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Fox en Norteamérica

Carlos Maldonado

Entre Ernesto Zedillo y Vicente Fox, la diferencia de estilos no podría ser mayor en materia de política exterior. Distintas son también las condiciones de su llegada a Los Pinos. Al primero le tocó un momento de vulnerabilidad extrema, con una economía que se colapsó a escasos días del inicio de su mandato, y necesitó ayuda tan cuantiosa como urgente por parte del vecino del norte. En adelante, la política exterior de Zedillo se caracterizó por la prudencia. Poco debían moverse las aguas si el gobierno mexicano deseaba contar con apoyo financiero externo rápido e incondicional en caso de otra emergencia. En otras palabras, con Zedillo la política exterior de México fue discreta, limando hasta donde fuera posible las asperezas con EU y defendiendo al gobierno mexicano de las críticas de ONGs extranjeras en temas como derechos humanos, medio ambiente y el estancamiento del problema chiapaneco. Ello obligó a mantener el principio de no intervención por encima de la promoción y defensa de la democracia y los derechos humanos. Con ello, el gobierno mexicano buscó evitar no tanto intromisiones de otros gobiernos que mermaran la soberanía del país como en el pasado, sino acallar argumentos perfectos para los opositores externos a la firma del TLC con América del Norte y luego con la Unión Europea. Sigilo, el uso defensivo de la no intervención, prudencia y mantenimiento del status quo fueron los grandes rasgos de la política exterior zedillista.

La gira de Vicente Fox por Canadá y EU anuncia algunos cambios claros respecto del pasado inmediato. Siendo el primer Presidente mexicano con innegables credenciales democráticas, Fox anunció una política exterior promotora de la democracia y los derechos humanos. También mostró una apertura total en cuanto a la colaboración con las ONGs extranjeras y buscó contacto estrecho con la comunidad mexicana en Estados Unidos. Ambos actores transnacionales fueron receptivos a su llamado. Hasta ahora, los gobiernos mexicanos tuvieron con aquéllos grandes dolores de cabeza. Los mexicanos residentes en el exterior, tendían a considerar al gobierno mexicano como ilegítimo y culpable de la miseria que les llevó a emigrar.

En cambio, Fox no cargará con la antipatía automática de numerosas ONGs ambientalistas y chicanas que decidieron darle al Presidente electo la oportunidad de colaborar con él antes que atacarle. La causa de México tendrá más defensores dentro de EU y Canadá, cuando menos en los próximos meses. Pero el cambio más notable fue la petición que hizo Fox de lograr con Estados Unidos y Canadá una integración como la europea, con ayuda financiera para los Estados más pobres, fronteras abiertas no sólo a las mercancías y los capitales sino también a las personas, y tal vez una moneda única. Criticado por su brusquedad, Fox aludió a la atención y el debate que provocó en EU y Canadá. En cuanto a la naturaleza irreal, al menos en el corto plazo de algunos de los objetivos, Fox señaló el carácter exploratorio y largoplacista de las propuestas. Pueden concederse en parte ambos puntos: en el TLC y los acuerdos internacionales ambientales en vigor, nuestro país contrajo compromisos a veces desventajosos o imposibles de cumplir debido a la ínfima capacidad económica de México y los pocos recursos de su gobierno. Buscar un estatus privilegiado en América del Norte no es un disparate. Pero dos son al menos los retos para el nuevo gobierno: uno, resistir a las concesiones desventajosas que se pidan a cambio de un esquema distinto en América del Norte, y tener luego la fuerza para imponer en casa compromisos penosos. ¿Podrá luchar de mejor forma contra la corrupción y el narcotráfico a cambio de la abolición o bilateralización de la certificación? ¿Será posible y beneficioso ofrecer a la inversión extranjera el sector eléctrico y petrolero a cambio de una revisión del esquema del TLC? En parte es por eso que gobiernos anteriores han preferido dejar temas fuera de la agenda, al verse incapaces de negociar ventajosamente asuntos en los que la vulnerabilidad de México es muy grande. En política internacional, el costo de no cumplir lo prometido y negociar en situación de debilidad es no solamente perder credibilidad y paciencia, despertando con ello la hostilidad de otros gobiernos, sino también llegar a situaciones aún más desventajosas que al principio. Por lo pronto, falta lo más importante: el interés de EU y Canadá de modificar el actual estado de cosas. Y de ahí el segundo reto para el nuevo gobierno: diseñar una propuesta más ordenada y convincente que las declaraciones sorpresivas, así como una estrategia capaz de movilizar, fuera de México, nuevos puntos de apoyo

Carlos Maldonado es egresado de la licenciatura de Relaciones Internacionales de El Colegio de México.

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