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nostalgia Los escudos de la impunidad
Julián Andrade Jardí
El encargado de construir un padrón confiable de autos resultó ser un torturador amnistiado por la Ley Punto Final en Argentina. Ricardo Miguel Cavallo utilizaba el alias de "Marcelo" cuando era miembro de inteligencia de la temible Escuela Mecánica de la Armada Argentina. Ahí torturaba y "convertía" a los secuestrados a la causa de la enloquecida ultraderecha argentina. En México hizo una carrera envidiable. En poco tiempo se convirtió en director general del Renave debido a la experiencia que la empresa para la cual trabaja tiene en otras partes del mundo. El tamaño del escándalo nos habla del fracaso de nuestro sistema de seguridad. ¿Cómo es posible que un sujeto como éste pueda acceder a información privilegiada sin que se sepa su identidad y se conozca su historia? España ya pidió que Cavallo sea retenido en tanto inicia el proceso de extradición. Lo que no deja de ser penoso es la actitud de las autoridades empeñadas en continuar con un registro por el que ya se ampararon varios estados y ahora se encuentra en el centro de la tormenta. Debemos discutir, de manera clara, si el Estado puede renunciar a sus funciones y delegar a los particulares las tareas que le competen. Otra cosa interesante es que el alcance de la justicia se vuelve mundial, que los asesinos son tarde o temprano castigados por sus crímenes. En México, sin embargo, no pasa lo mismo pues carecemos de investigaciones adecuadas para establecer la responsabilidad de los hechos ocurridos desde el 68 y durante los 70. Algunos de los sujetos involucrados en la guerra sucia son vistos con respeto por una izquierda que padece el síndrome de Estocolmo y por una memoria que suele ser flaca para algunos acontecimientos. Es cierto que el nivel de la barbarie no alcanzó las mismas proporciones en nuestra patria, pero no nos vendría mal ir aireando esa historia, recorrer sus caminos para que jamás se repita y que quienes violaron la ley al menos sean sancionados por el repudio público. Varios crímenes quedan impunes, la inmensa mayoría, pero es terrible que los que tienen motivaciones políticas de la peor calaña nunca fueran investigados. El señor Cavallo me hace pensar en nuestros "Marcelos", monstruos impunes y celebrados por la falta de ética y de cultura. Los escudos de impunidad sobreviven incluso en esquemas donde debieran ser repudiados. El país necesita conocer mucho de lo que pasó para llegar a donde está. No fue gratuito ni producto de vendedores de Coca-Cola, sino de fuerzas políticas que se enfrentaron a toda la violencia del Estado. Que el país se escandalice porque hay torturadores extranjeros me parece loable, pero convendría un poco de autocrítica, pues con sólo dar un vistazo a las cámaras se puede encontrar a más de uno. Aquí también tuvimos centros de detención clandestina y hay desaparecidos políticos. Quizá parezca aguafiestas pero ésa es una agenda pendiente, llena de cadáveres en el armario. El affaire del señor "Marcelo" también debe servir para que los señores de la tecnocracia aprendan a escuchar; para que entiendan que la pluralidad es una realidad acaso y, por fortuna, insuperable. El jueves pasado sin duda fue tormentoso, pero se demostró que la impunidad no dura toda la vida. La corte decidió ordenar al Presidente de la República que entregue la información de Banca Unión a los diputados. Conoceremos, de una buena vez, hasta dónde llegó el despilfarro y quiénes fueron los que se beneficiaron de modo indebido. Se acabó el Renave y lo sepultó la guerra sucia en Argentina. Paradojas de este mundo global donde las cosas ya no son como eran Julián Andrade Jardí es subdirector de Información del periódico Crónica. |
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