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¿Para qué sirve la geografía?
Marge Simpson y los neandertales

María Cristina Rosas

Sydney
Foto: Tony Arruza/Geomundo

Hace unos días, en el programa estadounidense ¿Quién quiere convertirse en millonario? (versión chafa de los clásicos concursos televisivos donde el conductor formula una pregunta y los más chipocludos la responden para ganar una corta feria), la primera pregunta con valor de 100 dólares fue: "¿Cuál es la capital de Australia?". Adivine el lector quiénes no se convirtieron en millonarios...

Según una encuesta reciente, sólo 2% de los estadounidenses sabe que la capital australiana se encuentra en Canberra, en tanto algunos creen que está en Sydney, y uno que otro despistado se pronuncia en favor de Melbourne. Ya la revista National Geographic se ha encargado de poner en evidencia los escasos conocimientos geográficos de los estadounidenses, quienes incluso tienen problemas severos para ubicar a su país en el planisferio. Curiosamente México no sale tan mal librado en esas encuestas, en buena medida porque a los mexicanos desde pequeños se les introduce al mundo de la geografía, situación que en Estados Unidos no ocurre. Vaya, hasta Marge Simpson se quejaba, en el episodio donde suple a los maestros que iniciaron una huelga, que los niños de la escuela primaria de Springfield tardaban media hora para encontrar Canadá en el mapa (y conste que Canadá es el segundo país más grande del mundo, y cualquier persona con escasos conocimientos geográficos no tendría problema en localizar esa inmensa masa de tierra).

Las deficiencias en la educación básica estadounidense son evidentes en sus candidatos presidenciales. Hace algunos años, siendo George Bush padre presidente, el vicepresidente, Dan Quayle, hizo el oso de su vida al visitar una escuela primaria, "corrigiendo" al infante que escribió la palabra "popato" (papa) en el pizarrón. Quayle juraba que la palabra correcta era "potatoe".

Al hijo de... George Bush, tampoco le ha ido nada bien. Todo mundo recuerda el dramático error (uno de muchos, por cierto) en el que incurrió al referirse a los habitantes de Grecia como "grecios" (o sea, Greece y greecers). En esas condiciones, el pobre hombre debe creer que los habitantes de Países Bajos (Netherlands) son los netherlanders (o peor aún, los neandertales, dado que es más probable que Bush sólo conozca esta palabra dado su restringido léxico).

Supuestamente esas deficiencias del gobernador texano son las que lo llevaron a elegir como compañero de fórmula a quien fuera secretario de Defensa durante el gobierno de su padre: Richard Cheney, mediocre y gris personaje, quien mientras presidió al Pentágono hizo los pronósticos más inverosímiles en torno a la guerra del Golfo (asumiendo, por supuesto, que Cheney no sabía dónde rayos se encuentra el Golfo Pérsico).

En Sydney, la ciudad que algunos estadounidenses consideran la capital de Australia, se están llevando a cabo los preparativos para los Juegos Olímpicos, y dado que muchos ciudadanos estadounidenses harán el viaje para apoyar a sus atletas, han contactado a las autoridades australianas para encontrar respuestas a muchas preguntas que los inquietan. Una de las más frecuentes es si en Australia hay electricidad. Otros más quieren saber si manejan desde San Francisco, cuánto tardarán en llegar a Sydney. Hay quienes se preguntan si en Australia el principal medio de transporte son los canguros. No falta quien quiera saber qué idioma hablan los australianos. Hay inquietud respecto de si hay drenaje y agua potable, el costo de un koala de peluche, los trámites que se deben hacer para la importación de las mascotas de los Juegos Olímpicos, el precio de las hamburguesas de McDonald`s y si hay teléfonos en la islota. Francamente, con tantas interrogantes tan absurdas se podría compilar un libro que bien podría llamarse La antología de la estupidez.

Pero la culpa no es de los australianos, sino de un sistema educativo como el estadounidense especialmente deficiente respecto de la educación básica. Lo preocupante es que esa nación es la más poderosa del planeta, y quizá ese hecho lleva a que los estadounidenses se centren más en sí mismos, en su microcosmos, que en el entorno internacional. El riesgo, por supuesto, es que algunos gringos perezcan ahogados en su intento por manejar desde San Francisco hasta Sydney a través del Océano Pacífico. ¿Quién dijo que las relaciones internacionales no son importantes?

María Cristina Rosas es profesora-investigadora en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Correo: mcrosas@prodigy.net.mx

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