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Por una política exterior global
Una agenda internacional para el nuevo gobierno

María Cristina Rosas

Vicente Fox y Bill Clinton
Foto: Alfonso Murillo/Notimex

La política exterior de México ha experimentado desafíos importantes en el transcurso de las últimas décadas, sobre todo tras el fin de la guerra fría. Parte de esos desafíos se explican a partir del hecho de que la política exterior mexicana se basa en principios, y si bien ha adoptado posturas que podrían ser consideradas como "pragmáticas", éstas han sido acuñadas con cierta premura, en contradicción con la política que algunos considerarían "tradicional".

La política exterior tiene la función de promover los intereses del país en el mundo. Este es un postulado tradicional que en la práctica enfrenta límites, como bien acota Mario Ojeda, y buena parte de éstos son fijados por las políticas exteriores de otros Estados y demás actores en el sistema internacional. A ello habría que agregar las presiones del proceso globalizador en la dinámica de la toma de decisiones de los países. Siendo especial aunque no exclusivamente un fenómeno económico, en una nación que ha realizado importantes reformas en materia de comercio, inversiones y también en términos de la desregulación y la privatización, la globalización se ha convertido casi en cliché.

Rumbo a una política exterior global

En el presente análisis, la principal reflexión gira en torno a la necesidad de articular una genuina política exterior global, una en la que la agenda económica vaya de la mano de la agenda política; en la que las iniciativas bilaterales sean un recurso tan socorrido como las multilaterales; una en la que, reconociendo la importancia que reviste Estados Unidos para México, los otros países y regiones del mundo sean revalorados a partir de su capacidad de influencia en la escena internacional; una en la que, ante la globalización, México reconozca sus vulnerabilidades pero actúe de conformidad con sus capacidades, con una actitud interdependiente; una en la que, en resumidas cuentas, México sea actor, no sólo espectador. Ello requiere cambios importantes que tal vez sea difícil concretar en un solo periodo presidencial. Sin embargo, deberían darse los pasos decisivos para avanzar en esa dirección sobre la base de un proceso de reforma continua para el mediano y largo plazos.

¿México necesita una política exterior global definida en términos de la cobertura de una agenda que incluya a todas las regiones del orbe en su dimensión política, económica, cultural y social? En un mundo globalizado pero a la vez fragmentado, siempre persistirá el argumento de que no hay necesidad de mirar a todo el mundo, dado que lo que verdaderamente compete al interés de los países es su entorno geográfico inmediato. Ello, sin embargo, no debería estar peleado con la noción de una visión global, especialmente para un país como México que a nivel regional enfrenta la presión de una superpotencia que claramente limita el margen de maniobra de los mexicanos en el mundo. Una política exterior global contribuiría a generar espacios de acción para México, que inclusive le permitirían una negociación ventajosa con Washington.

Desde luego que una política exterior global no significa negar las realidades geográficas y regionales de México, sino colocarlas en una dimensión comparativa y negociadora respecto del resto del mundo, sobre la base de que si bien existen categorías de intereses para la nación (donde Estados Unidos ocuparía las primeras posiciones), los demás países importan no sólo en la medida en que puedan contribuir a posicionar a México en mejores términos frente a Washington, sino porque existen nichos y agendas que sólo podrían gestionarse con el resto del mundo.

¿Cuánto cuesta una política exterior global? O, mejor aún: ¿México puede darse el lujo de contar con una política exterior global en momentos en los que el presupuesto de la cancillería se encuentra castigado respecto del que perciben otros ministerios gubernamentales? Es aquí donde se requerirían dos tipos de reformas: la política y, como consecuencia de ella, la presupuestal.

En realidad son pocos los países del mundo que cuentan con una política exterior global. En su mayoría son las grandes potencias, o bien naciones como Canadá o Brasil, que por circunstancias diversas han decidido seguir el complejo sendero de una política exterior pensada no sólo a partir de su entorno inmediato, sino del mundo, como un escenario de claros desafíos pero grandes oportunidades.

México es la cuarta economía en el continente americano detrás, por supuesto, de la estadounidense, la brasileña y la canadiense. Cuenta con 100 millones de habitantes y según las estimaciones del Banco Mundial esa cifra podría elevarse a 125 millones en tan sólo 15 años. Es uno de los únicos 17 países bioceánicos del mundo, poseedor de una diversidad muy amplia de recursos naturales y humanos. Además de ser miembro fundador de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), pertenece a una amplia gama de diseños regionales como la Organización de Estados Americanos (OEA), el Foro Económico Asia-Pacífico (APEC), la Asociación Latinoamericana de Integración (Aladi) y también socio de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y el Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo (BERD), entre muchos otros.

México goza de una reconocida reputación en el tratamiento de temas como el desarme (nuclear y convencional) y el combate al tráfico de estupefacientes. Asimismo, forma parte de todas las instituciones comerciales, crediticias y financieras multilaterales de importancia en el mundo como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial, la Organización Mundial de Comercio (OMC) y la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD). Sin embargo, con todo y ese bagaje de experiencias que resultan del involucramiento de México en las relaciones internacionales a partir de instituciones y agendas referidas, el peso de la cancillería en la articulación de la política exterior mexicana ha disminuido aceleradamente en los últimos años, en parte por la sectorialización de la política exterior. Es decir, hoy en día, la agenda de combate al narcotráfico y de sus implicaciones en el exterior recae, esencialmente, en la Procuraduría General de la República, no en la cancillería. La entidad responsable de abordar la problemática ecológica y su dimensión internacional reside en la Secretaría de Medio Ambiente, Recursos Naturales y Pesca (Semarnap), no en la cancillería. La negociación de acuerdos comerciales con el mundo es una atribución de la Secretaría de Comercio y Fomento Industrial (Secofi), no de la cancillería.

Parte de la idea de la "descentralización" de agendas tradicionalmente concentradas en la cancillería se sustentó en la eficiencia, considerando que quienes mejor podían lidiar con el tema del narcotráfico en su dimensión global eran las autoridades de la PGR, en tanto la entidad mejor equipada para suscribir acuerdos comerciales en el exterior era la Secofi. El problema es que se ha producido una descoordinación en las agendas de cada entidad que en esencia le ha restado margen de maniobra a la cancillería y no sólo eso: se ha generado una duplicación de esfuerzos a costa del erario público dado que, por ejemplo, la Secofi mantiene oficinas en el exterior en muchos de los lugares donde también existen misiones diplomáticas que representan al gobierno mexicano.

¿Cuál sería el balance en torno a la sectorialización de la política exterior de México? Sus arquitectos dirían que ha dotado al país de capacidad de respuesta rápida ante problemas concretos. Los escépticos enfatizarían que se duplican esfuerzos y se incurre continuamente en incidentes cuando, ante un mismo problema, la cancillería responde de manera distinta a como lo hacen otras dependencias (como quedó de manifiesto en la tristemente célebre "operación Casablanca").

Ciertamente aquí no se ha tocado el tema de la rivalidad intersecretarial que también opera en contra de la adecuada promoción de los intereses mexicanos en el exterior, justamente porque, por ejemplo, los economistas de la Secofi consideran que los diplomáticos de la cancillería no son los más aptos para negociar acuerdos de libre comercio; en tanto los segundos sostienen que es injusto que se efectúen negociaciones sin la adecuada representación de las instancias que poseen una visión política del proceso. Los perfiles de los secretarios a cargo de los distintos ministerios son también un problema, dado que a últimas fechas el gabinete económico hegemoniza el proceso de toma de decisiones que afectan el comportamiento y la imagen de México en el mundo.

La cancillería sigue controlando ciertas temáticas, como la protección de los mexicanos en el exterior, como se explicaba anteriormente, está a cargo de la agenda en materia de desarme y, en general, de las relaciones con la ONU y sus dependencias.

Foto: Contraluz

Sin embargo, una política exterior debe tener una matriz coordinadora que debería recaer, esencialmente, en la cancillería, dado que por eso se llama política exterior (y no economía exterior ni comercio internacional). La Secretaría de Relaciones Exteriores es de las pocas dependencias que cuenta con un servicio civil de carrera, altamente profesionalizado y que, a pesar de ello, tiene percepciones salariales lamentables, además de operar con un presupuesto restringido, a comparación de otras dependencias que han estado a cargo de agendas específicas de la política exterior.

Por todo lo anterior (la duplicación de tareas, las contradicciones que han surgido en la respuesta de cada dependencia ante un mismo problema, la rivalidad intersecretarial, etcétera) valdría la pena contemplar un proceso que ya han vivido países como Australia y Canadá, al incluir, en un solo ministerio, las agendas políticas y no políticas en lo que Canberra y Ottawa denominan Departamento de Asuntos Exteriores y Comercio Internacional (DAECI) y que ha permitido que se cree un sistema de contrapesos donde la dimensión política es (o tendría que ser) el eje estructural (y coordinador) del resto de las agendas. Claro que en esos países el hecho de que exista un ministerio de esas características obedece a la enorme dependencia que se tiene respecto del comercio internacional para la prosperidad interna. Y si bien se considera que ello ha economizado a las políticas exteriores canadiense y australiana (esto es, orientándolos a esferas esencialmente comerciales y financieras), un análisis más profundo revelará que la agenda económica debe ser motivo de negociación con las agendas no económicas en el interior del ministerio, no fuera de él.

Ciertamente un proceso de fusión de las dependencias de referencia (particularmente de las secretarías de Relaciones Exteriores y la de Comercio y Fomento Industrial) no sería un proceso sencillo, y requeriría numerosos ajustes comenzando por el perfil de su personal, el cual, en el caso específico de la Secofi tendría que ser profesionalizado en condiciones similares a como opera la cancillería. Asimismo, no hay que perder de vista que la cancillería se encuentra inmersa en profundas reformas que ahora han establecido mecanismos de monitoreo de su personal sobre la base de la eficiencia, de manera que si en determinado tiempo no se logra ascender a partir de los concursos y mecanismos diseñados para ese fin, se procederá al cese del funcionario de referencia. Así, a la par de esos cambios, una eventual fusión con otra dependencia tendría que resolver todos esos problemas que, en la práctica, darían coherencia a las agendas económicas y no económicas de una política exterior que debería ser más integral.

Respecto de dependencias como la PGR y la Semarnap, el trabajo deberá ser más estrecho con la cancillería dado que el impacto internacional de, por ejemplo, las medidas de combate al narcotráfico o el desarrollo de determinadas operaciones para lidiar con problemas como el lavado de dinero puede ser mejor anticipado por la cancillería. Lo mismo se aplica para agendas como la protección del medio ambiente, especialmente en momentos en que en los foros regionales y multilaterales cada vez se vinculan más estos tópicos a la dinámica del comercio internacional, pero que al igual que en otras temáticas, requieren una directriz política que sólo la cancillería puede proporcionar.

Volviendo al tema de los costos de una política exterior global, claramente se trata de un asunto de organización y no de mayores recursos. Ciertamente sería deseable que en vez de cerrar misiones diplomáticas para abrirlas en otro rincón del planeta, esas decisiones formarán parte de un plan de promoción de los intereses de México en el exterior, reconociendo, de nuevo, la jerarquía de prioridades regionales y vecinales (con EU como consideración inevitable en primerísimo lugar), pero sin perder de vista las oportunidades que representa el resto del mundo para el tratamiento de temas y agendas específicos.

Una política exterior global permitiría a México identificar con facilidad aquellos "nichos" donde la promoción de sus intereses podría ser mejor garantizada ya sea de manera individual o a partir de la conformación de coaliciones con países con los que en un momento dado pudieran existir afinidades (likeminded countries). La llamada diplomacia de nicho es un recurso socorrido para países que sin ser grandes potencias cuentan con capacidad de gestión e influencia suficiente para promover agendas específicas en las relaciones internacionales que pueden ser atractivas para otros Estados. A menudo las grandes potencias, poseedoras de intereses globales, no se interesan ni pueden involucrarse en ciertas agendas. A ello hay que sumar el restringido margen de acción que poseen los países más pobres, quienes, aunque quisieran, no podrían ser escuchados apropiadamente por los grandes artífices de la política mundial. Así, el espectro restante se reduce a naciones como la mexicana, con capacidades que difícilmente pueden ser ignoradas, pero con vulnerabilidades que le impiden ser gran potencia.

Por lo anterior, México requiere una política exterior global en la que la llamada diplomacia de nicho jugaría un papel determinante, garantizando presencia y liderazgo del país en las relaciones internacionales, y permitiéndole márgenes de maniobra amplios ante Estados Unidos y otras potencias como la Unión Europea.

Unilateralismo, bilateralismo, regionalismo y multilateralismo

En toda política exterior es posible identificar iniciativas unilaterales, bilaterales, regionales y multilaterales. Las primeras suelen ser impositivas y no toman en cuenta a la comunidad internacional. Las bilaterales permiten abordar agendas específicas con países determinados. Las regionales parten de la premisa geográfica para la promoción de intereses de los países sobre la base de las afinidades y compatibilidades que pueden existir en ciertos rincones del mundo. Las multilaterales ocurren ponderando a buena parte de la comunidad internacional en la articulación de iniciativas de política exterior.

Cada una de estas aristas abre posibilidades en el ejercicio de la política exterior que permiten generar equilibrios de conformidad con las necesidades y las agendas que se presentan para los países. Así, por ejemplo, el unilateralismo es un recurso a ponderar cuando las iniciativas multilaterales, regionales o bilaterales no prosperan, o bien cuando se busca incentivar estas últimas para obligar a las contrapartes a reconsiderar sus posturas negociadoras. Por ello, México debe hacer uso de todas y cada una de estas posibilidades sin inhibiciones en la promoción de sus intereses en el exterior.

Estados Unidos

Con la Unión Americana, México tiene una agenda amplia, diversa y, por lo mismo, compleja, incomparable con cualquier otra región o país del mundo. Los temas sensibles son el combate al tráfico de estupefacientes, el respeto de los derechos humanos de los mexicanos indocumentados, el deterioro ambiental, especialmente en la franja fronteriza, el libre comercio, las inversiones estadounidenses en México (y mexicanas en EU), etcétera.

Barry McCaffrey, zar antidrogas de EU
Foto: Juan Pablo Cruz

A pesar de la vecindad, el desconocimiento mutuo es grande, y dadas las dimensiones de EU y la concentración de población de origen mexicano en unos cuantos estados de la Unión Americana (como Texas, California, Nuevo México, Arizona e Illinois) resulta verdaderamente difícil sensibilizar a los estadounidenses respecto de la "agenda mexicana". Sin embargo, California es un estado importante cuya economía en sí es la sexta del mundo y mayor a la canadiense. California, por cierto, es un estado muy vinculado a México. De ahí que una estrategia a seguir tendría que pensarse en términos de las comunidades mexicanas residentes en ése y los otros estados donde su presencia es no sólo visible sino económicamente importante, y gestionar acuerdos que posibiliten el ejercicio de derechos ciudadanos en la Unión Americana. Ya se ha dado un paso importante en México gracias a la legislación sobre la no renuncia a la nacionalidad mexicana. El siguiente escalón es posibilitar que quienes cuentan con tiempo determinado de residencia en el vecino país del norte puedan acceder a los derechos ciudadanos a partir de la normalización de su situación migratoria. Y aunque el tema del voto de los mexicanos en el exterior para efectos de las elecciones que se llevan a cabo en México resulta muy controvertido, sería oportuno avanzar en esa dirección a partir de las gestiones que podría llevar a cabo el Instituto Federal Electoral (IFE) en conjunto con algunas comisiones del Congreso mexicano sobre el particular.

La agenda comercial es compleja dados los niveles de interacción existentes entre ambas economías. Actualmente, México es el segundo socio comercial de EU, superado únicamente por Canadá, y si bien es innegable la enorme dependencia mexicana respecto de la economía estadounidense, ésta también depende para su prosperidad (especialmente en los estados fronterizos con México) de los consumidores y productores mexicanos.

Es inevitable que a mayor intercambio de bienes y servicios se agudicen las controversias entre las dos naciones. Pero ello no debe inhibir a México: por el contrario, debe aprender de todas esas experiencias.

La creación de un mercado común en América del Norte es un tema complejo que debería esperar a que el TLC agotara sus expectativas. El tratado comercial norteamericano se pactó a 15 años, de los cuales han transcurrido seis en medio de controversias muy variadas. Un mercado común supondría el libre flujo de los factores de la producción, y el tema migratorio se tornaría ineludible. Sin embargo, ni EU ni Canadá muestran entusiasmo al respecto.

Por lo anterior habría que atacar el problema desde otro ámbito: el desarrollo regional vía fondos especiales para combatir la pobreza en los tres países (sin negar que pese a que EU y Canadá disponen de mayores recursos, también en sus sociedades hay pobres y marginados). Si México es capaz de introducir la agenda de combate a la pobreza vía el desarrollo regional en la relación con EU (y también con Canadá) estará allanando el camino para, en el mediano plazo, volver a plantear el tema migratorio, dado que mientras subsista la asimetría abismal en los niveles de bienestar social entre Washington y México, el fenómeno migratorio seguirá su curso.

El combate al narcotráfico demanda una relación respetuosa entre México y EU y, en ese sentido, el gobierno mexicano debe ser muy persuasivo. Situaciones como las que se generaron a raíz del asunto "Casablanca" son inadmisibles entre países que mantienen un acuerdo comercial tan ambicioso y que, en la práctica, son tan interdependientes. México ha elevado al rango de amenaza a su seguridad nacional la lucha contra el tráfico de estupefacientes. México es motivo de escrutinio a partir del agobiante proceso de la certificación. La cooperación entre las autoridades judiciales de México y Estados Unidos es muy intensa y el gobierno mexicano, a pesar de contar con recursos limitados para enfrentar el problema ha aceptado que la táctica de combate se centre en las operaciones de intercepción, muchas de las cuales se efectúan con una participación simbólica de las instancias mexicanas.

México ha estado dispuesto a hacer todo eso y merece el reconocimiento (léase, no con fines contemplativos sino para desarrollar vínculos menos asimétricos con la Unión Americana) por los esfuerzos que realiza. Pero debe insistirse en la corresponsabilidad que EU tiene en el problema y en la importancia de que se trabaje más en la educación y la rehabilitación de los estadounidenses, que constituyen un mercado al que los capos de la droga desean acceder permanentemente. La mejor estrategia es la prevención y no necesariamente la certificación.

Respecto del entorno político que EU enfrenta actualmente, es de importancia nodal establecer contactos con los candidatos presidenciales de ambos partidos políticos (Albert Gore y George W. Bush), en el entendido de que con cualquiera de ellos tendrá que lidiar el gobierno mexicano a partir de enero del 2001 y conviene ir identificando el perfil y las agendas de los candidatos acerca de México, sensibilizándolos en torno a la importancia de los vínculos con el país que se ubica al sur del Río Bravo y también haciéndoles ver que es un asunto de seguridad nacional para la Unión Americana, que México prospere y supere los problemas de la pobreza y sus secuelas.

Canadá

Canadá es un país con el que si bien existen relaciones diplomáticas desde hace más de cinco décadas, y vínculos comerciales y de inversión que se remontan a principios de siglo cuando el país aún formaba parte del imperio británico, en realidad ha sido redescubierto recientemente a raíz de su participación en el TLC.

Pero Canadá puede ser algo más que un socio comercial menor, como quedó de manifiesto en las iniciativas encaminadas a trabajar en la rehabilitación de las víctimas de las minas terrestres antipersonal en Centroamérica tras el desastre humanitario que generó el huracán Mitch. Canadá es considerado como una potencia media que por largo tiempo ha explotado la llamada diplomacia de nicho en su favor, por ejemplo, con iniciativas como el apoyo a las operaciones de mantenimiento de la paz de la ONU (peacekeeping operations), la promoción del acuerdo para erradicar las minas terrestres antipersonal y, de manera más reciente, la agenda sobre seguridad humana.

Si bien México puede o no estar de acuerdo con estas agendas, lo cierto es que Canadá goza de una amplia capacidad de liderazgo y experiencia en la creación de coaliciones y no sólo eso, comparte una preocupación común con México en su política exterior, que es la hegemonía y preponderancia de Estados Unidos.

Mucho se ha hablado acerca de las alianzas que podrían gestarse entre México y Canadá sobre la base de su clara dependencia respecto de Estados Unidos; el planteamiento es adecuado. Sin embargo, es necesario profundizar el conocimiento de Canadá en México y viceversa, dado que la ignorancia puede llevar a tomar decisiones equivocadas. No hay que perder de vista la gran cantidad de compromisos estratégicos que mantiene Ottawa respecto de Washington, por ejemplo, en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y en el Sistema de Defensa Aéreo de América del Norte (NORAD), o bien en el Grupo de los Ocho (G8). Claro está que Canadá pertenece a la OCDE donde México tiene un asiento como miembro de pleno derecho. Pero lo importante es tener claro en la relación con Canadá, hasta dónde puede generarse una alianza con México y en qué momento los compromisos de Ottawa con Washington pueden no operar en favor de los intereses de los mexicanos en América del Norte y el mundo.

Liderazgo regional: América del Sur, Central y Caribe

México es un país latinoamericano cuyos intereses económicos y financieros están comprometidos especialmente con Estados Unidos. Ello genera fricciones con algunos países latinoamericanos que desearían mayor apoyo y liderazgo de parte de México. Hay un caso extraordinariamente complejo que es el de Brasil, la segunda potencia en el continente y el país con el que México más rivaliza en el hemisferio occidental justamente porque existen similitudes muy importantes entre los dos Estados, lo cual los hace competir en las mismas esferas.

En la promoción del liderazgo regional, Brasil percibe a México como un intruso, alejado geográficamente del Cono Sur, pero entrometiéndose en la agenda sudamericana a través, por ejemplo, de la Aladi o de la suscripción de acuerdos comerciales con diversos países del área.

La rivalidad entre México y Brasil llevó a ásperos debates en el seno de la Aladi en 1994, momento en que el TLC entró en vigor y sobre todo por el hecho de que el gobierno mexicano no cumplió con las disposiciones que la asociación prevé en el caso de la suscripción de acuerdos comerciales con países no miembros.

Actualmente, Brasil promueve la Cumbre Sudamericana que tendrá lugar el 31 de agosto y el 1 de septiembre y a la que Brasilia ha convocado a todos los jefes de Estado o de gobierno del Cono Sur, incluyendo Guayana y Surinam, mas no a México. El objetivo de esta cumbre será el relanzamiento del Mercado Común del Cono Sur (Mercosur) y se intenta también concretar una agenda que pueda suplir la falta de liderazgo estadounidense en la región, luego de que la propuesta para crear el Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA) se ha quedado en el limbo en gran medida por la imposibilidad de que la administración Clinton obtenga de su Congreso la autoridad del fast track. Brasil, en la Cumbre Sudamericana, ya posee una ambiciosa agenda negociadora que incluye aspectos comerciales, políticos, sociales y financieros.

La exclusión de México es preocupante, pero el país puede ciertamente contrarrestar las iniciativas brasileñas, fortaleciendo las relaciones con Argentina (la segunda economía más importante del Mercosur) y Chile (con quien ya existen acuerdos comerciales que se han ampliado en los últimos años), sin olvidar, por supuesto, a las naciones andinas y, sobre todo, a Colombia y Venezuela, socios de México en el Grupo de los Tres (G3) que, por cierto, tendrá que ser revitalizado. No hay que perder de vista que según lo previsto en los acuerdos del Mercosur, Brasil podrá seguir desarrollando sus relaciones comerciales en lo individual únicamente hasta julio de 2001. Después de esa fecha, se homologarán las políticas comerciales de los socios mercosureños y si México tiene vínculos cordiales con Buenos Aires, Asunción y Montevideo, podrá forzar a Brasilia a una negociación ventajosa.

México también debe capitalizar en su favor la exclusión de Centroamérica y el Caribe de la Cumbre Sudamericana. Tradicionalmente consideradas como economías pequeñas, América Central y el Caribe han sido excluidos de los procesos de regionalización que se han gestado tanto en Sudamérica como en América del Norte. Tanto las naciones caribeñas como las centroamericanas se han visto perjudicadas en su acceso a mercados como el estadounidense por la existencia, por ejemplo, del TLC, el cual dio a México un acceso preferencial a costa de los productos centroamericanos y caribeños. Estas naciones han estado tratando de gestionar con Washington la llamada paridad TLC (NAFTA parity), pero ciertamente México podría anticiparse a ello a través de un acercamiento con la Asociación de Estados del Caribe (AEC) y con la Comunidad del Caribe (Caricom), más la dinamización de los acuerdos existentes con los países centroamericanos y la suscripción de iniciativas que refuercen la presencia económica y política del país en la zona. Ciertamente si existe un área en el continente donde México puede ejercer notable influencia es el Caribe y América Central, dado que cuenta con los recursos y los espacios para hacerlo. Aunque en el Caribe, México enfrenta la rivalidad de EU y Canadá y en menor medida de Colombia y Venezuela, pero es aquí donde su habilidad negociadora le permitirá promover sus intereses estableciendo compromisos específicos con las naciones más influyentes en el área. Lo mismo se aplica para Centroamérica, zona de influencia natural de México, y donde el espectro de cooperación económica y no económica es muy amplio.

En términos de liderazgo regional sería recomendable que México hiciera una revisión exhaustiva de los compromisos que en términos de preferencias arancelarias, libre comercio y acceso a mercados tiene suscritos en la región. Existe un problema de traslape con todas las iniciativas existentes, dado que son tantas y tan variadas que es difícil garantizar su cabal cumplimiento. El principio conforme al cual operan todos esos acuerdos es el de privilegiar a las partes contratantes, no a terceros; pero entonces cuando México, por ejemplo, como socio de la Aladi, se beneficia de las preferencias-Aladi, y Brasil no las renueva, se crea una situación ambigua. Cuando México, como miembro de la Aladi, suscribe acuerdos comerciales con Chile, o bien con Colombia y Venezuela para crear el G3, esos compromisos en algunas esferas son más avanzados que lo establecido por la Aladi, lo cual discrimina a otros socios aladianos. El problema es inusual, como puede observarse, pero México tiene la posibilidad de asumir el liderazgo a nivel regional proponiendo una razonable depuración de agendas y compromisos que podrían gestionarse con la asistencia, por ejemplo, tanto de la Aladi como de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), y quizá de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) sede Santiago (que ha trabajado en torno a la llamada diplomacia de cumbres, explorando las áreas que se superponen continuamente en la negociación de acuerdos comerciales y preferencias arancelarias).

Cuba

La política exterior de México respecto de Cuba es un pilar de singular valor para el país por razones estratégicas, económicas y políticas. Como mercado, Cuba tiene el atractivo de que, debido al embargo que Estados Unidos mantiene en su contra, las empresas y los intereses estadounidenses están impedidos de controlar el mercado cubano. Ello representa importantes oportunidades para México, que si bien mantiene presencia en la mayor de las Antillas, no lo hace aún en la proporción en que podría, en parte por las presiones de Washington.

Foto: Luis H. González/Silva

Ciertamente es del interés de México que Cuba prospere social y políticamente, pero en aras de la congruencia con los principios de la política exterior mexicana y el rechazo de agendas como la promovida por Canadá en torno a la seguridad humana (por considerarla intervencionista e injerencista al pretender "asistir" a los pueblos desvalidos del mundo sin tomar en cuenta a los gobiernos correspondientes), México debe ser cuidadoso en el tratamiento del tema. Ya se han producido encuentros entre la cancillería mexicana y los disidentes políticos cubanos, pero ello no debe comprometer los términos de la relación bilateral debido a los beneficios que le reporta (y que podrían ampliarse) a los mexicanos. Dichos encuentros deberán continuar, pero tendrían que estar acompañados de nuevas iniciativas de inversión y comercio. Piénsese en el escenario que se generará cuando EU ponga fin al embargo, y las empresas e inversionistas estadounidenses ingresen al mercado cubano. Si para ese momento México ya está firmemente establecido en Cuba, podrá promover sus intereses aun con la competencia estadounidense. Pero debe trabajarse intensamente en el momento actual. El daño que ello le puede ocasionar a la relación México-Estados Unidos es mínimo y siempre podrá recurrirse al argumento (discutible, hay que reconocerlo) de que el libre comercio contribuye a la generación de espacios democráticos en el terreno político (Washington emplea esa argumentación en todo momento, por ejemplo, al otorgar cada año el trato de nación más favorecida a China).

Para Cuba, la relación con México es especialmente importante y el gobierno cubano es sensible respecto de la opinión que la cancillería mexicana pueda externar sobre el particular. Así, México goza de una interlocución y capacidad de influencia únicas en la ínsula caribeña, y debe aprovecharlas y ampliarlas sin miramientos.

Unión Europea

La Unión Europea, medida en términos del producto nacional bruto de sus 15 socios, es la primera potencia mundial. La Europa comunitaria es posiblemente la única gran potencia económica capaz de rivalizar con Estados Unidos, de aplicarle sanciones comerciales e incurrir en represalias contra Washington cuando así conviene a los intereses de sus países miembros. Por supuesto que Washington cuenta con la capacidad de negociar con los socios de la Unión Europea en lo individual y de dividirlos, pero la tendencia apunta a una situación en la cual Bruselas se consolida como un centro de poder mundial.

La entrada en vigor del euro plantea la posibilidad de un nuevo sistema financiero internacional que giraría en torno a la moneda única europea en el largo plazo, creando un fuerte contrapeso a la hegemonía financiera y monetaria del dólar estadounidense.

Ilustración: Newsweek

México, además, se encuentra en una situación inédita respecto de la Unión Europea, pues es la única nación en el continente que ha logrado suscribir un acuerdo de libre comercio y concertación política superior y más sofisticado que los acuerdos marcos de primera, segunda y tercera generaciones que Bruselas mantiene con diversos países del mundo.

Sin embargo, ese acuerdo plantea desafíos. En primer lugar, condiciona el libre comercio al respeto de los derechos humanos y las libertades democráticas en México, lo cual dota al proceso mismo de un cariz injerencista. El proteccionismo de parte de Bruselas podría sustentarse sobre la base de que si los socios comunitarios consideran que México no es lo suficientemente "democrático" ni respetuoso de los derechos humanos, entonces no hay razón para darle un tratamiento preferencial. Las sanciones comerciales son otra posibilidad que los países eurocomunitarios podrían utilizar a discreción en la promoción de sus muy particulares intereses.

El siguiente problema estriba en trascender el texto escrito y utilizar el acuerdo comercial como un instrumento para acceder a los mercados comunitarios. El tratado comercial no es un fin en sí mismo, sino un medio que debe estar acompañado de profundos estudios de mercado, incluyendo el conocimiento sobre los gustos y necesidades de los consumidores europeos, en el entendido que se trata de un mercado muy exigente que también resulta muy atractivo.

En el transcurso de la última década, la Unión Europea ha perdido importancia como socio comercial de los mexicanos, en parte por la dinámica del TLC que naturalmente ha incentivado las de por sí intensas relaciones de México con Estados Unidos. En ese caso, el TLC ha sido un instrumento, no un fin en sí mismo, y ese es el uso que de manera análoga deberá hacerse del acuerdo con Bruselas. Es razonable suponer que EU manifieste recelos por las concesiones que México dio a los europeos para garantizar la suscripción del acuerdo comercial y concertación política de referencia. Bruselas es un distante socio comercial de los mexicanos, y Washington está al tanto de la situación, por lo que México tendrá que ser cuidadoso de hacerle ver a Estados Unidos que con todo y la importancia que la relación bilateral entre los mexicanos y Washington merece, México ha sido capaz de negociar un ambicioso acuerdo comercial con la Unión Europea. En la dinámica de los equilibrios y los contrapesos será importante para México jugar la carta europea ante Estados Unidos y sus inevitables presiones sobre los mexicanos.

Rusia

Una política exterior global demanda una interlocución con las naciones más influyentes del mundo. Puede discutirse aquí qué tan poderosa es Rusia en las condiciones actuales. Pero lo que no puede negarse es que se trata de una potencia con notable influencia regional y global en ciertas áreas.

Rusia tendría que ser un aliado natural de México. Desafortunadamente los contactos con esa nación son verdaderamente insignificantes fuera de esferas como la cultura. Los intercambios comerciales se encuentran en un nivel bajo sobre todo por la estructura del comercio exterior ruso, su caótica política comercial y el hecho de que pasará mucho tiempo antes de que Moscú se integre a la OMC como miembro de pleno derecho.

Sin embargo, dado que EU parece estar decidido a impulsar una nueva carrera armamentista con el programa de misiles antimisiles de reciente cuño, México muy bien puede explorar una agenda de colaboración con Rusia en el terreno del desarme y la seguridad internacional. Rusia es el único país del mundo, después de EU, que posee arsenales nucleares lo suficientemente vastos como para destruir varias veces el planeta, y la expectativa que se tiene en torno al proyecto estadounidense es que genere una nueva espiral armamentista en la cual Rusia y China intervendrían. De manera que la comunidad de intereses en materia de desarme es una agenda que puede acercar a México y Rusia.

Otro rubro de cooperación potencial es la transición económica que vive el país eslavo. Esta ha probado ser muy dolorosa, sobre todo porque Rusia vivió en una órbita no capitalista por más de siete décadas y su economía no termina de reestructurarse. Rusia vive lo que los expertos denominan kuwaitización de su economía, porque los únicos productos competitivos que puede colocar con éxito en el mercado internacional son materias primas, situación que lleva al país a sobreexplotar sus recursos en aras de generar ingresos por concepto del comercio exterior. En esta esfera, el petróleo ruso es de la mayor importancia dado que al igual que México, Moscú no es miembro de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y a ninguna de las dos naciones conviene una guerra de precios ni una sobreoferta del producto. Esas áreas o nichos permitirán a México y Rusia encontrar nuevas afinidades.

China

Como la economía de más alto crecimiento en el mundo, China merece toda la atención. Próximamente se incorporará a la OMC como miembro de pleno derecho y podrá acceder a los mercados de todas las naciones del mundo con productos que, como es sabido, son competitivos en precio.

Con China, México tiene realmente pocos contactos. En preparación a su ingreso a la OMC se ha entablado la negociación correspondiente pues las autoridades mexicanas suelen aplicar altos impuestos antidumping a los productos chinos para proteger a la industria nacional de lo que es considerado como competencia desleal de parte del país asiático (el argumento es que como las condiciones laborales en China son infrahumanas, ello permite abaratar costos de producción, en lo que comúnmente es denominado dumping social).

Pero China es algo más que competencia desleal y México puede aprender mucho de un país que a pesar de ser miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU con derecho de veto aporta financieramente a la institución menos recursos a los que le otorga el gobierno mexicano. Sin embargo, Pekín goza de extraordinaria influencia en el mundo y es el principal receptor de inversión extranjera, pese a que no posee plenamente una economía capitalista. En resumidas cuentas los chinos son hábiles negociadores, capaces de recibir de la ONU y de otras instituciones multilaterales más de lo que les aporta. México tiene mucho que estudiar de esa habilidad negociadora y acercarse a este gigante económico que pese a sus vulnerabilidades se perfila como un actor de gran importancia en el nuevo siglo.

Japón

Pese a que el origen de las relaciones diplomáticas (con el Tratado de Comercio y Navegación de 1888) entre ambos países fue excepcional (dado que México fue el primer país occidental que no pidió a Tokio negociar un tratado desigual) las relaciones con Japón tienen un perfil muy bajo en la actualidad y van en declive. De hecho, Japón va perdiendo importancia respecto de otros países asiáticos que parecen ser más dinámicos en el mercado mexicano, tanto en términos de comercio como de inversión.

Pero como una de las economías más poderosas del mundo, la japonesa merece que México canalice sus esfuerzos para acercarse a esa nación en torno a la cual subsiste un profundo desconocimiento. Al respecto, las misiones comerciales mutuas deben ser incentivadas, al igual que los acuerdos culturales y los intercambios educativos. El mercado japonés es de difícil acceso, entre otras razones porque las prácticas de consumo en esa nación son muy distintas a las occidentales y en la medida en que México no pueda interesar al pueblo japonés, no será capaz de captar inversión. Por ende, ambos pueblos deben elevar el conocimiento mutuo como parte de una estrategia encaminada al desarrollo de una relación más intensa que supere las fuerzas regionalizadoras que ambos enfrentan.

APEC

El Foro Económico Asia-Pacífico ha crecido más allá de las expectativas y su padre fundador, Australia, empieza a considerar que ya no cumple con los objetivos originalmente planteados. El APEC es un monstruo que se integra en la actualidad por 21 países de Asia, Oceanía y América, y la diversidad de sus miembros es asombrosa: los hay altamente industrializados, en transición, con economías de planificación central y en desarrollo. Existen países como India, que desean incorporarse al APEC, pero el año pasado, con motivo de la cumbre que se celebró en Nueva Zelanda, quedó claro que las mejores épocas del foro ya pasaron.

Surgido en el marco de la crisis de la Ronda Uruguay del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), el APEC fue concebido por Australia como una manera de evitar la marginación de sus productos en los mercados de los principales socios comerciales y también para mitigar el impacto que los desencuentros entre Japón y Estados Unidos tenían sobre Canberra.

Brasilia
Foto: Luis H. González/Silva

El APEC fue pensado como un foro con unos cuantos socios, pero poco a poco fue creciendo. Recientemente, quien esto escribe tuvo oportunidad de analizar con los "padres fundadores" del APEC en la Universidad Nacional de Australia el problema que representa la membresía masiva que tiene el foro en la actualidad. Sin vacilar en el comentario, los especialistas señalaron que la única razón por la que México es miembro del APEC es por la suscripción del TLC con Estados Unidos.

Resulta verdaderamente penoso que se tenga a México en tan poca estima, pero en parte es entendible debido al bajo nivel de interacción que mantiene con Australia y los socios asiáticos del APEC. Sin embargo, México tiene la posibilidad de reivindicarse. Este año, la cumbre del APEC se llevará a cabo en Brunei, en tanto en 2001 le tocará el turno a China. En 2002, México será el anfitrión y por ese motivo muy bien podría aprovechar la oportunidad para acercarse a los mercados de Asia-Pacífico. Es una situación única que, independientemente del destino que pueda correr el APEC, abre amplias posibilidades a México.

En Australia se reconoce que México tuvo un papel destacado en el asesoramiento de las economías asiáticas agobiadas por la crisis financiera. Sin embargo, México puede hacer más. Por ejemplo, puede pugnar por la creación de mecanismos encaminados a contar con una regulación precautoria de los flujos de capital especulativo, sin caer quizá en los extremos propuestos por Malasia. Pero sin duda es del interés de varios de los miembros de APEC que se han visto agobiados por las crisis financieras en los últimos años (como México, Rusia, Tailandia, Indonesia, Malasia y Corea del Sur), que se impida que situaciones como ésa se repitan en la actualidad. Y si a través del APEC se logra que una agenda de este tipo prospere, el epitafio del foro podría no ser tan desfavorable.

Seguridad internacional

México debe establecer su propia agenda de amenazas a la seguridad internacional donde la pobreza debe figurar en primer lugar. Con 40 millones de pobres, México enfrenta un serio problema de seguridad nacional que tiene múltiples implicaciones a nivel interno y externo. Todos los países del mundo padecen el problema de la pobreza y sus derivaciones en distintas magnitudes. México, por ende, debería explotar este nicho para convocar a una cumbre mundial de lucha contra la pobreza que debería ser llevada a cabo en el seno de Naciones Unidas y no bajo los auspicios exclusivos del Banco Mundial ni del FMI debido a la visión restringida que ambas instituciones tienen en torno al problema. Especialmente para el FMI la lucha contra la pobreza es una forma de recuperar consumidores para el mercado, no de dignificar al ser humano. México debería invitar a estas instituciones a participar pero deberá centrar la organización de un suceso de esta naturaleza en Naciones Unidas. Esta sería una muestra de diplomacia de nicho que encontraría eco en buena parte de las naciones del mundo.

Las otras agendas en materia de seguridad internacional como la lucha contra el narcotráfico, el terrorismo, el ecocidio, las migraciones indocumentadas, el lavado de dinero, etcétera, son importantes tanto en el ámbito multilateral como en el regional y el bilateral. Sin embargo, son las prioridades que países como Estados Unidos tienen, y sin negar que se trata de problemas complejos que demandan acciones concertadas inclusive a nivel transnacional, México debe promover su propia agenda de prioridades, esto es, la "otra agenda".

Ahora bien: hay una agenda a la que México deberá prestar especial atención pues es impulsada por Canadá, uno de sus socios en el TLC. Se trata de la llamada seguridad humana, que si bien no es un concepto acuñado por Canadá sino por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, forma parte, por lo menos en el actual gobierno de Jean Chrétien y sobre todo con la gestión de Lloyd Axworthy como ministro de Asuntos Exteriores, de la tendencia a codificar el llamado derecho de injerencia.

Canadá postula que la seguridad humana tiene como objetivo garantizar el bienestar de las personas. Ello supone que en aquellos lugares donde los derechos humanos fundamentales de las personas son violados, deberá producirse una intervención por razones humanitarias, sea o no con el consentimiento de los gobiernos.

No es ningún secreto que numerosos países, México incluido, encuentran esta agenda francamente intervencionista y costosa, dado que prácticamente en todos los países del mundo se producen violaciones a los derechos humanos. Estados Unidos, por ejemplo, que tiende a ser cada vez más selectivo en términos de sus intervenciones militares en el exterior (debido a los costos políticos, humanos y económicos que entrañan), no simpatiza con la propuesta canadiense, dado que obligaría a los países en condiciones de intervenir (como Washington, dadas sus enormes capacidades) a hacer acto de presencia en latitudes más diversas y remotas.

Por ende, México cuenta con aliados potenciales para revertir esta agenda que si bien en su espíritu es entendible y loable, en un mundo tan complejo y susceptible de ser hegemonizado por los más poderosos, difícilmente podría ser imparcial y desinteresada. No hay que olvidar que, por ejemplo, en 1999, mientras los ojos de Estados Unidos se posaron sobre Kosovo, en Sierra Leona cientos de mujeres y niños eran mutilados sin que Washington ni la Unión Europea prestaran la atención que esa emergencia humanitaria demandaba. Recientemente se produjo una de las muchas ironías que caracterizan al mundo de la postguerra fría: cascos azules tuvieron que ser enviados a Sierra Leona para rescatar a otros cascos azules que estaban literalmente cercados por las fuerzas guerrilleras. Eso no tendría que haber ocurrido. Sin embargo es una muestra de lo ambigua que puede ser la seguridad humana y los intereses involucrados en ciertas regiones del mundo a costa de otras regiones.

Naciones Unidas

Son múltiples las voces que han cuestionado, sobre todo a partir de 1995, a Naciones Unidas. En esa oportunidad, la ONU celebró 50 años de vida y las propuestas para reformarla han sido múltiples y con diversas aristas. Este año, en septiembre, se llevará a cabo la llamada Cumbre del milenio a la que asistirán prácticamente todos los jefes de Estado y/o de gobierno del mundo con excepción de los gobernantes de seis países (cinco de los cuales se encuentran en guerra, más John Howard, primer ministro de Australia).

En este encuentro se ventilarán los grandes problemas del mundo, expresados de viva voz por los titulares del Poder Ejecutivo en un suceso sin precedentes. La Cumbre del milenio, por lo tanto, no puede ser un foro de contemplaciones ni de elogios inmerecidos. Hay una gama de problemas que un país como México está obligado a atender, tales como la lucha contra la pobreza y sus secuelas (el hambre, la desnutrición, las enfermedades epidémicas, el analfabetismo, la violencia familiar, el desempleo, etcétera).

Foto: Time

Naciones Unidas es un foro ideal para generar consensos en torno a agendas que son de interés común. México ha jugado un papel protagónico en temas como el desarme. Pero además de ese aspecto hay muchos otros que constituyen "nichos" para la diplomacia mexicana y que una vez sobre la mesa pueden ser adoptados por un buen número de países bajo la batuta mexicana. Ello facilitará la concreción de consensos en la adopción de las agendas que naturalmente deberán ser ejecutadas bajo la supervisión de su "patrocinador".

México también debe apoyar la reforma de Naciones Unidas y asumir una conducta responsable, por ejemplo, pagando a tiempo sus cuotas e impulsando, al mismo tiempo, cambios que podrían resultar más efectivos para generar liquidez permanente en favor de la institución. Un par de propuestas en esa dirección serían, por una parte, modificar la fecha límite de pago de cuotas de manera que en vez de tener que pagar su membresía hacia el último día de enero de cada año, éstas pudieran ser divididas en cuatro pagos trimestrales. Por otra parte, valdría la pena considerar que las cuentas de varios países pudieran operar de manera conjunta para efectos de depósito de las cuotas, en lugar del manejo individual (un país-una cuenta), dado que se podrían incrementar los intereses bancarios en función de los recursos que fluirían de varios países.

Quedan muchos temas en el tintero, pero sin duda la ONU es el foro ideal para promover coaliciones, generar consensos y desarrollar agendas con un amplio margen de maniobra y es del interés de México que ese foro se mantenga, se perfeccione y sea reformado para hacerlo más eficiente, democrático y operativo.

Los organismos no gubernamentales

Los organismos no gubernamentales son actores cada vez más influyentes en las relaciones internacionales. Algunos de éstos constituyen verdaderas autoridades en el tratamiento de ciertos temas, por ejemplo, Médicos sin fronteras, OXFAM y la Cruz Roja Internacional, en el aprovisionamiento de asistencia humanitaria; Human Rights Watch y Amnistía Internacional, en la defensa y el respeto de los derechos humanos; Greenpeace y la World Wildlife Fund, en la protección del medio ambiente; Transparency International, en el combate a la corrupción, etcétera.

Como actores "nuevos" en las relaciones internacionales, aún se encuentran en proceso de análisis y sus motivaciones, objetivos y conductas deberán ser motivo de un estudio y evaluación más rigurosos. Desafortunadamente se ha creado una especie de mitología en torno a las ONGs, sobre la base de que por ser no gubernamentales, automáticamente están despojadas de múltiples vicios. La realidad es muy distinta y hay que partir del hecho de que mientras los gobiernos cada vez más son motivo de escrutinio (por parte de países poderosos, organismos internacionales intergubernamentales y las propias ONGs), éstas no son monitoreadas, situación que posibilita situaciones no del todo anticipadas.

Se ha hecho costumbre que en diversas cumbres y reuniones internacionales intergubernamentales, las ONGs hagan acto de presencia. Ciertamente la Tercera Cumbre Ministerial de la OMC que se llevó a cabo a finales de noviembre y principios de diciembre de 1999 en Seattle fue un parteaguas, pues sacó a relucir lo mejor y lo peor de las ONGs, donde muchas organizaciones se presentaron como voceras de los países en desarrollo, protestando contra la globalización y el capitalismo salvaje y deshumanizado sin proponer alternativas. Médicos sin fronteras y otras ONGs fueron la excepción en Seattle, con agendas propositivas, pero esa no fue la regla.

En lo que va del año, las ONGs han hecho aparatosas apariciones en el Foro Económico Mundial que se llevó a cabo a principios de año en Davos, Suiza; en la UNCTAD X celebrada en Bangkok; en la cumbre del FMI y el Banco Mundial en Washington, D. C., en la Cumbre del Grupo de los Ocho que recién se reunió en Japón; además, se prevén importantes manifestaciones de organismos no gubernamentales en la próxima reunión del Foro Económico Mundial que se efectuará en Melbourne, Australia, y, naturalmente, en las Olimpiadas de Sydney.

Lo anterior revela que las ONGs no pueden ser ignoradas, pero hay que ubicarlas en una dimensión adecuada, asumiendo que constituyen un fenómeno político y que, por ende, involucra múltiples intereses en juego, muchos de los cuales no son fácilmente perceptibles justamente por la falta de monitoreo de la que se hablaba líneas arriba.

En el futuro también será importante distinguir entre las ONGs del Norte y las del Sur, pues las primeras tienden a ejercer cierto paternalismo respecto de las segundas, sobre la base de que la sociedad civil en los países en desarrollo no ha madurado lo suficiente o está expuesta a la represión por parte de sus respectivos gobiernos. Si bien ese es el caso en muchos Estados, quienes mejor pueden conocer la problemática de la sociedad civil en los países en desarrollo son justamente las ONGs del Sur. Claro que ello no resuelve el problema del monitoreo y la transparencia en el manejo de los recursos de los organismos no gubernamentales, pero es un punto de partida.

Las ONGs no tienen por qué ser percibidas como enemigos de los gobiernos. La iniciativa que llevó a que se desarrollara el llamado Proceso de Ottawa en torno a las minas terrestres antipersonales es una muestra de ello. La cooperación entre gobiernos y ONGs es posible y deseable en determinadas circunstancias, siempre que exista la claridad en torno de los objetivos y los compromisos correspondientes.

OCDE

México es miembro de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, institución cuya membresía anual tiene un costo de varios millones de dólares. Anteriormente se citaba el caso de China, una economía de alto crecimiento que además ha sabido negociar el flujo de inversiones y de programas de asistencia al desarrollo en su favor.

La OCDE es un foro que reúne a los países más prósperos del mundo más México, Polonia, Hungría, República Checa y Corea del Sur, y debate buena parte de los problemas económicos, políticos y sociales del mundo. Tiene una notable influencia sobre los gobiernos y reviste una gran importancia porque en su seno se han generado iniciativas polémicas como el Acuerdo Multilateral sobre Inversiones (AMI) llamadas a modificar el margen de acción de las empresas transnacionales en aras de la libertad económica y la atracción de inversiones. Ante ello, México tiene que hacer una ponderación adecuada de sus prioridades, de los costos y los beneficios de una membresía como la descrita y utilizar ese foro para promover su agenda de prioridades, tratando de generar consensos y alianzas (identificando intereses comunes con otros miembros).

OMC

La Organización Mundial de Comercio atraviesa por un momento crítico. Tras los sucesos de Seattle del año pasado se generó un clima de desconfianza en torno a la institución, debido a las pretensiones de Estados Unidos y la Unión Europea de efectuar negociaciones y compromisos sin la concurrencia de los países en desarrollo. La batalla campal que se libró en las calles de la ciudad estadounidense fue quizá menos azarosa que la que se llevó a cabo en el interior del Centro de Convenciones.

Muchos son los errores que se acumularon en esa ocasión y que a la fecha mantienen prácticamente paralizada a la institución. Pero además de los ya citados, habría que agregar que a la OMC llegó Seattle sin una agenda consensuada, además de que el gobierno estadounidense, en la lógica electoral, le dio juego a los sindicatos a partir de la propuesta de vincular el libre comercio con los derechos laborales, tema que naturalmente los países en desarrollo (y muchos desarrollados) rechazan, por considerar que la OMC no es el foro para dirimir esas controversias, sino que para eso existe, por ejemplo, la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

Vicente Fox y Ricardo Lagos
Foto: Gustavo Benítez/Notimex

Dado que México ha estado expuesto a acusaciones sobre dumping social (en el caso del tomate y los problemas para venderlo en EU, originalmente porque el embalaje no era adecuado -según las autoridades estadounidenses- y más tarde porque se incurría, presuntamente, en la explotación infantil en el proceso de cosecha en lugares como Sinaloa, con vistas a abaratar los costos de producción) y puesto que el país ya tiene suscrito un compromiso de cooperación laboral con Estados Unidos y Canadá en el marco del TLC, va a resultar difícil deslindar la ecuación libre comercio-derechos laborales. Así, México podría verse arrastrado a apoyar la postura estadounidense, generando rechazo de parte de otros países (desarrollados y en desarrollo). Una posibilidad sería ir introduciendo el tema en la OIT y trabajar en un acuerdo multilateral sobre el particular en ese foro.

Otras consideraciones que México deberá ponderar son las opciones para destrabar del marasmo en el cual se encuentra la OMC, y contar con alguna alternativa en el caso de que ésta no pueda superar la crisis. Evidentemente las instituciones multilaterales son foros apropiados para países que sin ser grandes potencias cuentan con capacidades suficientes para proponer iniciativas generadoras de consensos y coaliciones. Asimismo, es del interés de México que las barreras al comercio sean desmanteladas y, sobre todo, que se trabaje en la codificación y erradicación de las barreras no arancelarias, especialmente de las medidas antidumping que hoy constituyen el obstáculo al comercio más socorrido, y puesto que en la Ronda Uruguay del GATT no se pudo avanzar en su codificación y desmantelamiento, claramente es un reto a vencer.

Por lo tanto, México podría encabezar un grupo de expertos para debatir los problemas del dumping y el antidumping. Recuérdese que aquí México tendría como aliados potenciales a todos aquellos países que por una u otra circunstancia padecen crisis económicas y se han visto obligados a devaluar sus monedas. La devaluación genera una situación en la que se desincentivan las importaciones y se estimulan las exportaciones, debido a que con la nueva paridad cambiaria se abaratan los productos que son vendidos en el exterior. Ello lleva a que estos países sean acusados de incurrir en prácticas desleales de comercio y se les apliquen, en consecuencia, impuestos compensatorios y medidas antidumping. Lo que México, Rusia y otros países latinoamericanos y asiáticos deben hacer es sensibilizar a los Estados más poderosos en torno al dumping involuntario y, además, trabajar en torno a un acuerdo multilateral que aclare las circunstancias en las que las medidas antidumping son aplicables sin un cariz proteccionista.

La política exterior mexicana tiene múltiples márgenes de acción que deben y pueden ser ejercidos y que garantizarían la promoción adecuada de los intereses del país en el exterior en un contexto por demás complejo, plagado de desafíos, pero también de oportunidades. Lo peor que México podría hacer es regionalizarse al punto de ignorar los acontecimientos globales, pues ello le impediría ver las opciones disponibles. De ahí la importancia de contar con una política exterior global. El mundo ciertamente no se reduce a Estados Unidos, con todo y que ese país goza de una notable influencia en los asuntos del planeta. Sin embargo, México posee capacidades que debe emplear sobre la base de que siendo actor (no sólo espectador) podrá satisfacer sus necesidades y establecer, de cara a EU, una relación menos desequilibrada

María Cristina Rosas es profesora-investigadora en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Correo: mcrosas@prodigy.net.mx

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