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Allí va la democracia
Javier Contreras Alcántara
Cada generación, frente a su verdad,
Hoy, al margen de la tan publicitada fecha del 2 de julio, de la tan mencionada transición democrática -que casi nadie sabe qué significa, si comienza o termina, pero que todos vimos o creímos ver- lo que es claro es que se está transformando nuestra cultura, nuestra forma de vivir -de afrontar la vida y las condiciones internas/externas de vivirla-; se están produciendo nuevos procesos sociales que provocan y provocarán manifestaciones político-culturales pocas veces vistas en nuestro país. En este sentido es que debemos debatir las prioridades y el desarrollo de tales manifestaciones. En nuestro mundillo global llamado México -que aparentemente se reduce a dos vergonzosas cadenas de televisión abierta, unos cuantos diarios azules/grises/rojos, una marejada de escabrosas radiodifusoras y miles de publicaciones efímeras- se están presentando reacciones interesantes respecto de lo que debe ser la actuación de la sociedad. Este no es un tema nuevo pero sí es catapultado por la reformulación de la relación y el pacto que suscribe la sociedad con el Estado a raíz de los cambios y fracturas en las instituciones políticas -que a fin de cuentas son las que atienden las demandas de la sociedad y que, en opinión del autor, es lo que se ha llamado transición política-. Francisco Zapata menciona que "... la democracia es un régimen político cuyo funcionamiento está mediado por los tipos de articulación entre sociedad, sistema político y Estado existentes en una formación social en un momento histórico determinado..."(1) y los tipos de articulación entre éstos "... definen el desarrollo de la ciudadanía, la formación de los partidos políticos y los procesos electorales...".(2) Y este es el punto en el que nos encontramos, en un momento en que la ciudadanía toma plena conciencia de que ella decide, que aun cuando los electores hayan elegido a un individuo para gobernar la acción política sí es asunto de ellos y le deben dar instrucciones sobre lo que debe y puede hacer -contra lo que dice Schumpeter-. La existencia de partidos políticos y de elecciones no es suficiente para declarar la presencia irrefutable de la democracia. La ciudadanía ha hecho un cambio, y no me refiero al del partido en el gobierno que eso es lo de menos, sino en la forma de asumir la representación en el sistema político, es decir, un cambio en su actitud hacia la política, en su cultura política. La gente asume un papel activo en la definición del Estado en que vive, prueba de ello es la creciente cultura de la queja cuando no se le atiende debidamente -¿la caída del PRI?-, así como la defensa del lugar donde vive, de sus recursos y medio ambiente, la molestia por la propuesta de gravar medicinas y alimentos básicos, entre otros ejemplos. Este cambio no es fruto directo de las elecciones, sería mentira afirmar lo contrario. Es producto de un largo proceso de reflexión y rebeldía ante lo absurdo de ciertas prácticas y decisiones políticas que abarcan desde tiempos del colonialismo español y que en movimientos armados como la Independencia y la revolución se expresaron contra de éstas, lo que hace espectacular este momento -contra lo que la televisión, así como el cine de Hollywood definen como tal- es que el cambio -del cual la alternancia en el poder es sólo una consecuencia- se llevó a cabo por una vía pacífica. Los jóvenes somos actores importantes de este momento y pese a que la confianza en los políticos y en las instituciones políticas es incierta,(3) acudimos a las urnas.(4) Pero nuestro papel no es sólo el de confiar en un proceso electoral o en un sistema político de élite -como ha sido hasta ahora en México-, sino el de apropiarnos ese sistema político, es decir, sentirnos parte de él y dejar de verlo como algo lejano y ajeno. En otras palabras, el reto y la responsabilidad que tenemos los jóvenes es:(5) Consolidar la crisis que una parte de la generación de entre 35 y 60 años, aproximadamente, ha generado en las instituciones políticas, para hacerlas resurgir con propuestas de acción y programas profundos impulsadas por/para/desde/con la participación social basada en una educación cívica que permita, a través del respeto, la aceptación del otro(6) y la discusión constructiva con el otro, el surgimiento de un Estado acorde al pleno respeto de nuestros derechos y el cumplimiento de nuestras obligaciones. Por supuesto, esto se escribe y se lee más fácil de lo que se hace y no basta con poner al descubierto el tema para que sea resuelto, pero si los jóvenes queremos ir hacia un país en el cual se respeten nuestros derechos primero debemos cumplir con nuestras obligaciones, y uno de éstas -aunque moral como muchos otros- es elaborar un proyecto de nación sobre el cual actuar. Y cabe preguntarse: ¿qué proyecto de nación tenemos los jóvenes? Esta pregunta invita a la reflexión porque si bien es cierto que generaciones jóvenes, como la del 68, tenían un proyecto claro, hoy los jóvenes no lo tenemos, al menos no como generación, y lo que se desea es vivir en un lugar diferente donde podamos obtener satisfactores a nuestras necesidades.(7) Pero esto, lejos de ser problema, puede ser una ventaja pues la mayor parte de nosotros coincidimos al respecto. ¿Cuál es la ventaja? La ventaja es que esto -no tener un proyecto claro lejos de la generalidad de querer vivir en un lugar diferente- puede permitir el apropiamiento del sistema político por parte de la ciudadanía, es decir, la recuperación de poder decidir lo que se quiere y lo que no, lo que se acepta y lo que no; puede permitir que se recupere el interés en los asuntos públicos y en lo que hacen o dejan de hacer los responsables de ejercer los cargos de servicio público -desde el alcalde hasta el Presidente de la República, pasando por el gobernador, así como por los diputados y senadores- para obtener ese lugar diferente que se desea. ¿Qué implica esto? Que los proyectos para reconfigurar y revitalizar las instituciones políticas y el Estado deberán mantener el mayor número de decisiones en el ámbito local -donde la política se hace cara a cara en el trabajo diario y no a través de las ondas hertzianas, el satélite o el papel-, porque los ciudadanos se han percatado que un gobierno centralizado, donde son representados por una clase de políticos profesionales, es decir, un gobierno y un sistema político de élite, no es efectivo. El rediseño del Estado y las instituciones políticas debe ser una mezcla de formas de expresión directas y en instituciones representativas controladas por los ciudadanos. Esto implica recuperar la confianza en las personas y su capacidad para participar en su propio gobierno. Y que -como dice Joshua Cohen-(8) todos son capaces de participar en la discusión en torno al ejercicio del poder.
El reto es hacer totalmente a un lado la sensación de no tener voz -a pesar de tener diputados y senadores-, de ser manejados y dejar que alguien más decida -el alcalde, el gobernador, el Presidente o el FMI, la OMC, etcétera-. La democracia depende de la noción de ciudadanía, del involucramiento activo en la constitución de la nación. Surgirán voces que digan que esto es un gran peligro, pues se perderá la gobernabilidad ya que será imposible ponerse de acuerdo ante una sociedad heterogénea. La ingobernabilidad está presente, pues la democracia existente está sobrecargada por demandas sociales de seguridad social y económica, de participación política; demandas y necesidades largamente desatendidas. Es imposible tener un gobierno plenamente democrático si se tiene una sociedad pasiva en la vida social y política del país. ¿De qué democracia se habla? De una que casi no se practica. Se habla de la democracia en la que el ciudadano participa en las elecciones y además se interesa por los asuntos públicos sin dejarlos en manos de los elegidos, que además debate y discute las posibilidades para resolverlos de la forma más adecuada para unos y otros, que no deja la resolución de los asuntos económicos al libre albedrío del mercado. Se hace referencia a la democracia en la que quien a pesar de no tener relación con los grandes poseedores del dinero, tiene posibilidad de estar dentro de la política, porque de lo contrario casi todos estaríamos fuera -como hoy-. No se hace mención de la democracia que significa tener libertad de elegir entre Coca Cola y Pepsi, Barcel o Sabritas, TV Azteca o Televisa, Sony o Panasonic, Zucaritas o Corn Flakes. Mucho menos a la democracia que sólo se acuerda de la gente en época de elecciones y la mayor parte del contacto con ésta es a través de un eslogan y una falsa postura en la televisión, el periódico, la radio o la fotografía. No se habla de una democracia pasiva y consumista. La democracia, de la que se habla, significa tener y ejercer el derecho a hablar y ser escuchado -y, por tanto, tener y cumplir la obligación de dejar hablar y escuchar- como persona y no como un dígito más en los indicadores macroeconómicos; de la democracia que exige nuestra participación activa en la construcción del debate y la discusión de los asuntos públicos con los que se construye el país. Se habla de la democracia como una forma de asumir y vivir la política, de una cultura democrática y republicana,(9) no sólo como una forma política de gobierno. La democracia no es la de Bill Clinton cuando regaña a los países pobres y les dice cuáles deben ser sus comportamientos sobre derechos humanos o procesos electorales; tampoco la del Banco Mundial o la del Fondo Monetario Internacional cuando amenazan a los países por no esforzarse adecuadamente para alcanzar la transparencia electoral y el buen gobierno. No se trata de convertirse en un régimen democrático por decreto para obtener apoyos económicos ni de reproducir un orden social desigual ni un sistema de dominación. La democracia da por supuesto que todos los ciudadanos son iguales. La democracia no se limita al proceso electoral sino que implica, además, un proceso público de discusión con el sistema político para decidir sobre los asuntos públicos, sean culturales, económicos, sociales o de gobierno. He aquí parte del reto generacional para los jóvenes en México: evitar caer en el gobierno de opinión, que la democracia de supermercado -pasiva, cara, consumista y desechable-, de masas, se instale en nuestro país; y combatirla con una ciudadanía activa, reflexiva, consciente de sus derechos y sus obligaciones, así como del respeto por la vida de los demás. Cambiar la conducta, la actitud, el razonamiento social que nos ha guiado durante largo tiempo y actuar/pensar/sentir como ciudadanos partícipes y constructores del país/estado/municipio/ciudad/comunidad/colonia donde vivimos. Evitar convertirnos en consumidores políticos antes de ser ciudadanos
Notas 1 Francisco Zapata, Las perspectivas de la democracia en América Latina, conferencia dictada en El Colegio de San Luis el 27 de abril, 2000. Documento. 2 Op cit. 3 De acuerdo con los resultados de una encuesta aplicada a jóvenes por la empresa Consulta, a los que hace referencia Ciro Murayama en "Mucho más que CGHacheros, perfiles del voto joven", en etcétera, núm. 383, 1 de junio, 2000, México. 4 Al respecto, la información proporcionada por Mitovsky de su conteo rápido que puso a disposición en www.presidenciables.com horas después del cierre de las casillas es reveladora. 5 Esta es la opinión del autor; es pertinente realizar una investigación en forma para conocer cuál es el reto que perciben los jóvenes para con el país, el mundo, la ciudad, etcétera. 6 Cabe hacer la aclaración que cuando se habla de otro se hace referencia a un otro genérico. 7 En este sentido, será revelador el resultado de la encuesta a jóvenes que realizará el Instituto Mexicano de la Juventud, y sus hallazgos podrán ser sustento de un plan y desarrollo estratégico de la sociedad y la nación en materia de cultura, expectativas y replanteamiento de las instituciones. Sin embargo, como dice Ikram Antaki en El manual del ciudadano contemporáneo, pág. 123: "... las dos últimas generaciones se han construido sobre la denuncia y la emancipación de la moral y el orden social, la duda y la ironía, luego la caída de las ideologías y las rupturas de la vida colectiva". 8 Joshua Cohen, "Procedimiento y sustancia en la democracia deliberativa", en Metapolítica, vol. 4, abril/junio, 2000, México. 9 Al respecto ver: Ikram Antaki, El manual del ciudadano contemporáneo, Ariel, 2000, México (pp. 100-105), "Los derechos a la participación (sean políticos: como la seguridad, la asociación, la libre expresión y comunicación de las opiniones, el sufragio; sean sociales: como expresar reinvindicaciones de trabajo o defender intereses materiales) son republicanos... el debate por la democracia tiene como marco a la República... en el nombre de la República, un régimen puede volverse dictatorial; mientras que una democracia puede transformarse en una tiranía de la masa y en el reino de demagogia. La República es de los ciudadanos; la democracia considera al hombre en su indeterminación. La República se vuelve democrática cuando cada hombre es un ciudadano. La democracia funciona la vacío, la República le da un contenido. La democracia le recuerda a la República la exigencia del Estado de derecho, y exige la deliberación. La República supone el reconocimiento de los valores conformes a la razón. Hay que construir una democracia republicana. La República define las reglas democráticas primordiales: participación en las decisiones públicas, educación, conciencia... la República es un movimiento infinito".
Javier Contreras Alcántara estudió Comunicación en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. |
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