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Novelas de la Cristiada
Ni tan santos ni tan demonios

Luis Ramón Bustos

Misa de tropa de cristeros

El 24 de julio de 1926, por decisión del Comité Episcopal, se suspendió el culto en las iglesias de todo el país. De inmediato, el azoro, el miedo y la ira fueron la respuesta de los católicos; como volcán que estuviese postergando desde hace siglos su erupción, estalló el conflicto armado entre cristeros y fuerzas federales que no era sino el último capítulo de la secular batalla entablada entre la Iglesia católica y el Estado mexicano. Ese cierre de puertas fue la respuesta a la reglamentación del artículo 130 constitucional instituida por el presidente Plutarco Elías Calles. Así, de golpe, aquellos sacerdotes que cotidianamente transgredian las leyes liberales fueron considerados delincuentes. Las armas, en esa batalla de sordos, fueron ya el único recurso.

Viejas cuentas pendientes tenía la Iglesia mexicana con el Estado que, desde la época del juarismo intentaba ponerla a raya. Con Calles en la Presidencia, con la agitación demagógica de Luis N. Morones -equivalente de jefe máximo en el sindicalismo-, con un fuerte impulso anticlerical centrado en los socialismos regionalistas, esa tendencia se fortaleció. Durante los primeros meses de 1926, el Comité Episcopal intentó que se modificara la Constitución y se retornara a la complacencia y tolerancia que imperaron durante el porfiriato. Sin embargo, Calles impulsó su cumplimiento cabal como medio de salvaguardar su liderazgo. El deseo del Estado mexicano de controlar el número de sacerdotes y la cantidad de parroquias era como una reedición del Patronato virreinal. Empero, la Iglesia mexicana -que no tenía ni la debilidad ni el desapego a los bienes materiales de los primeros evangelizadores- no aceptó esta propuesta. Azuzados por los cristeros, aunque sin reconocerlo explícitamente, los obispos terminaron por tomar partido.

La Cristiada tuvo su mayor apogeo entre 1926 y 1929. Aquel brote espontáneo, principalmente en el Bajío y en Jalisco, acabó influyendo a otras regiones del país. Endurecidas las posiciones, pronto se pasó de los hechos de armas a la crueldad más aviesa. Los federales cayeron en los peores excesos y crueldades, pero otro tanto hicieron los cristeros. La lógica del exterminio culminó en una larga serie de venganzas.

Ahora que fueron canonizados 27 de los llamados mártires cristeros es tiempo de mirar con objetividad ese conflicto religioso. Abundan hoy revistas y otros medios de difusión que han hecho una apología ciega de la Cristiada. Habría que volver a pisar tierra y a dejarnos de ensueños de arcángeles y de ejércitos de santos. Aquellos hombres, armados de su fe y de balas fueron solamente seres humanos inmersos en una hoguera -que bien a bien no sabían quién la alimentaba-; fueron víctimas y victimarios; fueron mártires y verdugos; asesinaron y fueron asesinados. En la tierra, sólo en la tierra se dirimió esa batalla.

Habría que recurrir al estupendo estudio de Jean Meyer La Cristiada (tres tomos, Siglo XXI Editores) para reconstruir con objetividad los hechos históricos, pero no es ese el propósito de esta crónica; existen, en la literatura, otras fuentes igualmente valiosas que aportan una perspectiva psicológica de lo ocurrido. Dos novelistas mexicanos -ahora casi desconocidos, Fernando Robles y Jesús Goytortúa Santos- nos legaron sendas novelas "cristeras" con sinceridad y autocrítica. Literariamente hablando contienen todos los elementos para ser consideradas buenas novelas, pero tienen mayor relevancia por ser testimonios de cristeros que fueron capaces de reconsiderar y observar serenamente lo ocurrido. Después de analizar sus propios actos y los de sus compañeros de lucha llegaron a la conclusión de que la Cristiada no fue, ni remotamente, una guerra santa.

En La virgen de los cristeros (1934), Fernando Robles nos cuenta la historia de un joven del Bajío, educado en Estados Unidos, que retorna al país. La educación técnica y una visión práctica de la vida, lo encaminan a buscar el progreso de su hacienda y de sus trabajadores; es decir, es un joven idealista que intenta una cruzada civilizadora. A su regreso debe adaptar su mentalidad al atraso de la región y se resiste a tomar partido respecto de la complicada situación social que encuentra. Tuvo que convencerse de que el México profundo e irracional prevalecía por encima de sus anhelos de paz, progreso y trabajo. Una confrontación irremisible destruye su idealismo individualista y lo conduce a la amarga realidad de un México empantanado en luchas ancestrales.

El protagonista, don Carlos de Fuentes y Alva, es en realidad un alter ego de Robles que sintetiza los valores de su clase social (perteneció a una familia de mineros de gran abolengo en el Bajío) y sus ideales sociales y políticos. Influenciado de un vehemente nacionalismo, anhela transformar el atraso del campo, poniendo lo mejor de sí en esa empresa; por el contrario, su padre, don Pedro de Fuentes, representa al ranchero de esa región con marcadas raíces tradicionalistas. Desde el principio, subrayando las diferencias entre padre e hijo -que representan los arquetipos del joven agringado y del ranchero hispano- define dos posiciones encontradas, tanto en lo social como en lo político. El padre, gracias a una larga experiencia familiar, desconfía completamente del gobierno. En él, Robles refleja los combates políticos que en realidad emprendió contra los gobiernos revolucionarios, luchas que lo llevaron finalmente al exilio en Argentina. Su familia sufrió la incautación de sus bienes y, luchando, forjó esa personalidad crítica e iconoclasta. En cierto modo, don Pedro es otro alter ego del autor.

"Desolación fue el único legado
que la Cristiada dejó"

La vinculación con el movimiento cristero -que mantenía una relación soterrada con casi todos los rancheros del Bajío- se da a través de un personaje femenino bastante distinto a los estereotipos de la mujer tradicionalista. En esto, el autor desmiente su catalogación de escritor de ideología conservadora, porque ese personaje femenino, contradictorio y complejo, es la encarnación de la mujer que se decide a tomar las riendas de su vida para luchar por una causa social. Carmen, quien termina teniendo una relación amorosa con don Carlos, es en realidad el detonante para que tome partido en favor de la Cristiada. Como ranchero emprendedor, a lo largo de buena parte de la novela se mantiene equidistante de cristeros y agraristas (éstos eran la vertiente radical y demagógica del campesinado). Su neutralidad se ve truncada por las vicisitudes del país. Publicada en Argentina mientras saboreaba las amargas mieles del destierro, esta novela nos pinta un panorama descarnado del fracaso de la revolución y describe con desgarrada objetividad las atrocidades de ambos bandos. La muerte accidental de Carmen a manos del batallón cristero que comanda el propio Carlos, resulta un colofón paradójico y muy amargo para la historia. En fin, una buena novela que decanta la época de los cristeros mediante personajes que sintetizan las coordenadas de un tiempo.

Asaz diferente es Pensativa (1945), de Jesús Goytortúa Santos. En ella, otro personaje ajeno al medio, Roberto, llega a Santa Clara -pueblo enclavado en una zona de fuerte influjo cristero-; su intención es visitar a sus familiares, y el viaje ocurre pocos años después de concluida la guerra. Las cicatrices de ella aún no cierran completamente: en cada casa, en cuchicheos callejeros, en tertulias vespertinas, flotan aún los recuerdos de la guerra. Cada familia había sido parte del engranaje que alimentó, con armas, mensajes y dinero, a los cristeros.

Si la descripción y el estilo narrativo revelan un acucioso manejo del realismo, la novela también tiene un influjo romántico que incluye un misterioso enamoramiento: Roberto, el citadino que se niega a hacer suyos los postulados cristeros, se enamora de Pensativa, mujer de recia personalidad que aparentemente tiene vínculos muy estrechos con ellos. Con el tiempo, ese romance tortuoso que entablan y le permite ir descubriéndola poco a poco, le revela que la pena que ella muestra no proviene exclusivamente de la muerte de su hermano sino de su vinculación a la lucha armada. En realidad, Pensativa resulta ser la Generala, reconocida como la mujer más aguerrida del movimiento tanto en el Bajío como en la región de Los Altos. Ante ese descubrimiento, el narrador-personaje decide alejarse de ella.

La distancia que procura tomar respecto a Pensativa le lleva a reconocer -como en toda buena novela romántica- que no puede vivir sin ella. Regresa a buscarla pero la hacienda de Plan de los Tordes, donde ella y el resto de sus hombres procuraban poner un velo de olvido a sus amarguras de guerra, se incendia y los hombres de la Generala lo insultan, lo agreden. En ese panorama de destrucción y desolación espiritual y física, Pensativa es símbolo y tesitura de la novela. Goytortúa intentó -y lo consiguió en buena parte de la narración- un ensamblaje de melancolía y fuerza descriptiva para consignar los hechos violentos, lo que da un sabor muy peculiar a esta historia. Desolación fue el único legado que la Cristiada dejó en esa región y el autor da constancia de ello, pese a que tangencialmente muestra simpatía por los cristeros, haciendo patentes sus crueldades y excesos a la par de los del ejército federal. Objetividad matizada de romanticismo es la fórmula de Goytortúa para entregarnos esta espléndida novela que nos atrapa con su aire de misticismo y melancolía desde un inicio.

"Los federales cayeron en excesos
y crueldades, pero otro tanto
hicieron los cristeros"

Entre julio de 1926 y junio de 1929, la batalla entre la fe enceguecida y el pragmatismo de los hombres del poder hizo estallar regiones enteras de México. En un principio, el fuerte impulso popular fue canalizado hacia las armas con negativa del Comité de Obispos; mientras eso ocurría, el movimiento se propagaba rápidamente. En el fondo, la alta jerarquía aprobaba esos métodos y, posteriormente, los propios obispos del Comité dieron su bendición a las armas y las balas. Dos años después, con la mediación del embajador de Estados Unidos en México, Dwight W. Morrow, se entablaron pláticas para la pacificación. A espaldas de los combatientes, el gobierno de Calles, el papado y los obispos negociadores llegaron al acuerdo final el 21 de junio de 1929. Ante la ira de muchísimos de los cristeros que se negaban a deponer las armas, monseñor Pascual Díaz y Barreto (arzobispo primado) y monseñor Leopoldo Ruiz y Flores (delegado apostólico), estamparon su firma en los acuerdos y llegó la paz. Paz que sólo por muchas reconvenciones fue impuesta a los batallones cristeros.

La Liga Nacional de Defensa de las Libertades Religiosas, brazo político y sostén del movimiento, finalmente bajó la guardia. En años subsiguientes, algunas partidas cristeras siguieron asolando regiones de Jalisco y hubo una especie de segunda cristiada que resistió con las armas la educación socialista del cardenismo. Hasta entonces concluyó esa epopeya de la fe, esa llamarada en que se buscó a Cristo incendiando al país. No hubo nunca santos más terrenales y más contradictorios que ésos. Ni santos ni demonios, simplemente hombres y mujeres de carne y hueso como los que pintaron, con arte novelesco, Fernando Robles y Jesús Goytortúa Santos

Luis Ramón Bustos es ensayista y traductor. Especialista en narrativa del siglo XIX.

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