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puros cuentos Uníos
Rodrigo Azaola
Las redes están echadas. Detrás de cada ruta hay cientos de lugares dónde buscar. Cada identidad es una pantalla que cubre decenas de identidades falsas. Mi nombre hace tiempo dejó de serlo. Me quedan mis ojos, y están al mismo tiempo en Australia y en Ecuador, en Costa de Marfil y en Vietnam. Cuando una puerta se cierra diez más me esperan. Si la rapidez es una virtud me tiene sin cuidado. En esta hora existe un tenue brillo azul que me quita el hambre. La noche es para despertar mientras el resto duerme. Los días son otros y nunca el mismo, siempre hacia delante; siempre hacia nuevas fallas. Salir a comprar cigarros es lo único que me recuerda que las señoras que pasean a su perro y yo vivimos en el mismo sitio. Y de ellas no depende que mi sótano sea un antídoto o mis manos se detengan. Sólo espero el momento cuando todos los cabos estén atados y ningún resquicio quede al azar. En que las líneas infinitas queden irrevocablemente soldadas una con otra. Y pueda ver mis tatuajes otra vez bajo un nuevo sol. Y escuchar los tráilers en la carretera. Hace tiempo multipliqué mi vida y es imposible rastrearme en la compra de una casa que recibió un leñador noruego o en la reservación de un crucero para un anciano filipino. Mi novio me cambió por un trabajo abrumador, pero si no es por él será por todos los demás que desprecian la esclavitud. Mi gato decidió irse. El rumor ininterrumpido del sistema, creo. Es tarde para arrepentirme, pero el remordimiento es la humildad del triunfo, y si volviera a nacer comenzaría donde he terminado. No me preocupa que estén tras de mí, para el mundo he muerto y vuelto a nacer en miles de archivos que de revisarse le darían trabajo a un país entero. No he perdido el buen humor a pesar de que mi vista se degenera. Y cada minuto es un ingrediente de este exquisito momento. Es fácil comprender al filósofo chino que auguraba que el agua sería vendida. No es para olvidarse. Y menos cuando el agua corre bajo nuestros pies. Hace tiempo una amiga me escribió para decirme que probablemente sus padres habían muerto por el aleteo de una mariposa en el otro lado del mundo. Le contesté que había soñado con un árbol gigantesco donde todas las mariposas se reunían y al mismo tiempo se echaban a volar. Tras esta noche vendrá el caos, pero es mi rostro preferido y no existe el orden inmóvil. Basta un número que es una identidad, una cuenta bancaria, un guarismo con aficiones y perversiones. ¿Y qué importa? El tiempo les pertenecerá otra vez, su privacidad no será indagada. Los plazos perentorios serán un recuerdo donde el mundo hallará consuelo. Al principio disfruté el dinero de otros, me regocijé en las charlas de ejecutivos intentando masturbar niñas de trece años. Aceché en todos los huecos y en todas las fallas. Archivos personales, luego pequeñas compañías, después en corporaciones y tras ellos los bancos, los gobiernos, los puertos y las aduanas. Nunca dejé señal alguna, pero ahí donde estuve planté un nudo para atar. Y así uní lo que parecía imposible unir, y ahora, debajo de su red, existe la mía. Quebrar un sistema y ser perseguida es irrelevante. O violar un código y esperar a que toquen la puerta. Por eso debí esperar. Hace trece años me esperan los centros financieros de todo el mundo y ahora estoy cerca, las puertas están abiertas y resta entrar en todas ellas al mismo tiempo. Los que ayer se hartaban, mañana se pelearán por migajas. Los sueldos de los ejecutivos de una empresa de telecomunicaciones alemana pasan a los obreros de una maquiladora india. Las deudas de la industria militar se transfieren a una naviera japonesa. La cuenta de un estudiante turco amanece con la totalidad de los bonos públicos del gobierno suizo. Los aranceles en el canal de Panamá se triplican. Un niño mexicano dueño de un holding británico. Sociedades de inversión común divididas entre veinte millones de africanos. El índice general de la bolsa de Río a la par que en Zurich. La reserva petrolera estratégica al dos por uno. Los fondos de dieciséis millones de cuentas bancarias depositadas en una agencia de modelos. Soldados muertos en la guerra de secesión inscritos en las corredurías de Wall Street. Los desposeídos gozan cien fortunas. Las líneas aéreas están reservadas por cien años. Los autos que aún no se fabrican ya están vendidos. El precio del oro es superado por el del café. Es tiempo de transferir deudas y encarecer cotizaciones. Cesar créditos y derruir consorcios. El capital es una pulsación eléctrica, nadie tiene lo que dice, nada podrá ser recuperado. Mis manos están en el credo de la economía: la economía está en mí y por eso decido terminar con ella Rodrigo Azaola (1976) es escritor. Correo: rodrigoazaola@mailcity.com |
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