobre todo, el Fobaproa ocuparía el centro del debate económico y político durante meses, dividiendo y envenenando todo lo demás.

II. En el hoyo negro del Fobaproa

El sexenio de Zedillo protagonizó otro de los episodios más elocuentes y dramáticos de nuestra deformada economía política: el rescate bancario.

El Presidente tuvo que dar la cara por los saldos históricos de una banca debilitada, ineficaz y, en grandes segmentos, también corrupta. Las consecuencias estaban ahí, producidas por la discrecionalidad estatal de décadas por una supervisión precaria y deficiente; por una privatización que no fue acompañada de un marco regulatorio eficaz porque algunas instituciones fueron adquiridas por ladrones; porque hubo compras "cruzadas", "de saliva", irregulares de algunos bancos; francachela y festín crediticio; caos en las tasas de interés y finalmente rescate urgente, tumultuario, sin información. Este encadenamiento de descuidos, negligencia y errores, la ausencia de leyes y estrategias administrativas, le costará al país 633 mil millones de pesos, 16% del PIB en 1998, según las cifras finales del auditor canadiense Michael Mackey.

Los banqueros se dedicaron a cavar un enorme agujero financiero que todavía no se acaba de cerrar. La garantía de los depósitos de los bancos dio a sus flamantes propietarios peligrosas tentaciones y una espectacular oportunidad para jugar con el dinero del contribuyente. Prestar dinero a deudores arriesgados, a una tasa de interés relativamente alta, aunque no sean capaces de cobrar el dinero. Si resulta que pueden pagar, el banco habrá ganado en una operación con alto rendimiento. Si no puede hacerlo el banco se retira y deja que el Estado financie la maniobra. Si sale águila gana el banco, si sale sol pagan los contribuyentes. De los 633 mil millones, los fraudes de banqueros detectados y corroborados por Mackey (Carlos Cabal, Angel Isidoro Rodríguez y Jorge Lankenau) suman seis mil millones de pesos, cifra enorme en sí misma que representa 1% del total. No obstante, el Fobaproa acabó, en la percepción pública, como la condensación de condiciones económicas, institucionales y políticas que han hecho del Estado y de la economía pública un terreno de corrupción y fraude.

Los méritos económicos de Zedillo, en particular la rapidez de la recuperación, quedaron sepultados ante el alud de condenas -fundadas y no- sobre el Fobaproa. La política económica de Estado nació muerta, y en 1998 habría que sortear también las consecuencias de la crisis en Asia y en Brasil. Los últimos dos años tendría que trabajar en soledad para armar su prioridad final: el blindaje financiero contra la crisis de fin de sexenio.

III. ¿Se repetirá la historia?

En realidad, todos los programas gubernamentales se han dirigido a afianzar la fortaleza de las finanzas públicas, a crear mecanismos permanentes de ahorro público y cuidar la evolución de los agregados monetarios, financieros e internacionales. El blindaje, prioridad de Zedillo, es el último eslabón de un sexenio consagrado a la estabilidad económica.

La intención es absolutamente correcta; si lo logra, el Presidente habrá roto una maldición que se cierne sobre México desde hace 24 años. Mírese los resultados: en promedio durante las últimas cuatro crisis, los valores y bienes denominados en pesos se devaluaron 45% y el crecimiento económico se redujo -1.3%. Esta sería otra nación si no hubiera cursado por el vía crucis de las crisis sexenales. Por eso, Zedillo ha procurado componer todas las coordenadas respecto de las de 1994. Veamos si no:

Si se toma en cuenta el promedio completo, aun con la tasa de 7.8%, obtendremos un modesto 3.5% a lo largo del sexenio. La razón es, desde luego, la profundidad de la crisis de 1995. Incluso con eso, el cuadro 2 nos informa de una noticia diametralmente distinta a 1994: las divisas sí alcanzan para que el país funcione. Este cuadro nos indica que el país está creciendo a una tasa muy importante; lo hace con un endeudamiento público menor; tiene los dólares que necesitan para mantener su crecimiento; el gobierno no tiene que pagar en dólares en el corto plazo; sobre todo, hoy vendemos al mundo más, así que los dólares que entran por exportaciones alcanzan a pagar todas las deudas contratadas. Además deben agregarse algunas líneas de crédito, contingentes, parte de las palancas del blindaje. En estas condiciones es muy difícil esperar un tipo de crisis como la de 1994: el exorcismo de la maldición sexenal es altamente probable.

IV. La desigualdad

El grueso de los recursos y los esfuerzos del Estado fueron puestos a disposición de la estabilización económica. Las reformas estructurales (fiscal, electricidad, laboral, integración del aparato productivo) y sobre todo la materia social cuentan otra historia. Muy a pesar del Progresa, el sexenio trajo más desigualdad en todas las áreas.

México se consolidó como un país de bajos salarios, partido en dos: el ligado al mercado externo y el que surte al mercado interno. El primero ha crecido 10% anual en promedio y el segundo, 1%. Es una tendencia que empezó hace 20 años y se profundizó con Ernesto Zedillo.

El conjunto de estados del centro y del norte concentran la actividad económica; los del sur apenas pueden con desempeños modestos. Entre 1994 y 1999 los primeros vieron un crecimiento de 4.3%, 2.1%, uno en el sur. Si a eso agregamos que en esta zona reside la mayor parte de la población y protagoniza el mayor incremento demográfico es posible afirmar que los dos Méxicos ensancharon su distancia en los últimos seis años.

El hecho se manifiesta también en la distribución del ingreso: 70% de la población recibe ingresos menores a seis mil pesos al mes, pero el 10% más rica percibe 65 mil; 2.2 millones de familias se quedan con el 1.5% de la riqueza total, mientras que los 2.2 millones de hogares más ricos tienen 38.1%.

El sexenio que termina cumplió lo que se propuso como prioridad: estabilización. Quizá haya ganado tiempo para el siguiente gobierno y lo haya liberado de la crisis. Pero deja al mismo tiempo un México escindido, no sólo pobre sino extraordinariamente desigual. Para esa realidad, para el problema más viejo de México, el presidente Zedillo no tuvo respuestas

Ricardo Becerra estudió Economía en la UNAM.

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