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danza

Improvisación

Fernando Maldonado M.

Foto: Fernando Maldonado

Como todo quehacer artístico que gana adeptos, los cultivadores de la danza buscan alternativas para mostrar por qué es importante su tarea. Los coreógrafos ejercen su labor de dos maneras: la primera, aplicando sus conocimientos durante la realización coreográfica. La segunda, improvisando escenas mientras hacen la confección. Así, una coreografía es, en cualquiera de los métodos de trabajo, no un accidente sino un concepto cuya influencia ha determinado su devenir histórico.

Se dice que no hay teatro sin el proceso de improvisación en el curso del montaje, la cual es una acción inducida o planeada sobre un tema libre o elegido que conlleva la característica de espontánea. Desde luego se necesita experiencia para improvisar -dominar el lenguaje de una disciplina: jazz, teatro, danza, oratoria- y crear un texto de ocasión cuya finalidad es encontrar nuevos elementos estéticos. Lo que no está previamente estructurado es improvisación y pertenece más a la intuición que a lo codificado. Quienes experimentan son los veteranos en las disciplinas por tener más recursos que los principiantes.

La improvisación en danza es una búsqueda estética más pero corre el riesgo de que a veces logra escenas magníficas, soberbias y otras no pasa nada porque carece del dominio del ritmo y del diseño, y produce fases desarticuladas.

El grupo de danza Proyecto Ensamble Tiempo de Bailar, bajo la dirección de Vicente Silva, estrenó Opus 37 y la vida continúa, con base en improvisaciones. Creó una coreografía interesante, atractiva, fresca e ingeniosa. El trabajo de sus intérpretes es relevante, pues todos ellos poseen recursos técnicos, corporales e histriónicos que el público supo valorar. Improvisar es no repetir lo mismo de la sesión anterior. La pregunta que queda en el aire es: ¿las cuatro funciones fueron iguales o diferentes?

Fernando Maldonado M. es periodista, especializado en danza.

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